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AMINATU HAIDAR Y LA DIGNIDAD (DICIEMBRE 2.009).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 203 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Cuando escribo estas líneas, Aminatu Haidar continúa en huelga de hambre. Dándonos un ejemplo constante de dignidad frente a la privación de los derechos ciudadanos más elementales. Una pequeña mujer frente al poder de dos grandes Estados.

A estas alturas de la Historia, no creo que sea un secreto para nadie lo mal -lo rematadamente mal- que actuó España cuando abandonamos lo que -todavía en los tiempos escolares de muchos españoles, y del que escribe incluído- se llamaba El Sahara Español. Unas Provincias remotas de románticas reminiscencias africanas, y cuya población era tan española como -por ejemplo- los burgaleses o los conquenses. Ciudadanos españoles que tenían un evidente derecho a una descolonización organizada y pulcra, y absolutamente alejada de lo que -al final- se hizo. Se ha utilizado tanto el apelativo vergonzoso al referirnos a este proceso histórico que -mucho me temo- haya terminado por perder significado.

Todo proceso descolonizador debe regirse por el prioritario interés de las personas que lo sufren. Aquí las personas -entonces ciudadanos españoles- no contaron. Porque en vez de garantizar la independencia y la seguridad de la población saharui, España procedió a entregarla -sin más- a una de las naciones más tiránicas del Magreb. La Marcha Verde y los Acuerdos de Madrid de 1.975 repartiéndose la Administración del territorio a tres bandas -Marruecos, Mauritania y España- y su definitivo abandono en 1.976. Casi nada abandonar a la población saharaui en manos de Marruecos y Mauritania. La agonía de un Dictador y de su Régimen. Falta de apoyo del amigo americano y una política exterior débil y errática. El ya Rey Juan Carlos -en una de sus primeras mentiras públicas- afirmando ante nuestro Ejército en El Aaiún que el Sahara sería defendido hasta la última gota de sangre española, salir corriendo sin -ni tan siquiera- garantizar adecuadamente los numerosos intereses españoles en la zona, maletines de dinero marroquí viajando hacia Madrid y fundamentando fortunas sobre la libertad de un pueblo... uno tras otro, podemos ir citando los jalones de esa infamia moderna que nos ha dejado -definitivamente- en deuda con la población saharaui. Una deuda cuyo íntegro pago pasa por reparar -en la medida de lo posible- nuestros errores entreguistas del pasado, y por apoyar con firmeza las aspiraciones del pueblo saharaui en aras del establecimiento en su territorio de una república independiente, soberana, democrática y libre frente a la dictadura teocrática marroquí.

Desde la óptica de nuestra política exterior, este apoyo debería traducirse en dos grandes ejes prácticos de actuación. En primer lugar, España debe respaldar incondicionalmente las iniciativas que -en el marco de los distintos organismos internacionales- tengan como fin político la celebración de un Reférendum de Autodeterminación del Sahara Occidental, con especial cuidado en defender el voto de la totalidad de la población saharaui, y no sólo el de aquellos ciudadanos que integren un eventual Censo elaborado por Marruecos. Paralelamente, España debe reconocer sin ambages a la República Arabe Saharaui Democrática (RASD) y firmar con ella acuerdos de colaboración económica, cultural y militar, a los efectos de garantizar sólidamente su plena independencia frente a la Dictadura marroquí. Una espina de libertad clavada en el costado de nuestro autocrático vecino del Sur. Esta ha sido la posición falangista defendida en nuestro último Programa Electoral, y esta es la única posición digna que podría adoptar el Estado Español en relación a esta problemática cuestión internacional. Cuestión que, no olvidemos, ha sido originada directamente por nuestras lamentables actuaciones pasadas y de la que somos -por tanto- también directamente responsables.

Por todas estas razones de peso, no puedo menos que ver con simpatía y admiración la lucha de una mujer -Aminatu Haidar- frente al poder ilimitado de los dos Estados implicados. La huelga de hambre de Aminatu nos está ofreciendo una lección de dignidad y de determinación, virtudes ambas de difícil hallazgo en la política nacional e internacional de 2.009. Aminatu sólo pretende una cosa: regresar a su casa en El Aaiún. Algo tan elemental como esto no puede hacerlo porque las autoridades marroquíes la han requisado su Pasaporte. Este es el sencillísimo problema. Como solución, la diplomacia de nuestro inefable Ministro Moratinos no ha dejado de dar bandazos. Básicamente, se han tratado de aplicar -a esta cuestión exterior- los principios políticos fundamentales del Zapaterismo: quedar bien con todo el mundo con una amplia sonrisa y con unas elevadas dosis de buen rollito universal. Trapichear componendas y ofrecer remiendos patateros en vez de soluciones duraderas.

Pero en política internacional no siempre se puede quedar bien con todo el mundo. Sobre todo cuando tu interlocutor es nuestro singularísimo vecino africano. Y así, en vez de exigir al Reino de nuestro primo Mohamed VI la inmediata devolución del Pasaporte requisado, nos encontramos ante un baile de frenéticas propuestas y contrapropuestas las cuales -en la estricta lógica de la dignidad que rige la actuación de Aminatu- son enteramente inasumibles y, por lo tanto, rechazables. Y es que -por ejemplo- no se puede dar a Aminatu la condición de refugiada ya que, como resulta de apabullante lógica, la activista quiere entrar en el Sahara, y no salir de él. Tampoco se la puede pedir que solicite un nuevo Pasaporte en el Consulado de Marruecos porque, de un lado, nuestros amables vecinos no se comprometen a concedérselo y, por otro, nuestro Ministerio no ha caído en la cuenta del hecho de contar ya Aminatu con su propio Pasaporte -el requisado- siendo indudablemente humillante tener que volver a solicitar algo de lo que ya se dispone. Por último, la concesión de la nacionalidad española a Aminatu tampoco resuelve el problema. En primer lugar, porque Aminatu es saharaui y no encuentra razón para adquirir otra nacionalidad distinta. En segundo lugar, porque Marruecos tampoco garantiza su acceso teniendo nuestra nacionalidad.... en definitiva, qué intransigente es Aminatu -dice nuestro Ministro- que se niega reiteradamente a aceptar cualquiera de nuestras imaginativas propuestas.

Toda una fábula del zapaterismo. Frente a esta España acostumbrada a las soluciones parcheadas y al infumable pasteleo, Aminatu Haidar representa las posiciones dignas de quien no quiere transigir en el núcleo central de sus creencias... en la espina dorsal de su determinación política. Nos enseña que la lucha por la liberación nacional tiene una sola dirección de contenido ético, y que la coherencia política debe traducirse en gestos ejemplares como este.

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