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"SÓLO LOS ÁNGELES TIENEN ALAS". LA ALEGRÍA DE VIVIR Y HOWARD HAWKS (JULIO 2.012).

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 TAGS:undefinedLas películas buenas nunca nos fallan. Allí están: esperándonos en aquella conocida estantería de casa para cuando queramos verlas. Son como esas viejas amistades que nos acompañan por la vida. A veces, tenemos tiempo para volver a verlas. Disfrutar con ellas. Comprobar no sólo que no han envejecido, sino que nos siguen divirtiendo y que nos siguen enseñando cosas. Algo que se agradece -desde luego- a estas alturas de nuestra particular película. He vuelto a ver -con toda la tranquilidad y con todo el tiempo del mundo- SÓLO LOS ÁNGELES TIENEN ALAS, dirigida en 1.939 por el Maestro Howard Hawks. Siempre que uno tiene la suerte de sentarse delante de una película de Hawks - es automático- le invade una irrefrenable alegría de vivir. Una alegría que -por encima del tiempo y del espacio- se agradece en estos tiempos de derrota, de desilusión y de naufragio. Una vuelta a los clásicos nos devuelve, aunque sea por un rato, una razón por la que seguir aferrándonos al salvavidas. Eso -desde luego- no es poco. Sin pretenderlo, ya empezamos debiéndole algo a Howard Hawks.

Existen películas que no envejecen. Por muchos factores. Un ritmo ágil que, lejos de aburrir, cuenta una historia con la suficiente fluidez narrativa. Un guión que nos expone cosas -básicamente relaciones personales- de validez atemporal. Un argumento cuyo desarrollo siempre nos interesa, porque trata de asuntos que llevan desde siempre afectando al ser humano. Un equipo de actores irrepetible. Un equipo técnico eficaz en lo profesional y provisto de una cierta perspectiva artística. Y todo ello pasado por el sello personal de un Director y de su forma de ver el mundo. Todas esas circunstancias que darán vida a una película a pesar de los años transcurridos. Pocas sensaciones pueden igualarse a la sorpresa agradable de descubrir –haciendo mucho tiempo que no la ves y sin apenas recordarla- que estamos ante uno de estos casos. Una película sólida que, una vez más, nos sorprende, nos divierte y nos emociona. Que sabe atravesar el tiempo para decirnos algo.

La historia de SÓLO LOS ÁNGELES TIENEN ALAS es simple y, a la vez -o tal vez por eso precisamente- de una vigencia indiscutible. Una historia sobre amor, amistad, superación y derecho a elegir por la vida que uno quiere llevar. Una historia sobre la libertad, al fin y al cabo. Un pequeño puerto bananero en América del Sur -la Ciudad de Barranca- y una pequeña línea área que tiene su base en la Ciudad. Un grupo de pilotos que, viviendo en el Hotel de El Holandés junto a la pista de aterrizaje, se dedican a transportar correo y mercancías sobre la Cordillera de los Andes. Vuelos arriesgados llevados a cabo por estos maravillosos locos. En ese escenario remoto –perdido y alejado de todo- un reducido grupo humano lucha contra los elementos tratando de llevar a cabo estos peligrosísimos vuelos. Un grupo de pilotos y de mecánicos liderado por un implacable Cary Grant-Geoff Carter. En los primeros diez minutos de la película -magistral Hawks y absoluto conocimiento del oficio y de saber contar las cosas- ya nos hemos hecho una idea de quién es quién, del pasado de cada uno y de su papel dentro de este peculiar grupo humano. Desarraigo y vidas difíciles que, por extraños caminos, han terminado coincidiendo en Barranca. Y la elegancia de Grant, absolutamente magnífico con sus pantalones de pinzas marcadas y su cazadora de piloto. Llena una pantalla. Y lo sabe.

Y eso que es una película dura. En principio, trata de la muerte violenta de estos pilotos o, más exactamente, de la forma que tienen de encararla los que siguen viviendo. Un avión se estrella, un piloto muere y los demás -los que quedan- despliegan una actitud furiosamente positiva y vitalista. Cierran los ojos ante la tragedia y siguen viviendo. Y a este pequeño grupo de auténticos yonquis del vuelo y de la adrenalina, llega una mujer. La maravillosa Jean Arthur-Bonnie Lee.

Surge entre los dos -por supuesto Jane Arthur y Cary Grant- una historia de encuentros y desencuentros permanentes. Esas situaciones de pareja que sabe contar tan bien Howard Hawks. Personas que saben que se quieren pero que- al mismo tiempo- ni saben ni pueden estar juntas. Deben encontrar una manera de quererse y, mientras estos intentos tienen lugar entre los dos, se nos va mostrando la historia en su conjunto. Los personajes parten de una verdad incontestable en el marco de su propia vida: si no somos personas corrientes no podremos querernos normalmente. Ella se esforzará -durante toda la película- por acercarse a él. Y él. a su vez, se esforzará -también constantemente- en mantener esa distancia en la que-al menos aparentemente- se encuentra cómodo. Esta relación de conflicto, lejos de separarles, termina afianzando lo que surge entre ellos. El amor entendido como arraigo a las personas y a las cosas por las que vale la pena vivir y -también en este caso- arriesgarse y morir.

Este es uno de los escenarios narrativos favoritos del Director. La formación de núcleos afectivos alternativos al de la familia tradicional. En este pequeño mundo, Hawks nos muestra espacios de afecto que -ajenos a los roles tradicionales- funcionan como lugar de convivencia entre las personas que los forman. No en vano Cary Grant-Geoff Carter es llamado papi por casi todo el mundo. El maravilloso Thomas Mitchell -Dios mío, el Doctor de La Diligencia- interpretando al viejo piloto 'Kid' Dabb constantemente protegido por Grant -asumiendo ese papel de padre, aún siendo mucho más joven, tan del gusto en el Cine de Hawks- y la maravillosamente desarraigada Jean Arthur culminando el triángulo. Una familia atípica que, sin duda, funciona como núcleo humano. Un conjunto de personas constantemente unidas -y constantemente desunidas- por complejas relaciones afectivas.

El peso del pasado y su proyección hasta el momento presente. Hasta qué punto es capaz de determinar nuestros pasos de forma necesaria. Pasado y presente se acaban encontrando, reclamando para sí la parte que corresponda a uno y al otro. La posibilidad de luchar por una vieja historia de amor -nada menos que Rita Hayworth- o la de encarar una nueva vida al lado de una nueva persona. Las segundas oportunidades como medios de evolución personal o el lastre definitivo del recuerdo. En definitiva, ese es el hilo argumental de SÓLO LOS ÁNGELES TIENEN ALAS. La disyuntiva que toda persona tiene de aferrarse al pasado -salvando lo que se pueda salvar de la historia personal de cada uno- o de reiniciar la vida con personas y planteamientos nuevos. Y también -como no- en la posibilidad de redimir viejos errores. La redención como opción personal. Corregir lo que uno hizo mal y volver a levantar la cabeza ante uno mismo y ante los demás, tal y como hace el genial Bat Kilgallen. Un pequeño espacio en un lugar remoto, en el que cada uno intenta poner a flote su vida o lo que le queda de ella. Howard Hawks magistral radiografiando los aspectos más profundos de las motivaciones humanas.

Y ante tanto peligro y dolor por la pérdida, constantes rayos de esperanza. Corrección de errores del pasado y marcha de los antiguos fantasmas que, a veces, nos afligen. Expectativas de cambio positivo y futuro mejor. Auténticos latigazos de optimismo indispensables -en los tiempos que corren- para mantenernos aferrados a la dulce quimera de un porvenir más luminoso. Alegría de vivir transmitida -una vez más- por esta excepcional película. Absoluta y totalmente recomendable.

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