Avisar de contenido inadecuado

AQUELLA MAÑANA FRENTE AL MAR (14/V/11).

{
}

 TAGS:undefinedVolveré de madrugada entre el azul y los trinos; de andar entre los rosales tu olor me llevo amor mío (Sonata de Junio de Rafael Sánchez Mazas).

Acabo de recibir una fotografía muy especial, de esas que dan forma -para siempre- a un recuerdo imborrable que quieres recordar de por vida. En ella, aparecen Marta Baldé y Carlos Martínez-Cava el día de su Boda. Están los dos abrazados -sonrientes, guapos, elegantes y optimistas- y su silueta se recorta sobre el azul del Mediterráneo. Toda una declaración de principios que, de cara al futuro, contiene ese instante retenido en la vida común de mis amigos. Imágenes eternas de momentos felices. Con esto del mar yo tengo una especial cuestión, porque no deja de ser curioso que todas las fotos que conservo -de las personas que más quiero- siempre tienen un mar azul de fondo. Me refiero -no puede ser de otra manera- a la foto de una mujer bellísima apoyada en la barandilla de una amplia terraza con un vestido azul, resaltando contra un fondo claro de limpísimo mar. Momento único de felicidad de un verano que creímos eterno. En mi particular memoria, esa fotografía ha adquirido el inmenso valor que ahora tiene. Porque sé -con plena y, tal vez, dolorosa certeza- que esa imagen me va acompañar siempre: mientras viva y en todas las mudanzas personales que todavía me queden. El verdadero amor tiene esa virtud: transformar en presente -y en futuro- imágenes pasadas. El verdadero amor -perpetuado en el espacio y en el tiempo de los aconteceres de una vida- nunca nos deja. Esa es la cara y la cruz, el triunfo y la agonía, de un sentimiento cierto. Del sentimiento más sincero y pleno que una persona puede tener la fortuna de sentir.

Marta y Carlos se han casado el Domingo pasado: un radiante día de Primavera en el Mediterráneo, con esa claridad azul de las mañanas levantinas. Aquella mañana frente al mar. Yo les miraba durante la sencilla ceremonia, y por mi mente pasaron muchas cosas. Recordaba aquella noche -inolvidables cenas de VIPS y descanso después de quitarnos las corbatas- en la que Carlos me anunció la existencia de Marta, para después contarnos -el uno al otro- la forma en la que se iban a cumplir nuestros sueños. Pensaba también en la sonrisa de mi amigo al contármelo, y en que ya no ha vuelto a perderla desde entonces. Miraba luego a Marta, y me acordaba del día en que la conocí, cuando a mí también me cautivó la calidez cercana -y única- de su forma de ser, comprendiendo -de golpe- las razones del amor de mi amigo. No dejaba de ser consciente de estar asistiendo a un hito trascendental de esta pareja. A un momento único que dejaba atrás obstáculos y estorbos, y que consagraba el carácter del amor como elemento capaz de superar -por sí solo- circunstancias adversas. Todo eso -y muchísimo más- pensaba durante la ceremonia. Y pensaba también en la vida. En esa vida luminosa de los principios y finales felices. Y también en esa vida que -perra y aspeada- es capaz de torcerse para ya no volver a enderezarse. De torcernos para no volver a enderezarnos.

Esta Boda me llevó -casi inevitablemente- a pensar en mi vida. Y también a pensar en ella. A pensar en la incapacidad que tuvimos ella y yo para haber llevado a puerto seguro todas aquellas cosas que, de una forma u otra y a raíz de mil razones, habíamos pensado hacer unidos. Esa perra y aspeada vida. Capaz de ofrecernos lo peor, pero también de darnos lo mejor. Constantes claroscuros que van jalonando nuestras trayectorias personales, de forma que toda situación pueda tener su reverso contrario. Luces y sombras propios que van configurando nuestro particular balance, y que nos indican que toda situación triste puede tener un fondo hermoso. Que la pena es mucha menos pena cuando ella -para mí, por ejemplo- está presente en la memoria. Y siempre lo está. Aunque la sienta, muy a menudo, muy lejos de mi historia y de mis cosas. La sombra que me envuelve con su ausencia -siempre la echo de menos- y la luz que me regalan sus recuerdos.

Eso pensaba yo en aquella luminosa mañana de Altea. Pensaba en que, en mis últimos meses, yo había conseguido definir con precisión la soledad. La soledad -sin más- es vivir sin ella. La oscuridad constante de no poder leerla, escucharla o verla... de no saber todas esas pequeñas cosas de ella que -de forma imperceptible e inconsciente- nos alegran cotidianamente la existencia. No sentir la alegría de lo cotidiano, lo había definido no se quién. Desde que Neruda escribió en esa noche -esa precisa noche- los versos más tristes nunca escritos, se ha dicho ya todo -a estas alturas- sobre el desamor y la tristeza de la pérdida. Poco más podría aportar yo a esas estrofas sentidas y apenadas. A veces, es lo que toca que la vida no sea más que una larga noche de vigilia sin fin. Y a mí me está tocando, porque no es algo fácil el tener que perderla.

Eso pensaba yo -entre otras muchas cosas- mientras Marta y Carlos se casaban. Y también pensaba en que no quería pensar en ella de esa forma tan triste... inútilmente árida de buenas sensaciones. Uno podría dejarse arrastrar a un abismo de autocompasión que lleve a conclusiones miserables o a oscuros callejones sin salida. Ni ella ni yo nos lo merecemos, como tampoco lo merece el sendero que caminamos y que abrimos juntos. Ni ella ni yo somos así, porque -por algo- somos especiales y distintos. Por eso, yo quiero recordarla mientras sus ojos grandes me enseñaban Toledo con mirada distinta, haciéndome renacer -en un fascinante viaje hacia mi pasado más remoto- para esa Ciudad única. Yo quiero recordarla mientras nos amábamos apasionadamente en aquel escenario inolvidable. Yo quiero recordarla mientras forjábamos los planes que nunca se cumplieron, con aquella ilusión que tal vez tuvo al idearlos. Yo quiero recordarla mientras me regalaba lo mejor de sí misma, y mientras me contaba sus recuerdos de niña rebeldona. Yo quiero recordarla en su actitud ante el espejo, en la música que escuchábamos, en sus manos suaves o en el aquel frío que no le gustaba en absoluto. Yo quiero recordarla en aquellas inolvidables tardes con sus noches, y también en aquellos días que parecían no tener fin siendo felices, y en aquellas mañanas en las que se tapaba de la luz que entraba por la ventana abierta. Yo quiero recordarla en su risa y en su llanto, en los libros que leía, en la ropa que vestía y en su manera de abrazarme. Yo quiero recordarla cuando estábamos juntos y cuando hicimos frente a tantas y tantas cosas que parecían -bendita perspectiva- no tener solución. Yo quiero recordarla en las calles que andamos y en los paseos que dimos, y también en aquellos parajes que no vimos y en aquellos senderos que nunca recorrimos. Yo quiero recordarla en todo lo que hablamos y en todo lo que vimos, y en aquellos sentimientos que tuvimos cuando estábamos juntos. Yo quiero recordarla en la forma inolvidable que tuvo de quererme y en aquella que, acaso, tenga hoy. Yo quiero recordarla en la fortuna de haberla conocido, y en la manera que tuvo de cambiarme la vida. Yo quiero recordarla en todo lo que -son tantas cosas- conserva todo lo de ella. No merecemos otra cosa. Nada más que recordar el ritmo de los tiempos felices: la forma en que la amé y sentir como la amo todavía. Recordar -admirándola- a esa mujer que se recorta sonriendo sobre el mar, apoyada en una barandilla sin ningún miedo a lo que hay o a lo que habrá, mientras me brinda la mejor de sus sonrisas. Ella es así, aunque ella no lo sepa todavía. Ella es así, inabarcable en adjetivos bellos o en frases más o menos acertadas que definan su encanto infinito.

Todo esto pensaba mientras se casaban mis amigos y -mientras les observaba iniciar esta nueva etapa de su vida- también pensaba en las etapas que me quedaban por vivir y en las que había vivido. Porque Marta y Carlos se merecían -en el día más feliz de su vida- que yo hiciera gala de los sentimientos más transparentes y limpios de los que fui capaz aquella mañana frente al mar. Y porque me hicieron comprender -con su ejemplo admirable- que yo también tenía motivos para ser feliz el Domingo pasado. A mí modo. Feliz como sólo pueden serlo las personas que han sido capaces de haber amado -y de amar- del modo en que yo he podido -y puedo- hacerlo.

{
}
{
}

Los comentarios para este post han sido deshabilitados.