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EL ASOMBROSO RITMO DE "RÍO ROJO" (ENERO 2.011).

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 TAGS:undefinedHe tenido ocasión en Navidad -benditos y siempre agradecidos regalos oportunos- de volver a ver Río Rojo de Howard Hawks (1.948). La verdad es que tenía muy olvidado el universo épico de Río Rojo. Siempre que nos hablan de ella tenemos la sensación de haber quedado esta película un tanto oscurecida por otros títulos míticos del género. Aquellas sólidas y memorables historias que, casi siempre, llevan la firma del Maestro Ford y que han pasado -por derecho propio- al firmamento de las obras maestras. Sin embargo, Río Rojo es también magistral. Una obra maestra cuya visión llena de asombro y de alegría. Asombro, al comprobar que para esta película -de planteamiento y ritmo absolutamente actuales- no ha pasado el tiempo. Te deja absolutamente pegado a la pantalla desde el primer minuto: un guión acertadísimo y coherente, unos diálogos brillantes, unos actores excepcionales y una dirección magistral. Esa suele ser la mezcla perfecta que, en las proporciones adecuadas, define a las obras maestras. Alegría, al transportarnos a un esquema de planteamientos optimistas y de personas que luchan y hacen realidad sus sueños. No está mal como exacta contraposición sobre nuestro deshecho mundo de sueños rotos y de desilusión constante. Una buena historia que tan sólo se hubiera podido contar del modo tan perfecto como lo hace Howard Hawks.

Río Rojo es, en principio, un canto épico a un hecho histórico esencial en la Gran Historia de los Estados Unidos: las grandes conducciones de ganado vacuno desde sus pastos de crianza en Texas hasta las terminales del incipiente ferrocarril durante el Siglo XIX. Un Sur empobrecido por la Guerra Civil necesita dar una salida económica viable a su ganado, conduciéndolo miles de kilómetros hacia Missouri o Kansas... hacia el ferrocarril que después lo repartiría por toda la nación. Se llamaba el Sendero de Chisholm. Un largo camino que -cruzando tierras bien provistas de agua y de pastos- comenzaba en Texas y terminaba en la Estación de Ferrocarril de Abilane. El ganado y los hombres que lo conducen. La leyenda del vaquero en estado puro. Largas cabalgadas, estampidas, cuatreros, indios, noches bajo las estrellas... todo ello queda reflejado de forma perfecta en la película. Un grupo de hombres enfrentado -en todo momento y sin tregua- a condiciones naturales adversas y toda clase de peligros.

Pero el espectador que se quede en esta simple visión de la película -indios, ganado, vaqueros y pistolas- no verá ni la décima parte de lo que nos propone Río Rojo. Ver en ella un simple western -además de ser algo profundamente erróneo- tiene el riesgo de no dejarnos contemplar la obra en toda su extensión magnífica. Porque Río Rojo es -ante todo y como ocurre en todas las obras maestras del género- el escenario de un juego de relaciones humanas complejísimas... de un equilibrio de afectos y desafectos dotados de una extraordinaria profundidad. Un grupo de personas muy distintas unidas por un objetivo común, y una exposición de relaciones afectivas recíprocas en plena efervescencia. Se trata de esa clase de situaciones familiares atípicas tan queridas para el Director Howard Hawks. Los más cinéfilos recordarán su magistral Tener y No Tener, y la peculiarísima familia formada por Bacall, Bogart y el genial Walter Brennan. Una familia formada por desarraigados y descartados sociales que, en la unidad formada por sus respectivos lazos afectivos, se ofrece -como alternativa- al modelo tradicional de la misma. Río Rojo parte de esta misma premisa. Existen lazos entre las personas que no provienen de la sangre, pero que pueden tener la misma fuerza atractiva y la misma validez social como núcleo de convivencia. Y dentro de este marco de relaciones personales, se cruzan y chocan las distintas posturas mantenidas por los protagonistas. No se trata de sustituir un cierto modelo tradicional de familia. Se trata de demostar que otra clase de núcleos humanos básicos pueden convivir con el esquema familiar clásico.

Personajes maravillosamente complejos y de profundísimo calado. John Wayne (Thomas Dunson), como el ganadero que necesita para la supervivencia de su rancho -obra humana creada con esfuerzo durante catorce años y económicamente amenazada por el resultado adverso de la Guerra Civil- conducir sus casi diez mil reses hacia el Norte. Montgomery Clift (Matthew Garth) como el joven que -siendo un niño- fue recogido por Wayne-Dunson como único superviviente de un feroz ataque indio, en un inigualable debut cinematográfico que anuncia la inquietante profundidad del actor. Walter Brennan (Groot Nadine) cerrando el círculo de este extraño clan familiar, esencial en su papel de narrador y sirviendo de alter ego de Wayne. La bellísima Joanne Dru -una belleza moderna y sexy- introduciendo su fuerza de mujer en un mundo de hombres y esencial en la resolución final del conflicto... Una película coral. Las personas que conducen el ganado y las personas que se van encontrando en el camino. Galería de personajes que no podrían concebirse de forma aislada en el contexto de la historia, ya que su adecuada comprensión depende siempre de su relación con los demás. En Río Rojo no hay buenos ni malos, tan sólo personajes que se van desarrollando en profundidad -en una evolución magistral- hasta el mismo final de la cinta.

Río Rojo tiene otro aspecto interesante el cual, indiscutiblemente, constituye otro de los ejes argumentales esenciales de la película. Es aquel que refleja una reflexión sobre el poder y sobre la forma de ejercerlo. Ello determina el enfrentamiento entre los personajes. Un ejercicio de la autoridad progresivamente despótico -el del ganadero Dunson frente a sus hombres- que motivará la rebelión de su propio sucesor -Matt Garth- y del resto de los vaqueros. Una sublevación familiar que determina el desenlace final de la historia, y que viene a reflejar tanto la pugna entre el poder tiránico y los usos más abiertos de gobierno, como la forma en que la sucesión en el poder debe producirse siempre en una sociedad civilizada: el poder consolidado de Dunson frente al poder emergente del joven Garth. Un eterno debate que, sin duda, está interesando a los falangistas en los últimos tiempos.

Una gran película de visión indispensable. Para los que ya la han visto... una maravillosa sesión de cine. Y para los que no... la suerte de asombrarse en 2.011 con un título indispensable de 1.948. Como diría Matt Garth -agitando el sombrero- al poner en marcha el rebaño de nueve mil cabezas... yiiiihaaaaa...

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