Avisar de contenido inadecuado

BANCA Y DEMOCRACIA (MAYO 2.006).

{
}

 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 24 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Con la Banca hemos topado. Los que mandan. Los poderes fácticos y demás. El enemigo clásico de todo aquel que, desde una perspectiva u otra, aspire a cambiar la sociedad. La utopia de los explotados. La mirada perdida de la derrota más que segura en caso de conflicto.

Hablar de Banca es abrir la puerta a multitud de problemas e inconvenientes de orden práctico. En concreto, nadie es capaz de explicarme el problema matemático que, a continuación, os detallo. No se alarmen, es mucho más fácil que el del tren que sale de Madrid y el que sale de Barcelona al mismo tiempo, si bien ambos acaban en destrucción total.

Nuestro sistema político y económico es el más absurdo que haya existido nunca para regir las relaciones humanas. El caso es que, en nuestro actual sistema político, las cosas no valen lo que dicen -y anuncian- que valen. Cuestan siempre más: valen siempre más de lo que “pone en la etiqueta”. Pongamos un ejemplo clásico: la Vivienda. Bien de primerísima necesidad por antonomasia.

Pues bien, y como todo el mundo sabe, una vivienda tiene dos precios: el de mercado y “el otro”; el definido por lo que, al final y de manera real, acaba pagando el comprador por la Vivienda. Y así, llegamos a la conclusión de que, después de terminados de pagar los plazos del préstamo hipotecario, el comprador ha pagado por la Vivienda casi el doble de lo que estipula el precio de venta de la misma. En principio, y para el ciudadano de a pie, el problema se circunscribía a la adquisición de las Viviendas mediante créditos hipotecarios. Al día de hoy, y en virtud de la rápida proliferación de los créditos personales, se extiende a todo tipo de bienes de consumo, incluso a los más insólitos y sencillos.

Este pequeño problema -consistente en pagar por las cosas más de lo que efectivamente cuestan- es aceptada por el conjunto de la sociedad como un dato normal, como algo a lo que estamos acostumbrados. Al parecer, nadie se plantea este asombroso hecho: existe un ente intermedio cuyo beneficio empresarial excede, en mucho, a los límites humanamente permisibles, que encarece el coste definitivo de los productos -tanto el precio final al comprador, como el de fabricación al empresario- y que lastra, de forma irremisible, el crecimiento de las economías familiares y pequeño y mediano empresariales.

Se trata de los Bancos. Mastodontes financieros inamovibles e intocables. Da lo mismo que el año sea bueno o malo. Como en el Casino, la Banca siempre gana. Siempre existen beneficios, obtenidos directamente de nuestro esfuerzo productivo familiar. De nuestro ahorro. De nuestro trabajo. Beneficios disfrutados por un conjunto privado de personas al margen de nuestras necesidades sociales.

Y lo malo no es sólo que existan como un mal biblícamente irremediable. Lo malo es que, a estas alturas de la película, ya nadie se plantea no ya sólo su desaparición legal por vía revolucionaria, sino tan sólo una simple limitación de sus beneficios. El ciudadano occidental se ha conformado en su existencia, y trabaja toda la vida para abonar los elevados intereses pactados sin, ni siquiera, preguntarse acerca de lo fácil que podría ser la vida con un tipo de interés más bajo. La nacionalización del crédito. La nacionalización de la Banca.

Con esto de la nacionalización de la Banca -o con medidas de contenido similar- pasa exactamente igual que con algunas actrices venezolanas. Ocurre que todo el mundo las desea, pero resulta de muy mal tono reconocer este deseo frente a terceros. Y tal vez debamos seguir tendiendo a la utopía. A la desaparición de este auténtico tumor social. Reconocer el mal y remediarlo.

Porque, si transplantamos el problema antes apuntado -de los créditos en la familia- a la vida política nacional, los resultados son estremecedores. Todo ciudadano que quiera dedicarse a la política con unas mínimas condiciones de éxito, debe asegurarse la obtención de medios económicos suficientes. Este dinero es necesario para la compra de cuñas publicitarias en los grandes medios de comunicación, planificación de actuaciones políticas, sueldos de ayudantes y administrativos... El resultado es que los partidos políticos mayoritarios tienen, al menos a priori, una intervención extraña ajena a sus propias filas. La intromisión del encargado de suministrar dinero fresco a ese gran conglomerado político-electoral. La intromisión de las Entidades financieras, cuya omnipresencia en la vida política nacional es, por desgracia, frecuente, constante y -cada vez más- indisimulada o descarada. El resultado de este puzzle es que, muy dudosamente, nuestro poder político adoptará jamás medidas de limitación de estos medios financieros. Nunca se hace nada al respecto, porque el que paga manda.

Aunque, claro está, ello tiene una justa contrapartida: tú no me molestas a mí y yo no te molesto a tí. La Banca es cobarde. No dudará -ni un momento- en perseguir judicialmente a una familia por no abonar tres o cuatro plazos de su crédito. Los servicios jurídicos de los Bancos persiguen diariamente a multitud de familias que, por la razón que sea, no han podido hacer frente a los pagos. No dudarán en dejarles en la calle si es preciso. Se quedarán con su Casa, ya que la Banca nunca pierde. Sin embargo, esta dureza monolítica se suaviza -incluso hasta la desaparición- cuando se trata de los créditos concedidos a los partidos políticos mayoritarios. Los partidos políticos tienen licencia para caer en la morosidad. Licencia para no pagar. Todos recordaréis lo que ocurrió este año con diversos y variados Partidos Políticos, cuyas deudas fueron condonadas por estos modernos prestamistas. Así de sencillo... ¿problemas de liquidez? ¿problemas con su deuda? Se la quitamos y aquí paz y después gloria. Este auténtico escándalo, además, ha sido posteriormente silenciado por los Medios de Comunicación, cuando el mismo sentido común nos indica que -de ser convientemente investigado- sería uno de los grandes escándalos de nuestra democracia.

Periódicamente surgen estas cuentas de los partidos a la opinión pública. Estupefacción en doble vía: en no entender en qué gastan tanto, y en no entender la razón de la persistencia de nuestra confianza en el sistema. Y no dejo de pensar en esa vieja aspiración falangista: la eliminación de la Banca privada del mercado, la nacionalización del crédito. La Banca Sindical de tipo bajo cuyos beneficios son reinvertidos en el propio Sindicato, en interés de los propios solicitantes de los créditos. Beneficios bancarios que disfrutaríamos todos de forma directa y eficaz.

Frente a esto. Frente a nuestra propugnada decidida intervención de los sistemas crediticios, habrá que conformarse con el silencio suicida imperante. Con la aceptación mayoritaria de un estado de cosas que, de forma absurdamente inevitable, es sufrida diariamente por nuestros ciudadanos. Y no os creáis que la Banca no puede ser intervenida. Sería una de las cosas más sencillas de realizar, de forma ordenada y gradual. Sin rupturismos o cataclismos anunciados, la Banca privada puede ser eliminada del juego social. Sin falsos cuentos interesadamente propagados.

{
}
{
}

Los comentarios para este post han sido deshabilitados.