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POR EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS ROTOS (ENERO 2.007).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 56 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Desde nuestra misma fundación, los falangistas siempre hemos tenido merecida fama de aguafiestas... de cenizos sociales que, de una forma u otra, han augurado los peligros de determinada situación política y, en vez de guardar silencios cómodos, han expuesto al mundo, mediante posiciones críticas, la precisa inminencia del cataclismo anunciado.

Desde el inicio mismo del mal llamado proceso de paz hemos mantenido posturas políticas contrarias al mismo. En primer lugar, y como razón primordial, nosotros no nos oponíamos a la negociación con la banda nacionalista vasca. Nadie puede oponerse a iniciar una negociación si, al final del camino, se encuentra una paz ansiada durante décadas. El final de la sangre. A lo que nos oponíamos era a iniciar las conversaciones del modo en que las mismas se iniciaron. Rechazábamos el marco negociador que habían determinado, de manera exclusiva, los asesinos nacionalistas. Entendíamos que, por una simple cuestión de orden lógico, a una ronda negociadora debe acudirse con otra actitud: poniendo encima de la mesa una serie de valores de pacificación y concordia. Intentando quitar hierro a una complicadísima situación caracterizada por la violencia terrorista. En definitiva, desarrollando una política de mano tendida. El asunto -como siempre- no deja de ser sencillo dentro de su innegable complicación: son ellos quienes matan y son ellos quienes tienen que convencernos de su voluntad de dejar de matar.

Sin embargo, y desde sus comienzos, la pretendida negociación ha discurrido por otros derroteros. Y es que el sectario, intransigente y criminal nacionalismo terrorista vasco no ha dado, durante todos estos meses, ni una sola muestra de concordia. No ha realizado -cuando más era necesario- una política de gestos tendente a convencernos de su convicción pacificadora. Desde estas mismas líneas, y a lo largo de los últimos meses, hemos criticado la actitud desafiante del entorno abertzale, y la constante justificación que, desde el Gobierno de España, se ofrecía -sin recato- respecto a estas malas prácticas nacionalistas. Lejos de manifestar alguna clase de voluntad negociadora, el sanguinario nacionalismo vasco ha seguido extorsionando a los empresarios, realizando acciones de borroka, almacenado explosivos, robando armas y demostrando, por todo y frente a todo, una actitud chulesca caracterizada por la absoluta falta de respeto hacia sus víctimas.

Y así no se negocia. Por eso nos opusimos a iniciar un proceso de paz en estas condiciones: dónde y cuándo pudimos y dónde y cuando nos dejaron. Tan sólo estábamos solicitando una simple e indispensable condición: si los terroristas quieren negociar, deben abandonar las armas. Realizar una política pública de gestos amistosos que desemboque en una negociación sobre la forma de cesar en la violencia. Nada de eso ha ocurrido en los últimos meses...

Hemos asistido al bochornoso espectáculo de un Gobierno entregado a la voluntad del nacionalismo asesino. Ellos decían que querían negociar y alcanzar un acuerdo de paz, y el Gobierno no sólo se lo creía a pies juntillas, sino que pretendía que el conjunto de la población también lo creyera. Por extensión, todos los ciudadanos debían también creerlo, porque si no -hasta ayer mismo- eras un enemigo declarado del proceso de paz. Hemos asistido a bochornosos espectáculos públicos: los socialistas reunidos con Otegui, los Fiscales suavizando el tratamiento dado a estos asesinos, el conflicto llevado al Parlamento Europeo, los llamamientos a las víctimas para que asumieran esta negociación como algo irremediable... Con la delicadeza que demuestra siempre Zapatero a la hora de encarar problemas sensibles, los socialistas se han echado al monte de la negociación olvidándose -como siempre- de que existían miles y miles de españoles que no lo veían claro, que rechazaban la negociación por encontrarla lesiva a los intereses dignos de España. Una vez más, los socialistas han gobernado sólo para un sector de la población, orillando de forma ofensiva al resto. Haciendo de su capa un sayo y apostando, a una sola carta, por la viabilidad del proceso.

Y ahora, varios centenares de kilos de explosivos han terminado con esta pantomima. ETA ha hablado desde su peciliar perspectiva negociadora. De repente, y en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas, ha bajado el telón. Ha terminado la farsa de una paz negociada. Tan sólo un día después del anuncio del “Año Triunfal” de Zapatero en su comparecencia pública, los terroristas han vuelto a actuar, y han dejado las expectativas de paz paseando por el bulevar de los sueños rotos. Esto iba a pasar y todos lo sabíamos. Pocas veces en la España Contemporánea ha resultado tan profetizado un acontecimiento. Y ahora, con el morro que les caracteriza (y olvidando el desprecio de los últimos meses), vuelven a hablar de reeditar el Pacto Antiterrorista. El mismo pacto que los socialistas, con su actitud irresponsable, se han encargado de dinamitar los últimos meses. Eso se llama caradura política. Eso se llama infantilismo: sobre todo después del bochornoso espectáculo de afirmar -sobre la sangre de los dos últimos muertos- que el proceso se suspendía, en un intento de seguir prolongando esta farsa. Que se vayan. Que Zapatero dimita y convoque Elecciones Generales anticipadas. Y, al final, va resultar cierto que el año que viene estaremos mejor: sin Zapatero en el Gobierno las cosas se verán de otra manera. Sayonara Babe.

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