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CALIBRANDO EL FALANGISTÓMETRO (JUNIO 2.012).

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 TAGS:undefinedEs que son muy pesados. Más pesados que una vaca en brazos. El mundo occidental se derrumba a nuestro alrededor, pero ellos siguen preocupados en conceder la pertinente homologación de falangismo. Seis millones de desempleados y recortes sociales. Los mercados apretando a esta pobre España de Mariano Rajoy. Lo que queda de nuestra economía desintegrándose ante nuestros ojos de manera diaria e inexorable. Pero ellos siguen preconizando la clarificación de nuestros presupuestos ideológicos como paso previo a cualquier proceso unificador y patatín y patatán. Los conmovedores –en lo que tienen de lealtad a cosas que se han ido para siempre- integristas de nuestro entorno azul. Entrañables falangistas más preocupados por las pompas y las obras de Satanás que por otras minucias mundanas como las primas de riesgo o las intervenciones bancarias.

El nacionalsindicalismo es el único movimiento político occidental que pone trabas a la admisión de nuevos militantes. Seguro que ya os habéis dado cuenta. En este mundo ferozmente individualista –cobarde y avaro al decir del viejo himno jonsista- y carente de compromiso, todas las alternativas sociales están deseosas de romper el cerco. El cerco que establecen la apatía y un más que evidente desinterés por la política. Por eso, se busca constantemente la integración de personas nuevas que vengan a fortalecer las filas propias.

Todos menos nosotros, por supuesto. A nosotros nos pone muy nerviosos que venga gente nueva a engrosar nuestros cuadros. No los queremos... ¿pa´qué?

Porque frikys somos un rato. Tal vez porque toda persona normal que se acerca a nosotros tiene que ocuparse, en primer término, de dos esforzadísimas tareas. La primera es convencer a los gurús que le hayan tocado en suerte del hecho de que él también es un verdadero falangista, y que no es un elemento impuro y desvíado. La segunda es aprenderse –a toda prisa- quién es bueno y quién es malo. Quién es un verdadero falangista, siempre nosotros, y quién no lo es: siempre ellos. Quién es un honesto y leal seguidor de José Antonio, y quién es un impostor sin escrúpulos. Este coñazo cansa a cualquiera.

Lo normal es que nuestros nuevos militantes salgan corriendo pasados unos meses. Lógico. El resultado de todo esto es triste y desolador: la gente normal –carreras profesionales sólidas y entornos sociales positivos- se acaba marchando de aquí. Se marchan –a toda velocidad y no exentos de razón- dejando tras de sí a un cada vez más pequeño grupo de personas que, a su vez, están divididas y enfrentadas. Nos quedamos siempre los peores.

Me cuento entre aquellos optimistas que siguen creyendo que –todavía- existe un falangismo interesante, aunque minoritario. El otro –el coñazo- ocupa casi todos nuestros espacios y hace más ruido: son más, gritan más y llenan centenares de folios a la semana. A pesar de que no nos hayamos dedicado, con una ceguera suicida en esta actitud, a ninguna tarea positiva de refundación o de reformulación de nuestra actividad pública, existen leves atisbos que nos permiten mantener la esperanza. Una luz en el túnel que nos ha dado –en este último año- ideas tales como la de la Mesa Nacional por la Revolución o la más reciente de Defensa Social.

Pero toda buena iniciativa choca, siempre, con una barrera infranqueable: la falta de gente. Cada vez somos menos. No tenemos un número de falangistas capaz de crear una masa crítica suficiente como para sustentar, en la práctica, estas buenas ideas de actuación.

Al hilo de esto -de abrir la puerta a gente nueva en la Revolución- se lleva hablando meses –otra vez- de rescatar el famoso falangistómetro. Ese maravilloso aparato que sirve para medir el grado de falangismo del que goza una persona. Aquel portentoso detector que nos indica, con un cien por cien de fiabilidad, quién es un verdadero falangista y quién no. Algo muy difícil de entender para alguien ajeno a nuestro entorno político, y uno de los conceptos más infamantes y vomitivos de todos los que hemos inventado. Para quien no lo conozca, podríamos describirlo como un siniestro predictor imaginario que se colorea de un color u otro dependiendo de si la persona es o no falangista. Una especie de detector de metales que, pasado por el cuerpo de uno, emite un pitido chirriante si no eres falangista.

Este maravilloso e imaginario aparato que, siempre que es manejado por una minoría excluyente, viene sirviendo de instrumento de exclusión de camaradas.... como motivo de apartamiento de falangistas que no son de nuestra tendencia, sector o capillita. Yo no digo que su uso no sea verderamente necesario en algunos momentos. Tampoco digo que no haya que contar con él. Lo que afirmo es que el problema está en quién lo utiliza y en cómo se calibra.

Se dice que –hoy más que nunca- el falangistómetro es necesario para deslindar posiciones y para conocer –con la debida eficiencia- con quién podemos contar y con quién no. Estoy de acuerdo. Lo que pasa es que estas afirmaciones tienen trampa porque, una vez más, lo que se pretende es apelar al falangistómetro para dejar fuera de nuestro entorno político a gente válida. Por esta razón, y para evitar aplicaciones torticeras del chisme, no estaría mal proceder a una recalibración del aparato. Un falangistómetro recalibrado en base a afirmaciones positivas.

Calibremos el aparato en base a preguntas que deban ser respondidas afirmativamente, tomando como fundamento nuestros clarísimos principios ideológicos.

Y así, toda aquella persona que conteste afirmativamente a todas estas preguntas, es falangista. El grado de falangismo que corresponda a todo aquel que se equivoque en alguna pregunta –o en cierto número de ellas- podría ser determinado perfectamente por nuestros intelectuales. Podrían, sin duda alguna y con la precisión debida, graduar estos porcentajes indicativos sin ningún problema. Qué pasa si contestas que NO a una, a dos, a tres... dejemos eso a nuestros eminentes ensayistas. Con cosas más sesudas que estas nos castigan todas las semanas. Lo que no me cabe duda es que alguien que conteste que SÍ a todas es mi hermano, al estilo de Henry V antes de Agincourt.

Estas son las preguntas:

1. ¿Crees que el hombre es portador de valores eternos y que estos valores son su Libertad, su Integridad y su Dignidad?

2. ¿Crees que es el respeto a la persona así concebida la base de toda acción política?

3, ¿Crees que en los procesos históricos también pueden contar factores espirituales y no sólo económicos o estrictamente materiales?

4. ¿Crees en la unidad de España?

5. ¿Crees que España es algo más que una suma administrativa de territorios y provincias?

6. ¿Crees que la existencia de España se justifica no sólo por lazos históricos pasados sino por un proyecto común de convivencia para el futuro?

7. ¿Crees que los distintos pueblos de España pueden convivir dentro de este proyecto común?

8. ¿Crees que el concepto de una España unida es inseparable de un proyecto revolucionario de Justicia Social para los españoles y que estos conceptos no pueden entenderse de forma independiente unos de otros?

9. ¿Crees que nuestra forma de Estado debe ser la República?

10. ¿Crees en la abolición del actual Estado de las Autonomías por entenderlo inoperante, caro y supérfluo?

11. ¿Crees que la participación política es algo más que votar cada cuatro años y que los partidos políticos no sirven para encarrilar debidamente la participación de los ciudadanos en la vida pública?

12. ¿Crees en una participación directa y profunda de los ciudadanos en los asuntos públicos, en una democracia profunda, directa y representativa, en la cultura de la implicación, en el establecimiento de nuevos instrumentos de participación y representación y en un control ciudadano directo de todas las instituciones y organismos del Estado?

13. ¿Crees que el Municipio debe tener el triple carácter de espacio de participación política, de instrumento revolucionario de acción en la sociedad y de núcleo fundamental de la organización del Estado?

14. ¿Crees que los trabajadores deben ser los titulares legítimos de los medios de producción?

15. ¿Crees en la abolición del salario y en que la plusvalía quede en manos del Sindicato correspondiente?

16. ¿Crees que la propiedad privada debe ser socialmente proporcionada y económicamente limitada por su función social?

17. ¿Crees que la empresa debe ser gestionada directamente por los trabajadores constituídos en Sindicatos de Empresa?

18. ¿Crees que los distintos Sindicatos de empresa deben agruparse en un Sindicato más grande correspondiente a cada rama o sector de la producción?

19. ¿Crees que el Sindicato es un elemento esencial de convivencia, un espacio de participación y un factor trascendental de transformación revolucionaria?

20. ¿crees que debe abolirse el actual modelo bancario?

21. ¿Crees que debe haber una entidad bancaria que corresponda a cada uno de los grandes sindicatos sectoriales, que gestione los fondos de los trabajadores sindicados y que reinvierta sus beneficios en interés de estos mismos trabajadores?

22. ¿Crees que los poderes públicos deben garantizar a los ciudadanos la efectividad de derechos tales como a la vivienda, a la sanidad, a la educación o a la Cultura de forma pública y gratuíta?

23. ¿Crees en las libertades de expresión, de opinión, de creación y de información como esenciales de una sociedad democrática?

24. ¿Crees que el Estado debe tener competencia exclusiva, entre otras, en materias de educación, energía, sanidad, defensa y relaciones exteriores y que los asuntos económicos deben ser dirigidos y decididos por un gran organismo sindical de carácter representativo?

25. ¿Crees que es necesaria una profunda reorganización del sector agrario español?

Veinticinco sencillas cuestiones que -desdiciendo a los que creen que lo nuestro es incomprensible- determinan la adscripción al nacionalsindicalismo de una persona. Estas preguntas no son –en absoluto- cerradas, y podrían ser complementadas o completadas por sucesivas series que se os fueran ocurriendo. Asimismo, podrían formularse de otro modo. Pero esta es la idea y el sentido. Creo en el sincero falangismo de todo aquel que crea en estos conceptos, y no pienso –ni por asomo- negar las credenciales a nadie que responda afirmativamente a todo esto. Así de fácil. Y muchos dirán -para colmo- que se puede mentir al pasar por el falangistómetro, y que se puede no tener una buena fe sincera al contestar a estas preguntas. Para estos paranoicos, el instrumento que habría que aplicar sería el polígrafo... pero esto ya no sería plan.

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