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CATALUÑA Y NUESTRO PROYECTO NACIONAL (AGOSTO 2.012).

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 TAGS:undefinedPara mi admirada Sandra Burgos. Extraordinaria amiga y abogada magnífica. Para mí en ese orden. Catalana por los cuatro costados.

Los falangistas lo sabemos. España no es un mero conjunto territorial de provincias y regiones ligadas entre sí por vínculos administrativos. Tampoco es España un simple conglomerado de personas unidas por unas mismas leyes y por unos mismos gobernantes. España no es sólo un territorio, al igual que tampoco lo es únicamente el grupo de personas que viven sobre nuestro suelo nacional. Nosotros lo sabemos desde que, de manera perfecta, fuera definida por José Antonio Primo de Rivera – qué grande se hace José Antonio en la distancia de la Historia, al tiempo que nosotros nos hacemos, cada día, más pequeños- como una unidad de destino en lo universal. España es un proyecto aceptado por todos: un destino común. España como empresa colectiva que, integradora de todas nuestras energías, nos aúna a todos en un gran proyecto nacional. España como idea superadora de conflictos sociales y económicos. En otras palabras, algo digno que hacer juntos en el mundo. Si este proyecto común no existe -si esto no se da- qué alguien me explique qué es lo que hacemos juntos, navegando en esta balsa de piedra llena de mala leche, de hechos diferenciales y de particularismos diversos. A veces, creo que bastaría un conjunto de sencillos objetivos políticos y económicos comunes, y un reforzamiento de la cultura de la unidad nacional. Eso y la ilusión en este proyecto colectivo en el marco de una transformación radical e integral de España.

Sin ese gran proyecto nacional no somos nada. Y como ahora –en esta triste realidad de 2.012- no tenemos ni ese gran proyecto nacional, ni una empresa colectiva digna ni nada que –remotamente- se lo parezca, no existe España. No tenemos nada digno que hacer juntos en el mundo. Existe –eso sí y de manera vocinglera y pobretona- un conjunto de personas enfrentadas las unas con las otras y que –peleándose enconadamente por las escasas sobras de una pasada fiesta- han perdido su voluntad de remar juntas dentro del mismo barco. La carpetovetónica derecha españolista –siempre especializada en frases grandilocuentes y en conceptos políticos vacíos- no deja de repetirnos lo hermoso que es morir por la Patria. Nosotros sabemos que lo que es hermoso de verdad –de verdad de la buena... de esa verdad que sale del corazón- es tener una Patria por la que morir. Como hoy no la tenemos, nuestra primera tarea debe ser reconstruírla. Refundar España, tal y como acertadamente viene definiendo esta urgente tarea mi amigo –en estos tiempos revueltos es dónde cada vez estoy más orgulloso de los amigos que tengo la suerte de tener- Carlos Martínez-Cava. Una refundación de la Patria basada en un proyecto colectivo que, al día de hoy y a la vista de lo qué está pasando, estaría articulado sobre la base de la sustitución revolucionaria del desgastado modelo capitalista por otro sistema más justo, humano, solidario y vertebrador. Una Unidad de España que no es nada -por sí sola- si no va acompañada, de forma inseparable, de un trabajo revolucionario de Justicia Social, solidaridad y de profundización en nuestros derechos y libertades.

Digo esto porque, últimamente, estamos escuchando muchas -y gravísimas- sandeces relativas a Cataluña. Catalanofobia. Sandeces hirientes que -provenientes de nuestra caverna más rancia y semianalfabeta- no sólo constituyen un insulto gratuíto hacia esta tierra antigua sino que -en sí mismas- suponen un ignorancia radical respecto a lo qué ha sido y debe ser España: hacia este proyecto integrador que debemos construir entre todos. Se ha llegado a pedir, por ejemplo, que no vaya el Ejército Español a sofocar los incendios de Cataluña dado que -si ellos no quieren ser españoles- no deben aprovecharse de una UME que pagamos todos. Al parecer, nadie de estos cavernícolas cae en el hecho de que también es pagado el Ejército por los catalanes, y hasta puede que en mayor proporción a la de una parte importante de España. Y no sólo se han vomitado estas lindezas. Hasta se ha llegado a decir que era el momento de cerrar Cataluña para que los catalanes se quemasen dentro. Qué asco, qué náusea y qué pena. Nuestra pobre España desmembrada por la actuación -a un siniestro alimón- de los salvajes de ambos lados. Cada vez que uno de estos pedestres derechistas hace una afirmación de esta ralea, está dando argumentos a ese mismo independentismo catalán que tanto proclaman odiar y combatir. Cada vez que se insulta a Cataluña, existe un catalán que abre más los oídos a la oferta independentista. Les carga de razón.

Estos cabestros no han leído a José Antonio cuando, el 4 de Enero de 1.935 -y en una sesión parlamentaria- defendió a Cataluña, frente a los mueras de algunos Diputados, en una de sus intervenciones parlamentarias más brillantes. Una Cataluña española dentro de un destino común, y una empresa nacional como factor aglutinante de los pueblos que nos conforman.

Yo amo a Cataluña. Aunque no la conozco tanto como debiera -patético el otro polo del rancio derechismo proclamando a los cuatro vientos un políticamente correcto amor por una tierra que les es indiferente por educación, y por convicción, y que no conocen en absoluto- pero he estudiado la Historia de España, y el papel decisivo que Cataluña ha jugado en los diversos hitos que la misma ha tenido hasta el presente. Yo no hablo catalán en la intimidad, pero me gusta Cataluña. Yo no sé bailar la sardana, ni maldita la falta que me hace, pero me siento como en casa cada vez que tengo la suerte de ir. Tampoco la saben bailar mis amigos casados con maravillosas -maravillosas de verdad Marta y Gemma- mujeres catalanas: por suerte, no creo que ellas se lo pidan nunca. Me he sentido tan bien -tan maravillosamente bien- andando por el Paseo de Gracia en Barcelona como pueda estarlo tomando café en El Grande de Avila. La siento tan profundamente española como a Castilla, y ello sin negar ninguno de sus elementos históricos y culturales propios y distintos, como tampoco se los niego a Castilla. Tenemos la suerte inmensa -por otra parte- de poder ser las dos cosas a la vez. Y sé que Cataluña será España siempre y cuando tengamos una empresa nacional de primer orden que proponer -y defender- frente a ataques disgregadores. Lo que nunca podrá funcionar es una unidad basada en el uso de la fuerza -muy al estilo de la Monarquía Borbónica y su heredada Administración centralista- y mantenida desde arriba de manera coactiva. Como tampoco puede funcionar el actual Estado de las Autonomías, cuyo desmantelamiento es una tarea insoslayable, urgente y prioritaria siempre que queramos una España más sencillamente desburocratizada y, desde luego, de más baratos costes. Por estos dos modelos políticos no vale la pena emprender nada.

La Revolución debe traernos este gran proyecto nacional. Una Unidad de España lograda no sólo a través de la adhesión de la mayoría de lo españoles a esta empresa colectiva -desde abajo- sino a través de planes de estudio que enseñen a todos los niños españoles la grandeza de nuestra Historia Común, sobre la idea central de que ninguno de nosotros -catalanes, gallegos, vascos, extremeños, andaluces, castellanos... todos- puede comprenderse en su integridad sin comprender al otro. España renacerá en las aulas, al igual que renacerá en el trabajo constante de todos en aras de objetivos comunes. De dónde no renacerá -estoy seguro- es del rebuzno intolerable de una minoría intransigente. El Capitalismo nos enfrenta. El actual modelo político nos quiere enfrentados unos contra otros, porque la desunión es la clave de su propia supervivencia dentro de este estado de cosas. Nos ha enfrentado pueblo contra pueblo. El Estado de las Autonomías es también directamente responsable de este enfrentamiento territorial entre españoles ya que -como resulta obvio- no ha sabido preservar los resortes de nuestra unidad nacional, y ha profundizado en nuestras más elementales diferencias. Como solemos decir Sandra y yo -en definitiva- todo esto se cura viajando. Amplíando esa clase de perspectivas vitales que nos hacen crecer como personas. En fin...

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