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EL CENTENARIO DEL ALZAMIENTO DE PASCUA COMO HITO DE UNA REVOLUCIÓN.

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 TAGS:undefinedCuando el maestro y poeta Patrick Pearse leyó la proclamación de la República Irlandesa en la puerta principal de la Oficina Central de Correos de la Calle O´Connell de Dublín, lo hizo en medio de la casi absoluta indiferencia, cuando no de la más profunda animadversión, del resto de sus compatriotas. El 24 de Abril de 1.916 era Lunes de Pascua y día de mercado en la Ciudad de Dublín, y apenas un millar de soldados provenientes de los Voluntarios Irlandeses, brazo armado de la Hermandad Republicana Irlandesa, así como del pequeñísimo Ejército Ciudadano Irlandés liderado por el socialista y líder sindical James Connolly, habían ocupado puntos neurálgicos de la ciudad. Estos soldados se llamaban a sí mismos Irish Republican Army (IRA), ya que constituían las Fuerzas Armadas institucionales de la República Irlandesa. Habían sorprendido a los habitantes de Dublín desfilando por sus calles, ese tranquilísimo Lunes de Pascua, en formación uniformada marchando hacia estos edificios emblemáticos de la Ciudad. 

Aquel no era el momento idóneo de levantarse en armas contra el Imperio Británico. Y no sólo porque la fuerza militar de los insurrectos era irrisoria en comparación a la de las tropas británicas estacionadas en el territorio irlandés sino porque, a un nivel puramente político, no existían las mínimas condiciones favorables que permitieran alcanzar la independencia en 1.916. Gran Bretaña se encontraba en ese preciso momento librando una batalla decisiva contra los Imperios Centrales, miles de jóvenes del país engrosaban las filas de los regimientos irlandeses del Imperio y una gran mayoría ciudadana, partidaria de alguna clase de régimen de autonomía irlandesa a establecerse cuando terminara la Gran Guerra, no sólo no veía con simpatía un alzamiento armado sino que, además, lo consideraba un acto de alta traición: apuñalar a Gran Bretaña por la espalda en aquel momento difícil de la Guerra Mundial. Sin embargo, los insurrectos decidieron levantarse en armas. Ofrecer un ejemplo a la nación y no dejar morir la causa de la Independencia y la República. Pasando por alto cualquier otra consideración práctica o política, habían decidido alzar la bandera verde, blanca y naranja en aquellos edificios oficiales al tiempo que llamaban a un levantamiento armado en toda Irlanda contra los británicos. Proclamaban así su fe en una Irlanda libre y democrática, sin tiranos ni opresores, y llamaban la atención del mundo con el gesto.

Y por estas ideas se aprestaban a luchar y a morir los soldados voluntarios de Irlanda. Decía la Proclamación leída por Pearse que declaramos que el derecho del pueblo irlandés a la posesión de Irlanda, al control sin condiciones de los destinos Irlandeses, es soberano e irrevocable... La República Irlandesa tiene el derecho, y en este acto lo exige, de la lealtad de todos los irlandeses e irlandesas. La República garantiza la libertad religiosa y civil, la igualdad de derechos y la igualdad de oportunidades a todos sus ciudadanos, y declara su determinación de perseguir la felicidad y prosperidad de toda la nación y de sus partes, abrigando igualmente a todos los hijos de la nación, completamente ajena a las diferencias cuidadosamente fomentadas por un gobierno extranjero, que dividió en el pasado una minoría de la mayoría.

El ejemplo irlandés ilumina, con su carácter honorable, estas horas oscuras de la vida española. En estos momentos de política de muy baja estofa -ausencia total de liderazgo cívico, corrupción institucionalizada y juego sucio entre partidos- resalta el ejemplo moral  del Easter Rising. Un grupo de hombres se sacrifica, libre y voluntariamente, en aras de una idea colectiva superior. Porque se trataba exactamente de eso: de dar un ejemplo de valor y de compromiso a una nación adormecida y de señalar -sin la más mínima vacilación - a la tiranía que estaba impidiendo la libertad y la independencia nacional. Un sacrificio de sangre lo llamó Patrick Pearse. Un puñado de hombres valientes y dignos enfrentados al ilimitado poder de un Imperio, y mostrando al mundo la fuerza de una idea imparable. Ellos demostraron que, a partir de 1.916, la República Irlandesa no era una quimera política o una simple entelequia mítica mantenida durante siglos de ocupación británica. La República Irlandesa había sido una realidad constatable en virtud del esfuerzo heróico de una vanguardia revolucionaria abnegada y valiente. La República Irlandesa se había hecho algo real y tangible, ya que igualmente real y tangible era el sacrificio supremo realizado en su nombre.

Después de unos pocos días de resistencia, los alzados se rindieron a los soldados británicos. Había hecho falta traer refuerzos y artillería  -los cañones machacaron una hora tras otra la Central de Correos- y una cañonera había subido por el Río Liffey para bombardear Dublín a quemarropa. Uno a uno fueron cayendo los enclaves rebeldes, y los principales líderes de la revuelta iban siendo tomados prisioneros. Patrick Pearse cayó en manos británicas, al igual  que un muy mal herido James Connolly. El IRA había sido derrotado en toda la línea, y había comenzado la durísima reacción británica. La represión fue rápida, brutal y despiadada. Comenzaron las ejecuciones de los líderes republicanos: Pearse, Thomas Clarke, Joseph Plunkett, James Connolly -que tuvo que ser fusilado atado a una silla porque las heridas sufridas en la batalla no le permitían mantenerse en pie- Roger Casement -cuya historia contó magistralmente Vargas Llosa en El Sueño del Celta y que fue el único líder nacionalista de la insurrección ahorcado en vez de fusilado, ya que se trataba de un funcionario británico que había traicionado a la Corona- Sean Mcdermott y así hasta los quince máximos responsables del nacionalismo republicano, entre los que se encontraban los siete firmantes de la Declaración de la República.

Más de tres mil personas fueron detenidas, encarceladas o desterradas. Entre ellos, estaban Éamon De Valera, futuro Presidente de la República que no había podido ser fusilado al ostentar la nacionalidad norteamericana, y un jovencísimo Michael Collins que había defendido también hasta el final la Oficina Central de Correos. El Alzamiento había supuesto la eliminación física de toda una generación de líderes revolucionarios pero, en la estricta lógica de un proceso de liberación nacional, estaba generando el surgimiento de otros nuevos que venían a recoger la antorcha. Por cierto, la interesantísima película de Neil Jordan (1.996) sobre Michael Collins comienza justo este Lunes de Pascua, cuando un Collins que acaba de rendirse, y a la salida de la Oficina de Correos, jura a su camarada que nunca más volverá a luchar en la forma que imponen los ingleses y que, para vencer en esa guerra desigual, se hace necesario idear formas nuevas de combatir.

 TAGS:undefinedLos revolucionarios no dieron su vida inútilmente. El Alzamiento de Pascua produjo un paulatino deslizamiento de la opinión pública hacia posiciones independentistas. La extremada dureza de la represión británica constrastaba con el esfuerzo de guerra irlandés desarrollado en la Gran Guerra. Los irlandeses comprobaron que la Corona no era demasiado benévola con un conjunto de ciudadanos -una pequeña parte dentro del conjunto total del Imperio- que estaban ofreciendo vidas y haciendas en la durísima y cruel guerra mundial. El Gobierno Británico demostraba muy poca sensibilidad -y muy poco agradecimiento- hacia el pueblo irlandés a pesar de sus sacrificios bélicos innegables en apoyo de la causa aliada. La situación política se enrareció para el ocupante.

El partido Sinn Féin -en traducción castellana del gaélico Nosotros Solos- se decantó por el nacionalismo republicano cuando, hasta entonces, había propugnado una línea blanda de solicitud de autonomía irlandesa dentro de los vastos dominios imperiales. El Sinn Féin obtuvo una aplastante mayoría en las Elecciones de 1.918 y, en vez de acudir sus diputados al Parlamento de Londres, los mismos se constituyeron en Dublín en Asamblea de Irlanda en 1.919 y proclamaron la República Irlandesa. Había empezado así la Guerra de la Independencia frente a los británicos. Esa es otra historia. Pero, en sólo dos años, la nación había madurado para estos cambios políticos de primer orden, había secundado a un ya independentista Sinn Féin y había iniciado una sangrienta guerra de liberación nacional. El ejemplo de los patriotas ejecutados tan sólo un par de años antes no era sólo algo dolorosamente presente en los esfuerzos revolucionarios de un pueblo, sino que había sido un elemento clave en el desarrollo posterior de los acontecimientos políticos.

Han sido emocionantes las conmemoraciones oficiales del centenario del Alzamiento. Tanto en Dublín como en la Irlanda todavía ocupada de los Condados del Norte. Impresiona ver como, alrededor de la reconstruída y venerada Oficina Central de Correos, un pueblo libre ha desarrollado la vida cotidiana de una capital europea y moderna. Me gustó ver al joven capitán del Ejército Irlandés leer la Proclamación de la República, y las flores colocadas por los niños de distintos colegios en la puerta de la Oficina. La nación honró a sus héroes de una manera conmovedora y sencilla y, una vez más, uno no puede menos que sentir una insanísima envidia hacia la forma en la que otros pueblos y otros países, honrando los hitos fundamentales de su Historia, recuerdan sin estruendo ni escándalo a aquellos que ofrecieron su vida por la Patria.

Me gusta pensar en lo que habrá dicho Patrick Pearse al ver a esos niños depositando flores en el escenario de aquel sacrificio de sangre en la Pascua de 1.916 y al ver que, aún con los problemas propios de la situación de recesión y oscuridad que vive Europa, Irlanda es hoy la República ordenada y pacífica por la que murieron todos aquellos combatientes. Porque, aunque el Norte del país se encuentra todavía en manos británicas y no toda Irlanda es todavía una República libre en paz y libertad,  resulta que el ejemplo de compromiso de los que cayeron ha servido de guía constante a los constructores de la nación que han venido detrás. Su gesto honroso se convirtió, tal y como ha sido reiteradamente destacado estos días, en el pilar fundamental de la República y en el referente moral de su ciudadanía. Y lo sigue siendo en todos los irlandeses que siguen propugnando una Irlanda unida, republicana y democrática. Éirinn go Brach

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