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ESA BATALLA DE LAS BUENAS MANERAS. SOBRE "SER O NO SER" DE LUBITSCH (AGOSTO 2.013).

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 TAGS:undefinedSer o no Ser no es sólo una buenísima película dirigida en 1.942 por Ernst Lubitsch. En esos cien minutos de ritmo ágil y de diálogos brillantes, Lubitsch nos demuestra lo bien que sabe contar una historia –una gran historia- y lo bien que sabe enmarcar, dentro de este magistral desarrollo narrativo, las excepcionales interpretaciones de todos –absolutamente todos- sus actores. Las obras maestras son siempre el resultado de una conjunción de factores: de un equilibrio positivo –a veces inestable- entre todos los elementos que concurren en la elaboración de una película. Ser o no Ser ofrece –en este sentido- una muestra prodigiosa de este difícil equilibrio aderezado –en todo momento- por el llamado toque Lubitsch. La firma indiscutible de un director magnífico.

Ser o no Ser es algo más. Es una metáfora perfecta sobre la posibilidad de oponerte a los tiranos no sólo mediante el uso de la fuerza –forma suprema y evidente de resistencia a la opresión- sino también por medio del ingenio, la inteligencia, los buenos modales y los usos civilizados. Porque en Ser o no Ser se contraponen dos mundos antitéticos: el del fanatismo férreo y monolítico del opresor frente al del desorden diverso y elegante de los oprimidos. Aquel mundo desolado por la derrota que –a pesar de la humillación- sabe sobrevivir con la ironía como coraza, manteniendo intacta su propia jerarquía de valores. Los triunfantes vencedores –por el contrario- no cuentan más que un factor de fuerza ilimitada que –sin embargo- no consigue hacer triunfar su visión del mundo. Un inteligentísimo humor enfrentado a la fuerza bruta, y la consideración de las actitudes civilizadas como última línea de resistencia frente al terror.

Una Compañía de Teatro en Varsovia con todos sus defectos y virtudes: la fatuidad de los actores, su orgullo no siempre merecido, los secundarios que aspiran eternamente a un papel protagonista, el profundo conocimiento de la vida que da el estudio de los autores clásicos y un patriotismo indestructible que les anima –lejos de la pasividad de la rendición- a seguir luchando. En esta Compañía, vive y trabaja la genial pareja de los protagonistas: María Tura (Carole Lombard) y Joseph Tura (Jack Benny). Un peculiarísimo matrimonio envuelto en un código propio de divertidísima vanidad actoral y de un curioso –aunque profundamente civilizado- sentido de la fidelidad. Lubitsch y su visión asumidamente alternativa de las relaciones familiares. En este marco, se desarrolla un triángulo amoroso nada convencional: un joven piloto (Robert Stack) absolutamente enamorado de María Tura, y una María Tura que –desplegando el total encanto de su madurez- se deja querer por el joven piloto.

Partiendo de esta aparentemente sencilla base, Lubitsch articula un engranaje narrativo de complejidad in crescendo haciendo que la compañía de actores, que aprovechan el atrezzo y los papeles ensayados de una comedia antinazi que pretendieron estrenar antes de la ocupación, se enfrente valiente –e ingeniosamente- a los invasores. Lubitsch contrapone el mundo del teatro –la cultura y la sensibilidad- al aparato represor del ocupante –la fuerza bruta de la obediencia ciega- y las buenas maneras –los hábitos civilizados de un matrimonio sólido- a la zafiedad fanática de los tiranos. Y lo mejor es que esta pugna se desarrolla sin dejar de profundizar –a veces someramente y a veces con la debida extensión- en el carácter de los personajes y en sus respectivas motivaciones. Sólo así podemos divertirnos contemplando –asombrados- la manera de querer a su marido que tiene María Tura –la cual no excluye, en absoluto, un intrascendente romance con el joven aviador- o la infinita vanidad de su marido Joseph quien –aunque celoso y preocupado por la marcha de su matrimonio- no se olvida de dar una hilarante rienda suelta a su ilimitado egocentrismo. Ese cine de puertas que se abren y se cierran -el toque Lubistch- reservando cada puerta una nueva sorpresa o una sugerencia inteligente, dependiendo del momento narrativo de la escena.

Existieron directores que se enfrentaron al nazismo con humor y con ironía, en vez de con gruesa propaganda. Lubistch – al igual que Chaplin en El Gran Dictador pero sin mantener tesis final alguna en su argumento- no deja de tener claro que fuera de las buenas maneras -y de los hábitos culturales de un mundo cortés y tolerante- se encuentra la sinrazón de la barbarie. En definitiva, entendiendo que, detrás de la ausencia de sentido del humor y de las demás actitudes civilizadas, se esconden la esclavitud y el sectarismo. Un mensaje que no siempre fue bien entendido en 1.942. Se dijo –incluso- que la película hacía escarnio y mofa de la Resistencia Polaca. Un conjunto de mujeres y hombres que, a raíz de uno de los episodios más valientes y honrosos de la Segunda Guerra Mundial, resultó prácticamente exterminado en el Alzamiento de Varsovia en el verano de 1.944. Lubitsch no se ríe de aquellos combatientes que siguieron luchando bajo la dura ocupación. Tan sólo nos muestra –claro y luminoso con la perspectiva que nos da el tiempo transcurrido- el conjunto de principios por los que vale la pena luchar y –en último término- morir. Una nota optimista en medio de tanta desolación y tanta muerte. Un mundo divertido y diverso que, provisto de usos y hábitos propios, es tremendamente superior al de sus enemigos. Un mundo por el que se está luchando justo en el mismo momento de rodar la película. Porque, en definitiva, aquellas formas sociales desprovistas de buenas formas -de civilización- no merecen ser defendidas.

Carole Lombard murió –en un terrible accidente de aviación- un poco antes del estreno de la película. Venía de promocionar y vender bonos de guerra pocos meses después del ataque japonés a Pearl Harbour y de la consiguiente entrada en la Guerra de los Estados Unidos. El Presidente Roosevelt dijo de ella que era la primera mujer caída por su patria en la Segunda Guerra Mundial. Impresiona saber que Carole Lombard –bellísima y sofisticada en esta película- cayó precisamente por aquello que se defendía en su último trabajo.

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