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ESA FALANGE QUE NO GRITA

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En mi opinión, la defensa a ultranza de la unidad de España –en este año difícil y convulso de 2.017- esconde graves peligros de naturaleza moral. Unos peligros que, conectados de forma íntima y estrecha con nuestra manera de entender el nacionalsindicalismo, pueden hacernos incurrir en un dilema ético y en una contradicción intolerable.

No podemos separar el concepto de unidad nacional del de la existencia de un proyecto nacional ilusionante y prioritario. Sin la postulación de un modelo republicano y sindicalista en el marco de una Revolución, la unidad nacional es un concepto hueco y una idea reaccionaria. La Patria no existe sin proyecto nacional. La Patria no existe sin una redención moral y material de la miseria y sin una transformación revolucionaria de nuestra sociedad. Todo lo que no comprenda esto no es más que pura trompetería imperial.

Por eso, la defensa numantina de España frente a la ofensiva salvaje del secesionismo catalán esconde una trampa moral insalvable. Porque si no dejamos claro que nuestra idea de unidad está inseparablemente unida a esta lucha republicana, sindical y revolucionaria, lo que acabamos defendiendo no es otra cosa que la organización territorial del Régimen de 1.978: el llamado Estado de las Autonomías. Una concepción de España exclusivamente territorial: aquella que respalda el orden decimonónico administrativo provincial bajo el lazo común de la Corona. La España de Felipe VI en definitiva.

Para eso no hacemos falta los falangistas. Porque defender la unidad nacional de esta forma no nos separa –en nada- de la más rancia extrema derecha del grito rojigualdo y del pasodoble apolillado. La gaita y la lira una vez más en el recuerdo y para su adecuada lectura. Porque esa vieja España cuenta con instrumentos de sobra para defenderse y porque ya se sirve de una amplísima legión de servidores públicos que trabaja en su respaldo y sostenimiento. Esa España injusta y administrativa que, con toda la fuerza del Estado y de sus instituciones, se está defendiendo del golpe secesionista mediante una simple aplicación de la Constitución y de las leyes. Una mera defensa legal que, sin abrir un debate político correlativo y paralelo sobre la vigencia de nuestra actual organización territorial, tan sólo servirá para poner un parche en esta inmensa vía de agua.

Me gusta pensar que existe un falangismo que no grita. Un falangismo que, alejado de las formas huecas y de las actitudes violentas, está pugnando por encontrar su sitio –un sitio humilde pero cómodo- dentro del panorama político español. Y la verdad es que no está nada fácil porque –de forma mayoritaria y visceral- los restos de aquello que conocemos como falangismo –jirones de tal organización, retales de la otra y rasgones de la de más allá- se ha mostrado asilvestrado y gritón en extremo en los últimos tiempos. Un falangismo que gesticula con una violenta vehemencia y otro falangismo que aburre con un indisimulado hastío. Unos y otros integran la versión más negativa de nosotros mismos y unos y otros se han mostrado incapaces –nos hemos mostrado incapaces- de ofrecer ante los españoles una propuesta netamente falangista y moderna: de brindar nuestro puñadito de soluciones a los gravísimos problemas que sufren nuestros ciudadanos.

Malos tiempos para el falangismo. Malos tiempos para Falange y para el nacionalsindicalismo. Sumidos en la negra confusión de una carrera en círculo hacia ninguna parte: pocos, dispersos e incapaces de dar una respuesta política válida y nítida en estos tiempos de crisis nacional.

Me gusta pensar que no somos pocos los falangistas que pensamos que no es momento de demostraciones de violencia estéril o de concentraciones públicas de objetivos desmesurados que tan sólo sirven para exhibir lo exiguo de nuestra fuerza, así como la total desvinculación de nuestros colores con la realidad de nuestra ciudadanía y con el pulso de la calle.

En mi opinión, este no es momento para la algarada ni para la confusión. Es el momento de hablar con sosiego y con tranquilidad allá donde nos dejen. Es el momento de explicar con calma nuestro propio proyecto nacional en círculos forzosamente pequeños. Es el momento de la política municipal y de los auditorios limitados. Es el momento de nuestra reorganización y de nuestras reformulaciones doctrinales. Es el momento de hablar mucho entre nosotros y con los demás, de escribir mucho y de pensar mucho, y de calibrar sosegadamente hacia dónde debemos ir y con quién. Es el momento de conectar unos con otros y de reagrupar nuestras escasas fuerzas. Es el momento de dar una oportunidad a la Falange por encima del tumulto gritón de una protesta estéril y de una actitud extraña a nuestra esencia más íntima y querida.

Es el momento de nuestra idea de España frente al de la trompetería altisonante.

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