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ESCRIBIR SOBRE LA NAVIDAD (DICIEMBRE 2.013).

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 TAGS:undefinedAntes era sencillo escribir sobre la Navidad. Era sencillo escribir sobre personas –sobre las que estaban y sobre las que no estaban- reunidas alrededor del calor especial de estos días. Era sencillo escribir sobre esas profundas sensaciones que, a lo largo de los años, nos habían acompañado en Navidad. Era fácil escribir de aquellos tiempos pasados y felices y, más fácil aún, de aquellos tiempos pasados y muy tristes. Tanto unos como otros nos marcaron. Tanto unos como otros fueron amontonando tristezas y alegrías en nuestro particular cuarto trastero. El transcurso del tiempo no sólo nos había convertido en lo que somos: también nos había dado el bagaje suficiente como para poder escribir sobre estas cosas. Yo escribía sobre las Navidades que había tenido pero –tal vez con un sentimiento más sincero- escribía sobre aquellas Navidades que no había podido tener. Y así, año tras año, he ido concatenando artículos que hablaban sobre ello.

Cada Navidad acuden -como convocados por la atmósfera especial de estos días- los fantasmas de las vidas rotas. Dickens lo sabía, por ejemplo. Cada Navidad, afloran los estragos de nuestros errores y la aflicción de nuestro desencanto. Un fondo de tristeza infinita se esconde bajo las luces de colores, y un manto de melancolía cubre tanto aquellas cosas que perdimos como aquellas otras que –la vida, el azar y sus cosas- no llegamos nunca a tener. Y así es muy fácil escribir sobre algo.

Pero ya no resulta sencillo escribir sobre la Navidad. Debe ser porque hemos sobrepasado, hace mucho, los límites de lo humanamente tolerable. Debe ser porque, durante todos estos años aciagos, todo nos ha dolido mucho. Año tras año, hemos descrito estas situaciones inhumanas y hemos llorado con la rabia de la desesperanza. No queda nada que decir y queda todo por hacer. Viendo las fotografías –en esta pasada Nochebuena- de las colas de nuestros compatriotas en los comedores sociales, uno ya tiene muy poco que aportar en este nauseabundo estercolero. A la misma hora en la que nuestro Rey –los Borbones y su ancestral falta de pudor cívico- tenía la desfachatez de darnos lecciones de moral desde su púlpito televisivo, centenares de miles de españoles no tenían nada que celebrar. Básicamente porque es muy difícil celebrar nada cuando nada se tiene que poner en el plato. Eso no privó a nuestro Monarca de seguir diciendo las cuatro chorradas que nos dice todos los años, ni de seguir al otro día los medios de comunicación –qué cruz Dios Santo- comentándolas como si, de verdad, tuvieran alguna clase de calado político. Como si, ciertamente, fuesen algo serio y digno de ser analizado. Ellos por un lado. Y la gente -nuestra bendita gente- por otro.

No es sencillo hablar de Navidad mientras seis millones de personas no tienen trabajo ni –tampoco y salvo un milagro- lo van a tener. No resulta fácil ilusionarse a la sombra de un abeto iluminado mientras habitamos el cadáver de un país muerto. No se puede hablar, normalmente, de Navidad mientras nos dirige una élite corrupta que sustenta un sistema inoperante, ni mientras exista un gobierno que gobierne contra sus propios ciudadanos. No se puede hablar de Navidad mientras existen millones de personas sin medios de fortuna, sin tener asegurada una vivienda o sin tener comida suficiente. No se puede hablar de un tiempo de paz universal mientras existen familias deshechas por este desastre: personas sin posibilidad alguna de mejora en sus condiciones miserables. Obviedades que muchos hemos venido repitiendo durante estos años durísimos. Tremendas verdades que entraron en nuestros corazones al mismo tiempo que nos robaban la alegría.

Sin embargo, y entre los restos del naufragio, pueden todavía vislumbrarse evocaciones de aquellas primeras Navidades. Parece como si, en estos días, pudiera ser posible detenerse y pensar. Como si la Navidad también viniera a darnos la oportunidad de corregir pasados rumbos y de planear nuevas singladuras. La desgracia nos ha hecho humildes, y nos ha enseñado a escuchar. Porque estos momentos especiales nos dicen -a todos y cada uno de nosotros- que es posible prestar atención a las señales que, de una forma y de otra, anuncian cambios. Tiempos de reflexión sobre la confusión y el tumulto. Una maravillosa y tranquila tregua decretada sobre esta ya demasiado larga guerra, y horizontes lejanos -tal vez- por descubrir. Después de tanto dolor y de tanta furia y de tanta desesperación, volvemos a acordarnos –como nos acordamos en aquellas primeras Navidades- de aquel niño nacido pobre entre los pobres y sencillo entre los sencillos. El Niño que hoy -entre las ruinas- se esfuerza en seguir iluminando nuestras vidas. Un año más, es Navidad.

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