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AQUELLOS ESPACIOS ABIERTOS BAJO LAS ESTRELLAS (24/VII/09).

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 TAGS:undefinedAlguien me habló el otro día sobre El Principito. Me vino a decir algo que -de puro simple y evidente- resulta acertadísimo. Sobre todo en estos desoladores tiempos que corren. Venía a decirme -en relación con esta famosísima obra del genial Antoine de Saint-Exupéry- que el mundo podía ser perfectamente dividido en dos clases de personas muy bien diferenciadas. Aquellos a los que les gusta Le Petit Prince y aquellos otros a los que no. Antes de seguir adelante, os diré que a mí me gusta. Siempre me han gustado muchísimo las sabias enseñanzas de este niño de las estrellas. También os diré que no me suelo fíar de la gente a la que no le gusta... o de aquellos que dicen que les gusta -ese qué dirán cultural tan español- pero que, en realidad, cómo que no...

El Libro fue publicado también en una época desesperanzada como esta. Nada más y nada menos que en 1.943. En mitad de un conflicto mundial de proporciones gigantescas. Apenas imaginables en la pacífica Europa de 2.009. Y eso es lo primero que sorprende de esta obra... que un libro de estas características haya podido aparecer -precisamente- en una situación como aquella. Tal vez porque sólo en medio de una situación como aquella hubiese podido aparecer una obra como esta. Asistíamos el año pasado a una polémica acerca de la efectiva autoría del derribo de Saint-Exupéry sobre el Mar Mediterráneo, la cual se atribuía -al parecer sin demasiado fundamento- un anciano aviador alemán. Tragedia individual dentro de la tragedia general de la guerra... la muerte en combate del autor tan sólo un año después de la publicación del libro. Saint-Exupéry y su indudable aureola romántica -forjada a través de los grandes vuelos nocturnos sobre Africa- en aquellos servicios postales de la aviación de entreguerras. Felices años veinte y grandes gestas aeronaúticas. Charles Lindbergh y Julio Ruíz de Alda. Italo Balbo y el Conde Almassy. Amelia Earhart y Hanna Reitsch... buscaron los espacios abiertos y libres bajo las estrellas.

Leer El Principito supone -precisamente- eso... un vuelo bajo las estrellas en un espacio abierto y libre. Esa es la grandeza de esta obra literaria de, sin embargo, pequeña extensión. Porque El Principito puede tener tantas interpretaciones como lectores tenga. Es más... sus sucesivas lecturas dependerán de nuestro estado de ánimo o -sencillamente- de la simple percepción que tengamos en cada momento sobre determinados hechos o acontecimientos. El Principito es sensibilidad y es libertad. Es este carácter abierto el que atribuye a esta obra un indiscutible lugar entre las obras maestras de la creación humana.

Leyendo El Principito navego -además de hacia otros puertos menos evidentes y públicos- hacia una reflexión sobre el estado actual de La Falange y de los falangistas. Necesitamos imaginación y necesitamos espacios abiertos de encuentro bajo las estrellas. Una clase de personas que -ante el dibujo mostrado por el aviador- no vean un simple sombrero, sino una boa comiéndose a un elefante. Necesitamos dirigentes que guíen la necesaria transición del falangismo -esa eterna transición pendiente de nuestros tiempos más recientes- con un cordero metido en una caja, y que sepan proteger nuestra rosa dentro del fanal de la gestión partidaria transparente, sincera y democrática. Que nos digan que lo esencial es invisible a los ojos. Que dejen atrás la vacía petulancia del vanidoso y lleven a La Falange a deshollinar diariamente nuestros particulares volcanes de miseria y de necesidad. Necesitamos Reyes que ordenen sólo lo posible y practicable, así como hombres de negocios no ocupados en contar las estrellas, sino en llevarnos hacia ellas. Borrachos liberados de sus extraños círculos viciosos y geógrafos que salgan de sus aburridos escritorios para llevarnos a explorar esas nuevas posibilidades políticas que -día a día- se están abriendo ante nosotros.

Este Verano... leed Le Petit Prince. Si todos obtuviéramos las mismas conclusiones, habríamos ganado una batalla de importancia esencial. Aunque, si todos encontrásemos las mismas respuestas en el Libro, aquello ni sería El Principito ni -muchísimo menos- tampoco el falangismo. Por supuesto... me gusta El Principito.. lo cual dejo manifestado a los efectos oportunos.

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