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LOS ESPACIOS ABIERTOS DE UN MAÑANA FELIZ.

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Llevo mucho tiempo pensando que, en nuestro cada vez más pequeño entorno político, se hace verdad aquello de que cuando unos van otros hemos vuelto: que nunca aprovechamos la experiencia anterior de otros y que tampoco aprendemos de pasados errores, ya sean éstos propios o ajenos. Digo esto porque, cuestión asombrosa a estas alturas del Año de Nuestro Señor de 2.018, el candente debate que está ocupando en estos días a todo un sector del falangismo es, nada más y nada menos, el de si deben los falangistas llegar a un acuerdo electoral con la extrema derecha o si, por el contrario, deben seguir batallando en soledad.

Lo primero que me ha llamado la atención dentro de toda esta árida disputa es que, a pesar de tener hace mucho tiempo por superado este antiquísimo dilema, existan todavía personas que estén discutiendo sobre esto. Nuestros más anticuados sectores siguen convulsionándose ante materias de controversia no menos anticuadas.

Y es que la cuestión es muy sencilla, porque muchos de nosotros creemos que no existen -al día de hoy- falangistas que pretendan pactar con la extrema derecha en esta España de la falsa recuperación económica y de la rebeldía social: en esta España que camina en sentido contrario al de nuestro sector derecho. En 2.018, el falangista que pretenda alcanzar algún acuerdo con este concreto sector político ultra o no es falangista o no tiene demasiado claro lo que significa serlo.

Desde el falangismo, no se puede -ni se debe- trabajar en forma alguna con grupos caracterizados por un nacionalismo rancio, por una xenofobia enfermiza, por un capitalismo parcheado, por una imposibilidad de análisis político riguroso y por la búsqueda de soluciones totalitarias y antidemocráticas. Desde el falangismo, no se puede pactar con todo aquello que aborrecemos, despreciamos, criticamos y detestamos: porque no se pueden mezclar elementos antitéticos y porque estamos cansados de haber tropezado tanto con la misma piedra. Parece como si no hubiéramos aprendido de los fracasos rotundos del Frente Español, del Frente Nacional o de La España en Marcha. Parece como si palabras tales como República, Autogestión o Revolución ya no significaran nada en aras de plegar nuestra actuación pública a las necesidades de la extrema derecha española.

Hablo desde el conocimiento de causa. Hablo desde la autoridad que, en esta cuestión, me da el hecho de haber pactado en el pasado también con la extrema derecha. En 2.007, alcanzamos acuerdos electorales de carácter municipal con formaciones tales como Democracia Nacional o Alianza Nacional. Estos acuerdos, por cierto, nos valieron la crucifixión por parte de los mismos que hoy han preconizado la coalición con estos mismos sectores. Estos limitados acuerdos fueron formalizados por imposición de las determinaciones del Congreso Nacional de 2.006 de FE-La Falange en las cuales, sin ningún problema para ello y a Dios gracias, pudimos incluir la posibilidad de abrir municipalmente el falangismo a toda clase de colectivos que defendieran nuestras mismas propuestas para aquellas localidades en las que teníamos implantación, sin tener que encorsertarnos en acuerdos exclusivos con los fascistas .

En 2.010, y ya para la efímera Mesa Nacional para la Integración, tuvimos que tratar con algunos personajes de la extrema derecha. La idea era buena y la recordarán los numerosos camaradas que formaron parte del proyecto: con carácter previo, los falangistas redactamos y aprobamos de manera consensuada unos puntos marco dentro de los cuales debería desenvolverse nuestra posterior propuesta política.

Sólo desde el total acatamiento a estos puntos previos nacionalsindicalistas, pudimos entrar en conversaciones posteriores con individualidades y colectivos pertenecientes al nacionalismo ultraderechista. Todos cometimos errores en aquel momento pero, con la perspectiva del tiempo y de las enseñanzas adquiridas desde entonces, yo creo que las constantes tensiones que pusieron punto y final a esta iniciativa fueron principalmente generadas por sus integrantes más extremoderechistas: los falangistas de una misma sensibilidad -palabreja que, aunque no termina de sonarnos bien del todo, resulta muy aplicable siempre por lo acertada al reflejar una cierta forma común de ver las cosas- siempre pudimos hablar tranquilamente y solventar los problemas que iban surgiendo entre nosotros. Pese a todo, siempre hubo algún tonto del culo -hoy todavía activos, haciendo de las suyas e instalados entre el rencor, la mala baba y la mentira interesada- que nos tildó de nazis. 

Perdonad las batallitas a las que uno es propenso por la edad, pero a mí me han bastado estas dos antiguas experiencias personales para saber que no quiero volver a marchar unido a esta clase de gente y que no tienen ellos nada que enseñarnos a nosotros. Porque uno puede tener el convencimiento ideológico claro y terminante acerca de la imposibilidad que tiene el falangismo de pactar con organizaciones que preconizan programas políticos incompatibles con los objetivos de nuestra Revolución pero es que, además, a esta razón teórica se añade otra de contenido fundamentalmente práctico: la de que estas alianzas ni nos hacen ser más, ni contribuyen a difundir nuestro mensaje, ni aumentan nuestra base social ni incrementan nuestros recursos materiales o humanos.

Lo triste es que esta verdad -aprendida a golpe de experiencia en la militancia de nuestras organizaciones- que muchos dábamos ya por indiscutiblemente cierta en una parte importante de los falangistas, todavía no ha sido asimilada por la pequeña cúpula dirigente de Falange Española de las JONS. Una vez más, y para escarnio de todos nosotros, la bandera roja y negra se verá mezclada -dentro de un batiburrillo infumable- con posturas xenófobas, violentas e impropias del Siglo XXI. Una vez más, seremos confundidos con la charada hueca de una impresentable bufonada y, también una vez más, todo un amplio sector de falangistas dará la espalda a las necesidades verdaderas de nuestro pueblo y a sus anhelos de redención moral y material.

Atónitos, hemos asistido estos días a la resurrección de un debate muerto y enterrado.  Hemos podido ver como se reproducían esquemas de conducta que una falsa capa de buena educación  -una presunta actitud civilizada de adquisición reciente- afirmaba haber desterrado para siempre. Presumían los sempiternos Garrido y Picó que existía un nuevo proyecto: un nuevo modelo de partido y una nueva forma de hacer las cosas.

Al final de toda esta cháchara, resulta que estaba lo de siempre. La mala educación, el desprecio hacia los militantes, la persecución del disidente, la imposición soberbia de unos puntos de vista adoptados por una exigua minoría, el matonismo y las mentiras, las amenazas de expulsión y el inicio de los acostumbrados expedientes disciplinarios. Una asamblea absolutamente controlada -en qué cabeza cabe que se prive del derecho de voto a los militantes que no pueden asistir a una asamblea en Madrid y en qué cabeza cabe que los Estatutos de cualquier organización moderna no contemplen la posibilidad de un voto delegado y de un recurso interno y judicial frente a decisiones arbitrarias- que decide, por un único voto de diferencia, la entrega de nuestras siglas históricas a lo más rancio, anticuado, costroso e inoperante de la extrema derecha. Que decide, por un solo voto de diferencia, colaborar con la maniobra de blanqueo que, por parte del pseudofalangismo populista, pasa por la pretensión de escudarse detrás de nuestras gloriosas siglas históricas.

Profunda tristeza y sincera conmiseración: contemplar ahora como los falangistas más conscientes y lúcidos que militaban en nuestra Casa Madre son perseguidos y aniquilados políticamente por aquellos que ya no tienen nada que ofrecer: militantes que han firmado su condena a la persecución y al ostracismo por no querer entregar la Falange a la fanfarria carnavalesca de la patriotería indecente. Todo mi ánimo y mi comprensión hacia ellos. Yo tampoco me rindo.

A mí me da igual que estemos solos. A mí me da igual que seamos los menos los que tengamos que sufrir los grandísimos errores de los más. A mí me da igual mi integridad personal o mi prestigio ante ese coro nauseabundo de recalcitrantes fascistas de camisa, cornetas y tambores. A mis casi cincuenta y cinco años me siento -cada vez más- a mil años luz de toda esta orquestilla desafinada. Lo que sí que puedo aseguraros es que muchos de nosotros no vamos a ceder y que vamos a seguir intentando reorganizar nuestras humildes fuerzas en torno a ese puñadito de ideas por las que vale la pena soñar y trabajar. Por una Falange renacida y fuerte y por una reafirmación de aquellas notas esenciales que nos hacen únicos y distintos: que nos llevan a navegar en soledad bajo los espacios abiertos de la esperanza en una Patria feliz y liberada. Nosotros solos no seremos más ni más fuertes, pero estaremos del lado de la dignidad. La dignidad que nos ofrece la fidelidad a lo que somos y seremos: falangistas en los tiempos difíciles de la desilusión y la amargura.

 

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