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ESTE FRÍO Y LARGO INVIERNO (MARZO 2.010).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 215 (ÉPOCA II) de La Gaceta Escurialense.

Este Invierno está siendo eterno. El viento, el frío, la nieve y el hielo han acampado en nuestros espíritus, de forma tal que cuesta trabajo imaginar tiempos mejores. Nos hemos acostumbrado a este tiempo atmosférico, y cuesta recordar cómo era el mundo antes de que llegara el viento helado. No podía ser más oportuna esta circunstancia, ya que este Invierno resulta plenamente acorde con los cambios sociales que estamos experimentando: para el largo Invierno de la recesión. Escenario helado sobre un intranquilizador presente. El frío ha llegado de la mano del empobrecimiento general, y ha formado un conjunto perfecto con la ruptura del antiguo estado de las cosas. Es como si el clima - de una forma consciente y calculada- haya querido dar la bienvenida a la incertidumbre de los nuevos tiempos.

Tormentas atmosféricas codo a codo con tormentas políticas. Se acercan las Elecciones y -en consecuencia- los dos grandes partidos deben delimitar con energía sus respectivas opciones políticas. Esta definición implica una bronca de Colegio -casi todos los días- entre diputados, senadores, portavoces, representantes autonómicos, concejales y ese larguísimo etcétera que constituye la lista interminable de los políticos españoles. Están más preocupados en conservar y en arañar votos que en diagnosticar el origen de los graves problemas que nos afectan. Aridas discusiones contempladas diariamente en los Medios de Comunicación, las cuales no se ven correspondidas por una oferta de soluciones viables y eficaces a nuestras circunstancias adversas. La verdad es que llamar de esa forma a este caos económico y social -circunstancias adversas- no deja de ser un ejercicio de optimismo. Un eufemismo imperdonable que no contempla el terrorífico estado de tantas y tantas familias españolas. Pobreza, desempleo y ausencia total de perspectivas. Y un progresivo enfado -un poco más cada día- hacia esos políticos que siguen enfrascados en debates partidistas y que son incapaces, cuanto menos, de ponerse de acuerdo en un conjunto de soluciones unitarias. Es como si se hundiera una barca en medio de la tempestad y -para colmo- no fueran capaces los remeros sobre la dirección en la que deben bogar juntos para tratar de impedir la catástrofe.

Nieve y viento. Ventisca helada soplando paralela a otra ventisca. La que va a originarse en la divergencia existente entre lo que se nos ha dicho -machacona y persistentemente- sobre el papel de nuestros gobernantes dentro de una sociedad democrática y lo que -de verdad- está ocurriendo. Porque no se están sabiendo adaptar a las nuevas circunstancias derivadas de la recesión. Los políticos españoles siguen anclados en los usos y modos de los buenos tiempos. Durante la bonanza económica, existe un grado tal de satisfacción general que -puede decirse sin exageración- los ciudadanos miran hacia otro lado y se concentran en el disfrute de la buena marcha de sus asuntos particulares. Sin embargo, en estos malos tiempos, los ciudadanos buscan referentes. Soluciones a esta desastrosa situación. Se nos dice que los cargos que elegimos sirven para trabajar por el bien común. Se nos dice que esta sociedad tiene instrumentos políticos para encarrilar y solucionar cualquier problema social -o económico- que pueda suscitarse. Se nos cuenta -incansablemente- que las distintas Instituciones del Estado funcionan y pueden dar respuesta -cada una en el ámbito de sus competencias y funciones- a las cuestiones planteadas por su normal funcionamiento. Se nos asegura que el sistema capitalista es capaz de absorver toda contingencia y transformarla en una nota favorable o -por lo menos- asumible.

Sin embargo, esta teoría ha saltado en pedazos. Porque cada vez está más extendida la convicción de que ninguno de nuestros cargos políticos electos -tampoco los no electos, por supuesto- sabe lo qué hay que hacer realmente en esta situación. Un caos económico que está desembocando rápidamente en una crisis institucional de primer orden. Los grandes partidos políticos siguen ajustando sus métodos de actuación a los antiguos tiempos, sin darse cuenta de que -con toda seguridad- hemos entrado en una nueva fase histórica que requiere soluciones nuevas y -desde luego- instrumentos nuevos de actuación. Lo que está ocurriendo no tiene otro nombre que el de vergüenza nacional. Peleas y constantes discusiones mantenidos sobre la pobreza general, y un estéril debate que gira siempre en torno a simples remiendos al sistema pero que -de ningún modo- ataca al núcleo central del problema. Aquí reside el quid de la cuestión. En que nuestros partidos políticos quieren seguir manteniendo vivo a un cadáver.

No existe la más mínima posibilidad de remontar esta profundísima recesión económica siempre que mantengamos intacto el núcleo financiero central del sistema capitalista. Los partidos políticos siguen debatiendo, por ejemplo, tal o cual cambio tributario o el destino y cuantía de determinadas subvenciones. Y eso les aleja -cada día un poco más- de las necesidades verdaderas del pueblo. Han cerrado los ojos en mitad del derrumbe, y siguen actuando como si este decrépito, injusto y desequilibrado armatoste siguiera intacto.

Los falangistas creemos -junto a otras fuerzas políticas y sociales españolas que, de izquierda a derecha, están reclamando soluciones similares a esta crisis- que sólo políticas revolucionarias serían capaces de revitalizar nuestra maltrecha vida económica y social. Los Bancos no pueden estar en manos privadas. Las relaciones entre el capital y el trabajo y la titularidad de los medios de producción deben ser transformadas radicalmente. La democracia debe ser profundizada en sus instrumentos más directos y próximos. Sólo sobre esta trilogía podremos avanzar hacia el futuro. Ver el sol tras la nieve. Mientras tanto, inoperancia e impotencia. Y una situación que -cada vez- se va haciendo más grave ante la falta de valor y de ideas de los que -todavía y pese a todo- nos siguen dirigiendo.

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