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LAS FIESTAS PATRONALES (NOVIEMBRE 2.009).

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 TAGS:undefinedCon la debida perspectiva, y desde la adecuada distancia de mi recién estrenada libertad, he podido hacer un pequeño análisis de urgencia de los actos políticos falangistas celebrados este pasado 20 de Noviembre. Las Fiestas Patronales, castiza denominación utilizada -como recientemente nos recordaba un antiguo Camarada del FES- para englobar al conjunto de actos que, en la terminología oficialista del Régimen, conmemoraban el Día del Dolor... el fusilamiento de José Antonio. Y es que el Régimen tenía sobrados motivos para esta conmemoración anual... ni más ni menos que la desaparición física de José Antonio Primo de Rivera del espectro político español de la posguerra. Como para no celebrar este auténtico alivio en todo su fastuoso -y agradecido- esplendor.

Ahora estamos en el 2.009. Una España muy distinta a la de aquellos fastos imperiales franquistas. Y si bien todo falangista -más o menos lúcido, que de todo hay- puede ser consciente de los parámetros en los que hoy se mueve la realidad política, social y cultural española, nos empeñamos en reproducir -una y otra vez- esquemas caducos y formas muertas. Rituales vacíos de contenido y sin valor político alguno que -ni tan siquiera- sirven ya para dotar de cohesión a organizaciones políticas cada vez más pequeñas. Yo pienso que, en realidad, estos actos conmemorativos no son otra cosa que una muestra más de nuestra incapacidad ancestral de caminar al paso de los tiempos. Y es que, viendo instantáneas de este fin de semana -y en una primera valoración de urgencia- uno encuentra la confirmación rotunda a sus tesis sobre la urgentísima necesidad de redefinir nuestro proyecto político... sobre la imperiosa exigencia de un imprescindible desarrollo práctico del nacionalsindicalismo. Viendo las fotos -y leyendo las crónicas- de los actos políticos realizados en este fin de semana conmemorativo podemos afirmar que este desarrollo nacionalsindicalista ni está ni se le espera. Y ello a pesar de que -durante todo el mes de Noviembre- han tenido lugar interesantes iniciativas destinadas a resaltar la figura de José Antonio sobre cualquier otra consideración rituaria. José Antonio como figura política indiscutible al margen de mixtificaciones y demás vacías cáscaras arcaicas.

En este tema -como en todos los demás que nos afectan como opción política- debemos perder los complejos. Siempre que criticamos cualquiera de nuestros actos públicos se nos dice -invariablemente- que es muy fácil hacerlo desde casa o desde el teclado de un ordenador, y que es muy fácil criticar a los camaradas que hacen algo en la calle y que dan la cara. Este tipo de razonamientos no son más que una muestra más de inoperancia. De sentimientos frente a resultados. De esa política de muertos y testosterona que -como razón suprema- se nos invoca cada vez que se producen críticas racionales a determinados ejes de acción política, olvidando que son muchos más los falangistas que han dejado de acudir a esta clase de actos públicos que los que asisten a ellos, y que tenemos tanto derecho a discrepar -a defender públicamente nuestra alternativa- como a asistir a los mismos tienen aquellos a los que convencen esta clase de cosas. Tenemos derecho a criticar -estaría bueno- desde casa -cómodamente, por supuesto- y desde el teclado de un ordenador. Pleno derecho no sólo a no asistir, sino a la crítica.

Decíamos antes que se han producido interesantes iniciativas destinadas a agitar las aguas antes de este Fin de Semana. Pese a ello, podemos afirmar que el nacionalsindicalismo mayoritario está regido -al día de hoy- por una curiosa forma de gerontocracia. Para unos, esta gerontocracia tiene nombre y apellidos. El incombustible Diego Márquez Horrillo -nuestro octogenario favorito- tiene más de ochenta años y está reelegido -qué optimismo tenemos en utilizar determinadas palabras a veces- en el cargo desde el año 1.983. Este es el caso más llamativo: gerontocracia en estado puro aunque esa forma de gobierno sea -tal vez- su forma menos peligrosa. Porque yo creo que el problema no está en lo que -siempre de forma cariñosa y castellana- hemos denominado los viejos. El problema está en lo que -de forma menos cariñosa pero igual de castellana- hemos denominado los aviejados. Los relevos en los puestos de máxima responsabilidad en nuestras organizaciones que -lejos de traer aires nuevos y renovados- han calcado fielmente los esquemas mentales de los falangistas que nos han precedido, tanto en lo bueno como en lo malo. Formas viejas al frente de partidos jóvenes. Una mezcla disonante y muy poco explosiva. El resultado no puede ser peor, y no puede resultar más alejado de nuestra realidad social... jóvenes que piensan y actúan como viejos y partidos políticos que, a pesar de contar con una evidente base juvenil, actúan en política -de una forma u otra- siguiendo viejas pautas de actuación y sin ninguna proyección sobre la sociedad. Una gerontocracia de los jóvenes, basada en el gobierno de relevos generacionales aviejados y de líneas políticas también avejentadas. Una vez más, debemos resaltar el formidable papel que puede -y debe- tener la Hermandad de la Vieja Guardia, como organizadora -en exclusiva- de los actos públicos de recuerdo a nuestros Caídos. La Hermandad no sólo como punto de encuentro entre las distintas sensibilidades nacionalsindicalistas -o como zona libre de debate y desarrollo doctrinal- sino como organización encargada del recuerdo y homenaje a nuestros Muertos. Y mientras tanto nuestros partidos a ocuparse del día a día político y a la lucha social, que para eso están. Al menos en teoría.

Que así no vamos a ninguna parte no es -precisamente- un secreto a voces. Como ocurre con cualquier extremo relativo al universo falangista, este dato es conocido por todos y silenciado también por casi todos. Y sin embargo, seguimos insistiendo en el error. Marchas que ya no terminan en la tumba de nuestro Fundador y actos públicos de camisaje y entrega de medallas. Muy poco más a destacar. Leía recientemente un artículo de Eduardo Arias desde su barricada del NPE. Desde su perspectiva, hablaba de mantener a toda costa el acto tradicional de la Plaza de Oriente como instrumento -de indiscutible eficacia- para conectar, una vez al año, con la base social de sus distintas opciones políticas dentro del llamado nacionalismo español. La Plaza de Oriente como un ladrillo más de esa opción política que se está articulando en torno a un puñado de organizaciones y de ideas.

Nosotros -los falangistas- no tenemos Plaza de Oriente, aunque algunos se hayan paseado por allí a vender hipócritas mecheros. Nos falta un acto fetiche que nos aglutine anualmente. Ni falta que hace -en las condiciones actuales- porque tampoco tenemos una base social con la que conectar cada año. Yo creo que nos está llegando el turno. Hacer celebraciones mortuorias muy sencillas -cada vez más- y preocuparnos por construir una base social suficiente. La suficiente para no desaparecer del mapa político español y de frenar nuestra irremisible caída. Ese sí que sería un excepcional homenaje a José Antonio.

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