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GEMMA Y RICARDO. EL MUNDO QUE VENDRÁ (AGOSTO 2.012).

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 TAGS:undefinedMientras un nuevo mundo nace, el antiguo debe morir. En eso estamos. Viviendo los últimos estertores de un modelo agotado, y presintiendo los latidos del joven corazón de una España que, tal vez, esté renaciendo entre el dolor y la pobreza de tantos de nosotros. España confundida y convulsa, y en vísperas de una gran conmoción nacional todavía de alcance imprevisto y de características no definidas. Llega la Revolución. No creo que nadie tenga claro cómo va a venir ni los pasos políticos necesarios para iniciarla. A lo mejor, ya se ha iniciado entre un ruido ensordecedor de cacerolas y de silbatos protestones. Sin duda, ese será el camino pero -yo creo- que nadie conoce todavía el plan maestro. Sin embargo -y a pesar de esta absoluta ignorancia sobre casi todo que viene presidiendo últimamente la vida española- tengo por seguro que la Revolución va a venir de la mano de aquellas personas honestas que hayan sabido permanecer unidas y actuar al mismo son. Una Revolución de personas que, juntas entre sí, sepan convertir los lazos afectivos que les unen en un poderoso instrumento de combate social. La Revolución de los sentimientos ciertos y de las convicciones profundas: de las cosas por las que merece la pena alzar la voz y luchar. Lucharemos por lo mejor -y lo más hermoso- de nuestras vidas. La Revolución de lo auténtico frente a este mundo muerto de ideas adulteradas, principios deformados y personas vacías. Una tarea de recuperación nacional concebida como quehacer de amor, en el más estricto sentido joseantoniano del término. Personas que se quieren y que tienen la certeza de que acabarán luchando juntas por esta España nueva que -ahora sí- está surgiendo al alcance de nuestra mano. Personas como las que estuvimos el otro día acompañando a Gemma y a Ricardo mientras se casaban. Tremendamente orgulloso de todos ellos. De ser su amigo, en el sentido más exacto de la palabra, y de estar propugnando, junto a ellos, una España nueva basada en el amor.En realidad, nosotros sabemos que todo empieza y todo acaba en el amor.

Hemos hablado tanto del amor que –a veces- parece no tener sentido. Hemos hablado, pensado y escrito tanto sobre el amor que –hasta posiblemente- nos hayamos olvidado de cómo era sentirlo, y de cómo fueron vividos aquellos momentos inolvidables, y únicos, que acabaron marcando nuestras vidas. Muchas veces aquello se pierde en la memoria, pero sabemos que ocurrió realmente y que no fue un sueño o un simple espejismo. El amor como escenario inabarcable de aquello que alguna vez sentimos: de aquello por lo que –en definitiva- ha merecido la pena vivir y por lo que –también y aunque ya no esté de moda morir por nada- merecería la pena dar la vida. Ese puñadito de sentimientos ciertos que han dado sentido a lo que hacemos, sentimos y pensamos. Sentido a lo que somos. Sentido a nuestra propia vida si es que -todavía- se la puede encontrar alguno.

Por eso, siempre es bueno que alguien a quién queremos nos recuerde –de vez en cuando- una historia de amor. Una de esas sinceras historias de amor que nos sitúan –en ocasiones- sobre los ejes esenciales de nuestras creencias: en la verdad de aquellos sentimientos profundos que –para bien o para mal- nos siguen acompañando por los caminos de la vida. Sobre todo si es una historia de amor tan bonita –y tan especial- como esta. Y es que Gemma y Ricardo se han casado.

Ricardo es la lucha. Lleva lustros combatiendo en rebeldía contra lo que no debe ser España. Su nombre es honestidad, trayectoria revolucionaria, contestación constante y llamamiento permanente a la insurrección. Gemma es juventud, como exponente de las personas que -desde nuestra generación- tomaron la antorcha de la rebeldía y de la ausencia total de simpatía hacia esta España que -rancia y chata- nos ha tocado en suerte a todos. Ricardo y Gemma simbolizan el futuro, porque integran en su matrimonio las cargas del pasado y las esperanzas del mañana. Debe ser muy bonito sentir lo que sienten Gemma y Ricardo. A nuestra edad, la vida nos ha pasado por encima ya a casi todos: con sus decepciones, con su dolor intenso, con sus luchas estériles, con sus miedos, con sus penas profundas, con el recuerdo de los que se marcharon sin terminar lo que empezaron, con nuestra interminable colección de deslealtades y de planes que nunca resultaron. Al menos, y al tiempo que cargamos con esa pesadísima mochila, nosotros sí que tenemos la certeza de que hicimos algunas cosas bien. Luchas valientes que salieron del corazón y que se hicieron por el corazón. Cosas que hacen que nuestras vidas hayan tenido algún valor. Y debe ser bonito saber que alguien te ayuda a llevar toda esa carga. Porque, en medio del dolor, cabe siempre que la puerta se abra y entre -a raudales- un inesperado rayo de luz. Eso les ha pasado a ellos.

Gemma y Ricardo saben que la vida no es un lecho de rosas. Saben que la distancia imprime a los problemas la impaciencia de una solución definitiva. Se han amado mucho en la distancia y se aman -todavía más- ahora que ya van a estar juntos para siempre. Van a asumir los dos las cargas del pasado, pero con la alegría de saber que los dos tienen futuro. Símbolo fácil, pero cierto, de dos generaciones y de dos vidas hermosas y posibles: la que se fue y la que vendrá. Símbolo de una vida que, a pesar de ser triste, permite recuperar una alegría perdida porque -de pronto- ocurre algo que puede ser capaz de cambiar las cosas y de acabar con la tristeza.

Cómo lloramos el otro día sus amigos. Discursos entrecortados por la emoción y por el cariño. Recuerdos y añoranzas, junto a la esperanza de un mañana mejor. Cómo reímos, cómo lloramos y cómo nos emocionamos esa inolvidable tarde de verano. Brava gente la que es capaz de sentir todo esto. De asumir sus fracasos y de aliviar sus culpas y de pensar en nuevas trayectorias políticas y personales. Como su boda nos hizo recordar -como en un rapidísimo flashback- todo lo que nuestra vida había sido, lo que posiblemente sea y lo que ya -seguro- no será. Buena gente unida en una amistad a prueba de bombas -esa es nuestra fuerza- y en la resolución constante de que las cosas cambien. Gemma y Ricardo nunca se han rendido. Es por eso por lo que -tal vez- les queremos tanto. Porque, al igual que ellos, nosotros tampoco nos rendimos.

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