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LO IMPOSIBLE. MI MAMÁ ME MIMA (OCTUBRE 2.012).

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 TAGS:undefinedEn esta España oscura del año 2.012, lo imposible no consiste en sobrevivir a un tsunami y después volver a reunir a tu familia. Aquí, lo imposible consiste en sobrevivir a una monarquía corrupta, a una casta política carísima e inoperante, a una carga de antidisturbios incontrolados y a un modelo bancario basado en el robo institucionalizado. Todo junto. Aquí, lo imposible, más que en sobrevivir a los efectos de una ola gigante y destructiva, consiste en que una familia sobreviva al Estado, o en encontrar trabajo o en conseguir, in extremis, que el Banco no te desaloje de tu casa. Ese sí que es un milagro sentimental de primer orden.

Cuando un ya anciano Soldado Ryan, en presencia de toda su familia y delante de la tumba del Capitán John H. Miller del Segundo Batallón de Rangers –al caer la tarde sobre un limpísimo y honorable cementerio norteamericano en Normandía- pregunta a su mujer si ella cree, de verdad, que él ha tenido una vida digna, Steven Spielberg nos está haciendo trampa. Una monumental trampa afectiva y lacrimógena. De nivel. Está jugando burdamente con nuestro lado más sensible. Pero se lo perdonas. Se lo perdonas porque Spielberg –el maestro indiscutible del chantaje emocional- sólo hay uno y, además y casi de paso y sin darte cuenta, acaba de enseñarte que la infinita violencia de la guerra –el dolor inabarcable de la muerte- puede tener cierto sentido. Perdonado y absuelto de todo cargo.

A quien no se lo vamos a perdonar es a Juan Antonio Bayona. Lo Imposible. Y no se lo vamos a perdonar porque no está el horno para bollos, y porque para hacernos una trampita sensiblera en el cine contemporáneo uno tiene que llamarse Spielberg o –si uno quiere ser más elegante- Anthony Minghella. Juan Antonio Bayona –salta a la vista- no se llama así. Aunque queda en reserva porque, desde luego, sabe amortizar -multiplicando- las sumas ingentes de dinero empleado en el rodaje y en la promoción de la cinta. Además, sabe mover la cámara y sabe contar una historia. Los pilares de la industria, en definitiva. Y en eso está muy bien Bayona.

Pero ese no es el problema. El problema de lo imposible es que ese tsunami nos sumerge –de lleno- en la infumable ciénaga del buenismo. España 2.012. No nos merecemos –aunque posiblemente no podamos tener otro- esa clase de cine. Un cine que adormece conciencias en vez de despertarlas, y que nos hace creer en que, de verdad, somos personas solidarias y buenas. Y ahora no necesitamos eso. Escape emocional en tiempos de muy mala leche. Una peliculita mona y dos horas directamente diseñadas para hacer parecer profundo algo que no lo es en absoluto. Este cine –como tantas y tantas cosas- ya no toca. Juan Antonio Bayona no es Fernando León de Aranoa. Ni lo pretende. Sin embargo, los maremotos de los Lunes al Sol o de Princesas son más densos, violentos y agitados -tanto en el fondo como en la forma- que la postal thailandesa de Bayona. Cosas de oportunidad y de contexto histórico. Necesitamos fomentar la mala leche, y no llorar de modo facilón. A Botín, segurísimo, no le gusta Princesas. Pero seguro que le encanta la peripecia de esta increíble familia española en medio de un pozal de agua encharcada: le recuerda, sin duda, a qué es lo que está haciendo su negocio con las familias españolas. Cosas de la lágrima fácil y de la utilización de demasiados recursos narrativos evidentes. Hasta Christine Lagarde se conmoverá viendo esta película. Fijo. Porque esta clase de historias es lo que tiene... que hasta el más malo se vuelve bueno cuando se las cuentan.

No sé cómo nos dejamos sorprender tanto por un tsunami. Los españoles sabemos mucho de tsunamis: en eso sí que conecta la película con la realidad social española. Una ola gigante nos ha pasado por encima y ha terminado con todos los resortes de nuestro mundo conocido. Una masa de agua enfangada que –esparciendo miseria, desempleo, recortes y pérdida de derechos sociales- ha ido ocupando todos y cada de los espacios de nuestra vida nacional. Un maremoto que no está dejando nada en pie, y que está terminando con nuestra capacidad de respuesta, con nuestra soberanía nacional y con nuestra dignidad como pueblo antiguo y sabio. Ese es el único tsunami que me importa: el de una Nación que se deshace en medio de una miseria irremediable. No el de este de mi mamá me mima.

El cine en estas etapas históricas de emergencia suele estar caracterizado por una elevada dosis de escapismo. Los teléfonos blancos italianos del fascismo o las comedias románticas españolas de la posguerra. En cambio, El Acorazado Potemkim, Las Uvas de la Ira o El Cazador –por ejemplo- son casos irrepetibles de compromiso con una nación y con una época. El cine como baluarte de sólidos principios éticos y de identificación con las exigencias de un pueblo en épocas revueltas de cambio.

Olas gigantes, barro, desolación y niños y familias reencontradas –Hitchcock decía que él no trabajaba con perros, con niños ni con Charles Laughton- en esta España triste y deshecha de 2.012. Y lo que decimos como pueblo también podemos afirmarlo a título privado. A mí no me asombran los maremotos. No me importan lo más mínimo. A todos aquellos de nosotros que hemos pasado por la experiencia de vivir un tsunami en nuestra vida –una existencia resumida en cajas de cartón apiladas dentro de una sauna finlandesa sin utilizar, por ejemplo, o una soledad mitigada en largos paseos por calles medievales- no nos parece demasiado llamativa esta historia. Maremotos que pasan por tu vida y la dejan cubiertas de escombros y de lodo. Maremotos que no tienen principio ni final ni que, tampoco, tienen final feliz con niño. ¿Tsunamis a nosotros?

En fin. Otra película de éxito. Nuestro mundo se derrumba y los bárbaros acampan a sus puertas. Pero siempre nos queda Naomí Watts. Anclajes de belleza en medio de la destrucción.

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