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JOSELE SÁNCHEZ HA AGITADO LAS AGUAS SUCIAS DE LA CIÉNAGA NEGRA.

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 TAGS:undefinedEs una creencia generalmente aceptada la de que nuestro entorno político no sabe debatir. Se dice que, lejos de poder llevar a cabo una ordenada y razonada exposición de ideas distintas, siempre termina la cuestión en insultos de mayor o menor calibre y en varíadas e infamantes descalificaciones. Se opina que no cabe una discusión tranquila dentro del nacionalsindicalismo, y que esta aseveración se ha agravado, todavía más si cabe, con el auge de las redes sociales y de las infinitas posibilidades que las mismas conceden a un difamador agazapado tras una falsa identidad.

Sin embargo, y con la perspectiva sobre las cosas que me conceden mis cada vez más años, he acabado entendiendo que eso no es verdad. Por supuesto que los falangistas sabemos discutir, exponiendo públicamente nuestras ideas con la debida corrección en foros reposados. Muchos de nosotros lo hacemos de manera normal y frecuente. Nos lo demuestran en el presente iniciativas tan positivas como la Tribuna "Narciso Perales" del Movimiento Falangista de España, como en el pasado nos lo demostraron, entre otras, las Mesas Redondas del CENS o las Tertulias de Los Gallos de Marzo. Se ha debatido -y se debate- mucho y bien y se ha podido -y se puede- exponer ideas y opiniones de manera correcta y enriquecedora.

El problema es otro. La cuestión no es que los falangistas no sepamos discutir. El problema es que siempre hay un sector muy concreto de falangistas (escribo esto en cursiva y en negrita con toda la mala leche de la que soy capaz) que termina embistiendo a los que exponen libre y correctamente sus ideas. Porque estas actitudes violentas de amenaza y de insulto siempre, e invaríablemente, provienen de las mismas toperas de la extrema derecha, al igual que siempre, e invaríablemente, se dirigen contra los exponentes más abiertos y libres de nuestro ámbito ideológico. De este modo, toda persona que exponga públicamente una opinión que no resulte coincidente con la visión ultraderechista de la cosa sabe que va a ser insultado, vejado, amenazado y calumniado. Va en el lote de decir aquí lo que se piensa.

Les ha tocado el turno hoy a mis amigos Josele Sánchez y Juanma Cepeda. Todo porque han expuesto, de manera brillante y correcta, sus opiniones acerca del nacionalsindicalismo y de sus posibilidades futuras de actuación. Un debate, por lo demás, muy antiguo y muy trabajado a estas alturas: el de si debemos refundar este invento sin ceñirnos a símbolos y a ritos del pasado o si, por el contrario, podemos desarrollar nuestra actuación política dentro de los esquemas y planteamientos tradicionales. Símbolos sí o símbolos no. Una cuestión antigua en los que algunos -el otro día lo recordaba Ricardo Saénz de Ynestrillas en su intervención en la Tribuna "Narciso Perales"- tenemos ya alguna experiencia: las enseñanzas de La Bandera Negra y su lucha por nuestros postulados políticos fundamentales de manera independiente a nuestra simbología tradicional. En este mismo sentido, nos ha recordado Juanma Cepeda interesantísimos proyectos políticos desarrollados en los años setenta en momentos inmediatamente anteriores a la constitución de Falange Española de las JONS (Auténtica) al inicio de la Transición. Y qué decir de nuestra ya profunda experiencia en la Sierra de Madrid y de sus proyectos políticos de hondo carácter municipalista. Hay mucho hecho y escrito al respecto. Incluso bien hecho y bien escrito. 

Josele Sánchez ha introducido, en nuestro tan particular y polémico ruedo, una más que interesante idea de actuación política conjunta nacida al calor de los últimos resultados electorales de 26-J. Una idea que, desde luego, debe ser discutida con ecuánime y ponderada tranquilidad: ha agitado nuestro anestesiado entorno mediante una propuesta razonable sobre lo que debemos hacer. Y Josele Sánchez y Juanma Cepeda merecen toda mi atención. Ante todo porque son muy amigos míos -cada día soy menos objetivo respecto a la gente que quiero y que respeto- y también, y por descontado, porque tienen el suficiente bagaje moral e intelectual como para ser escuchados. No sólo porque son amigos sino también porque sé, de sobra, que allá donde ellos estén -sea cuál sea la organización que acaben diseñando y en la que acabaremos, o no, militando- se estará luchando por la República, por la profundización de nuestros derechos democráticos y por formas más justas de representación y participación política, por la autogestión y por la recuperación de nuestra soberanía secuestrada. Eso me basta para saber que luchan a mi lado y eso me basta para apoyar sus iniciativas.

Tengo para mí que corresponde a los nacionalsindicalistas definir lo que vaya a ser el nacionalsindicalismo en el futuro -si es que todavía puede ser algo más que una entelequia imposible- y que esa tarea no puede venir sino de un esfuerzo plural desarrollado con una base política lo más extensa que se pueda. Yo creo que de nada sirve pronunciarse por una u otra cosa desde posiciones individuales. Para que algo así pudiera ser efectivo, debería ser definido y trabajado por el conjunto más amplio posible de nacionalsindicalistas. Por eso, me ha gustado que esta idea de Josele Sánchez coincida con la sencillísima propuesta que, elaborada por el Movimiento Falangista de España, se ha estructurado después de las últimas Elecciones Generales. Estamos propugnando desde el MFE la creación de un órgano de coordinación en el que estemos representados el mayor número posible de falangistas. Creemos que el momento es bueno para remangarse y buscar coincidencias, consensos y pactos muy sencillos. Dirigirnos a puntos de partida conjuntos que superen nuestra lamentable situación actual. A mí modo de ver, sólo desde una base amplia suficientemente representativa -y englobadora de los sectores más políticamente avanzados de nuestro movimiento- podríamos llegar a una refundación efectiva del nacionalsindicalismo. Discutir -dentro de un colectivo de esta clase- qué debemos hacer a medio y a largo plazo no sólo nos daría un amplio margen de maniobra, sino la necesaria legitimidad para acometer adecuadamente cualquier tarea futura.

Y mientras todo esto llega -si es que tiene que llegar- me gusta mucho mandar un abrazo a mis amigos. Duro con ellos. Porque cada vez que hablamos les jode... y mucho.

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