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JUAN ANTONIO LLOPART NO ES MAXWELL PERKINS: NI FALTA QUE NOS HACE.

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 TAGS:undefinedA Juan Antonio Llopart no le gusta que exista el Movimiento Falangista de España. Dice el tío -sin inmutarse- que deberíamos habernos disuelto hace mucho y que, desde luego, no deberíamos existir ahora. No le gustamos. Hay qué ver la perra que les ha entrado a todos estos -que no son falangistas- con una cuestión que es un asunto estrictamente falangista para falangistas. No estoy seguro, pero creo que el editor barcelonés sostiene que el MFE debió disolverse poco después de marcharse él a principios de los ochenta. Para qué conservar un partido político si Juan Antonio Llopart ya no milita en él: obvio.

Los españoles y su creencia en que todos podemos meter siempre la cuchara en la escudilla ajena: opinar por opinar y meterse en camisa de once varas. Y se ha abierto esta extraña veda en la que todos podemos hablar entrando gustosamente al trapo. Creer que el MFE debe disolverse o -por qué no y puestos a ello a calzón quitado- pensar que Ediciones Fides debería desaparecer del espectro editorial o estimar que, por el nulo interés que despiertan en la sana ciudadanía española pongo por caso, debería Llopart de dejar de darnos la brasa con las llamadas Jornadas de la Disidencia. Y eso que este año se nos invitó de carambola y estuvimos, frente a la opinión de cualificadas personas que, desde el MFE, opinaron en su momento internamente que a esos sitios no había que aparecer. Pero esta es otra historia que, sin forzar mucho, nos lleva a la materia en cuestión. 

Porque, en efecto, la opinión que nosotros tenemos de Juan Antonio Llopart se queda en casa. Yo no tengo ninguna opinión personal sobre él, porque no le conozco. No he cenado con él, ni he tomado copas con él, ni tampoco he coindido con él en más que en alguna que otra tertulia. Creo recordar que pensé en publicar con él, pero el nacimiento de Ediciones Esparta de mi amigo Enrique Uribe me llevó finalmente a elegir esa editorial y no otra. No me conoce en absoluto, pero opina de mi entorno con una seguridad y contundencia visionaria. Más parece que este hombre me haya leído el culo como si de un Maestro Joao versión fiamma nera se tratase. 

Y no me parece justo. No me parece algo equitativo que mientras que a mí me es absolutamente indiferente la opinión que, sobre cualquier asunto, pueda tener Juan Antonio Llopart yo tenga que padecer, por contra, las sentencias que este editor nos dedica -tanto a mí como a mis camaradas- respecto a la actuación general del Movimiento Falangista de España, respecto a las cosas que apoyamos y a las que dejamos de apoyar así como respecto a la indudable redondez de la tierra y otras notables obviedades. La opinión es libre pero... ¿si nosotros no nos metemos en su vida por qué se mete él en la nuestra?

De todas formas, yo prefiero a este Llopart de chascarrillo y pie de obra que al otro: al Llopart serio de aquello de la metapolítica, de la fundamentada crítica a la talasocracia plutocrática, de la militancia en la disidencia tercerista, o del estudio de la nueva geopolítica continental. A ese Juan Antonio Llopart que reza porque al fin llegue el día en que se reconozcan sus méritos y pueda recoger un sobre Bárcenas Style cada mes de la Embajada Rusa de la madrileña Calle Velázquez  y que se muere por un viaje pagado al Damasco paradisíaco de Bashar Al Assad. A ese Juan Antonio Llopart no hay quien lo aguante porque es  -pocas cosas hay tan sencillas de definir como esto- muy pesado: plúmbeo y farragoso como sólo un editor fascista sabe serlo.

Editor sin lectores en un mundo de ciegos en el que el publicista tuerto es leído por muy pocos y comprendido por muchos menos. Y lo divertido -lo profundamente gracioso- es que en eso fundamenta un antiguo y sólido prestigio dentro de la extrema derecha española: en que como las obras publicadas por Llopart parecen serias e intelectualmente estructuradas todo activista ultra, que no ha pasado nunca de la página tres, entiende que Llopart también debe ser serio e intelectualmente estructurado. Además hace unos libros muy bonitos. Dijo Foscolo -para que luego digan que los revolucionarios del Siglo XIX no sirven para nada- que la seriedad fue siempre amiga de los impostores. Pues eso.

Decía antes de divagar sobre esto y lo otro que me era totalmente indiferente la opinión de Juan Antonio Llopart sobre cualquier cosa. Así vivía yo totalmente ajeno a sus andanzas y deseando, con sinceridad, que le fuera tan fantásticamente bien vendiendo libros de metapolítica como a mí me va ejerciendo la abogacía pijoprogre por ejemplo, y en la creencia de que la crisis está pasando para todos. Pero nuestro editor favorito ha roto el status quo y nos obliga a detenernos en su opinión aunque sea un momento. Un momento tan jovialmente cachondo como lo son sus previas afirmaciones sobre nosotros.

Yo prefiero al Llopart de andar por casa que al coñazo que patrocina Nihil Ostat: ese tochito que debe tener el mismo número de lectores que, por ejemplo, afiliados tiene el MFE. Yo prefiero a ese que cambia el nombre consolidado de su Editorial Nueva República por el de Ediciones Fides para evitarse el peligro de sufrir un Pedro Varela por parte de los fiscales sionistas del Sistema. Con las cosas de comer no se juega damas y caballeros, no sea que el Estado vaya a perseguirle a uno porque no han sido seis millones ni de coña y nos cierre el negocio además de perseguir nuestra libertad de pensamiento.  A ese activista de extrema derecha que lo mismo te monta un cisma en el Movimiento Social Republicano -cargándose una obra política de larga trayectoria- no sin antes meter a ese mismo Pedro Cantero que dice admirar como independiente en una lista electoral de este partido en 2.014 con ocasión de la publicación de "La Dignidad de la Pobreza" un año antes. Eso es querer y respetar al MFE y eso, sin duda, es también querer y respetar a Pedro Cantero en su indudable hombría de bien. Eso no es utilizar a Pedro Cantero: eso es hacerle el favor de iniciarle en la Geopolítica y en la Geoestrategia Paneuropea.

Dice Llopart que aprendió a militar en política en el MFE de Pedro Cantero pero, sin duda, algo se ha debido perder por el camino. Porque si empiezas militando en el falangismo que predica el MFE y terminas conociendo entera la cadena de mando de la Décima División Panzer Frundsberg de las Waffen SS es que algo no ha debido de ir demasiado bien. A mí me gusta mucho que la gente que ha empezado a meterse en política en la inmadurez del fascismo -que es el caso de casi todos nosotros- termine en el nacionalsindicalismo. Lo que me produce una profunda pena -demostrativa de nuestra nula capacidad de atracción- es que personas que han comenzado en una idea muy determinada de lo que debe ser la Falange acaben en un muy poco imaginativo fascismo y en un indisimulado revisionismo histórico.  

Me resulta conmovedor el afecto que tiene Llopart  frente a nuestros anteriores máximos responsables. Sin embargo, no le he visto en ninguno de los homenajes que hemos organizado a Pedro Cantero  desde nuestra Junta Nacional, ni en ninguna de las charlas que hemos tenido el honor inmenso de recibir de él ni en nada parecido. Tampoco le hemos visto en sus pruebas de hospital -maravillosas clases inesperadas de falangismo honesto- ni en sus entrevistas ni en sus presentaciones. A lo mejor es que se me ha pasado a mí. Y lo mismo ocurre con la repulsa que hace de la utilización que hemos hecho de una figura de la talla de Antonio Jareño  quien, por cierto, todo el mundo había dejado abandonado frente a la toma del partido por parte de la caverna santanderina y aragonesa. Hemos pasado horas y horas hablando con Antonio Jareño y nunca nos ha hablado de Llopart. En el MFE nos resulta conmovedor ese afecto tan repentino que tiene todo el mundo ahora por Antonio Jareño. Para que luego digan que en España hay que morirse para que a uno se le reconozca.

En fin, que esto suele pasar. Que uno empieza hablando de alguien que no sabe de lo que habla y termina hablando de lo que sabe de verdad. Si nuestro desde ahora editor favorito persiste en la proclamación ante su auditorio de la disolución del Movimiento Falangista de España por no servir ya para nada, nosotros nos veremos obligados a reclamar -ante nuestro público y por idéntico motivo- la disolución de Ediciones Fides y la destrucción pública, lógicamente durante varios días seguidos, de todos los ejemplares en stock de Nihil Obstat. Aunque tanto mis camaradas como yo estaríamos tal vez receptivos a reconsiderar la disolución del MFE siempre y cuando Llopart se comprometiera a no castigarnos más con la publicación y difusión de los abultadísimos panfletos de Alexander Dugin.

Y también, cómo no, cabe la posibilidad de sentarse en una mesa amigable y tranquila con el MFE para -desde el conocimiento directo y no desde la prepotencia melíflua- conocer la cuestión tratada de primera mano y para no hablar a través de terceros. Eso es lo que hubiera hecho Maxwell Perkins aunque, como todos sabemos, nuestro Juan Antonio Llopart tenga sus referentes profesionales en los más cercanos  "Putzi" Hanfstaengl o Margarita Simonián.

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