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¡¡¡LEVÁNTATE MORENITA!!! (3/IV/12).

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 TAGS:undefinedLevántate morenita, levántate resalada, levántate que ya llega el lucero de la mañana... levántate (canción popular e himno insurreccional castellano).

He vuelto a Avila. He vuelto el fin de semana pasado y para la asamblea constituyente de la Asociación Castilla La Vieja. Una nueva iniciativa de mi querido amigo, el falangista irreductible Paco López. Ni él ni yo nos rendimos. El caso es que –motivos siempre sobran para volver- he regresado un par de días. Hay ciudades que se te clavan en el alma y que ya no te abandonan nunca. Van contigo allá donde vayas. Avila es, en mi caso, una de ellas. Y tengo dos.

He regresado. He vuelto a los perfectos escenarios de un año especial e irrepetible. Paseando –otra vez- por el marco de los viejos naufragios que han hecho que yo no sea como fui entonces. Calles y plazuelas de evocación constante y de recuerdo vivo. Avila para el paseo. Bajando –desde la peatonal Calle Alemania- hacia la Plaza del Teniente Arévalo y el Obispado –lugar de amaneceres y de adioses desesperanzados- y pasando a la Plaza de Pedro Dávila, Soldado del Rey. Después, caminando hasta El Rastro, una de las plazuelas más bonitas –e inspiradoras- de España. Seguimos por la Calle de Los Cepedas, para desembocar en la Plaza del Corral de Campanas y el imponente Torreón de Los Guzmanes. Plaza de hidalguías blasonadas y de recuerdo a San Juan de la Cruz. Clero y aristocracia: espadas y misales. Castilla. Bajamos por la Calle de la Madre Soledad –en el que la Delegación de Hacienda es tan bella que casi nos hace olvidar su siniestra función- para -por fin- llegar a la Plaza de la Santa. El Convento de Santa Teresa edificado sobre su casa natal. Castilla mística y eterna en su máximo exponente, y una de las plazas con más recogimiento y serenidad del mundo. Y desde esa plaza única -desde ese monumento teresiano al que os aconsejo visitar de madrugada- caminando por la Calle Telares –donde uno tiene la sensación auténtica de trasladarse a otro mundo y a otra época envuelto en las nieblas del invierno- llegamos a la Puerta de la Mala Ventura. Símbolo del constante sacrificio y del maltrato histórico a Castilla y a los castellanos. Metáfora de antiguas y nuevas injusticias. Por allí salieron los caballeros abulenses rehenes del Rey de Aragón, posteriormente torturados y muertos a traición. Mi rincón –íntimo y personal- en Avila.

Avila como recordatorio de lo que ya no podrá ser. Cuántas reflexiones inútiles y cuántas inmersiones en mi particular fracaso guardan aquellos muros. La Puerta de la Mala Ventura y sus jardines. Un paraje irremisiblemente unido a Sefarad. Allí se levanta un pequeño monolito dedicado al místico judío Mosé de León. Hay momentos en que las almas que están en el jardín suben y alcanzan la puerta del cielo escribió Mosé de León en su obra Zohar, y estas palabras están grabadas en medio de los jardines de esta Puerta. El marco de lo que ha sido mi vida y de lo que-más que posiblemente- será. El final adecuado de un paseo por la vieja Castilla. Fácil paralelismo –entre lo puramente personal y lo estrictamente histórico- de un tiempo que ya no volverá.

Paseando por Castilla nos damos cuenta de lo que es, hoy en día, esta parte del mundo. Una sucesión infinita de tiendas cerradas, locales vacíos y calles fantasmales. Eso hace que, sin duda alguna, la recesión capitalista alcance en Castilla una dimensión particular -y distinta- al del resto del mundo. Sólo quien ha vivido aquí por un tiempo es capaz de apreciarlo. Una mezcla peculiar de vestigios de un pasado dinamismo social y cultural –Castilla en constante expansión universal- y de muestras sin fin de una sociedad agotada y deshecha. Castilla es una atalaya privilegiada para contemplar el final de un sueño. El sueño de un mundo satisfecho y próspero que –girando sobre su propio ombligo- avanzaba feliz hacia el futuro. Castilla como reflejo inevitable de nuestras vidas rotas. Avila como reflejo de nuestro muy particular fin del mundo. Ese milenarismo que, de golpe y porrazo, nos ha caído encima sin compasión ninguna.

Nuestros Fundadores veían en Castilla un motor inevitable de la Revolución. Los castellanos habían hecho España una vez y –sin duda alguna- podrían volver a construírla. Por supuesto que estoy pensando en ese Onésimo Redondo reciente y magníficamente revisitado por mi amigo Luis María Villegas, en un libro de obligada lectura. Para este nacionalsindicalismo originario, Castilla –tierra de hombres libres y de valores nacionales inmutables- sería la fuerza centrífuga que volvería a encauzar a la Nación entera en una nueva empresa colectiva de formas imperiales. Castilla austera, mística, labradora y revolucionaria,

Año 2.012. Castilla está tan agotada como lo está el resto de España y como lo está el resto de Europa. Y no me refiero sólo a los aspectos económicos. Porque en este ámbito es más que evidente que lo está. Me estoy refiriendo –más exactamente- a los valores morales, entendidos como posibles ejes de una actuación positiva y transformadora de España. Dicho de otra forma, el conjunto de ideas y principios que –de contenido revolucionario- caracterizan a una sociedad en expansión. En ese sentido, Castilla está tan muerta como pueden estarlo Cataluña, Aragón, Navarra o Vascongadas. Tan muerta como la propia España. Sociedades muertas dentro de un mundo muerto.... de una Nación agónica y sin pulso.

No amamos a Castilla por lo que supuso. Eso nos llevaría a esa simple admiración de la piedra pasada tan del gusto –por otra parte- de nuestros sectores más inmovilistas. Tampoco amamos a Castilla por lo que supone. La muerta realidad de las grises ideas también muertas. Sus calles nos inspiran, porque están llenas de recuerdos de lo que hemos sido en el mundo. Sentimientos constantes de pasada grandeza, y de aquellas potencialidades que nos hicieron grandes al tiempo que nos forjaban como pueblo. Pero no hay nada más. Siglos de desilusión nacional, desempleo, desesperanza general y una casi total ausencia de perspectivas y proyectos colectivos. Castilla ha muerto como realidad viva.

Amamos a Castilla por lo que podría suponer. Por lo que podría llegar a ser, de nuevo, dentro de nuestra Revolución. Castilla como ideal superior de los tiempos que podrían venir.

Porque Castilla no ha muerto como idea. Castilla es un mito nacional. Como tierra de soldados campesinos capaces –de nuevo y a pesar de todo- de levantar la Bandera de un Mundo Nuevo. Esa idea de Castilla está viva en todos los que que –de una forma u otra- queremos transformar España. Castilla como concepto revolucionario y como hilo conductor entre nuestro pasado y nuestro futuro. Entre el ayer y el hoy de España.

Es cuando pensamos en aquella idea de Castilla cuando –como un pequeño fogonazo- renace la esperanza. Y pensamos en esa Castilla de los últimos Trastámara, desolada por la guerra civil y por la miseria justo antes –inmediatamente antes- de los nuevos tiempos luminosos de la Reina Isabel. Decenios de inestabilidad, pobreza, violencia y desgobierno que concluyeron –radiantes y gloriosos- con el nacimiento de una nueva Castilla vital y renovada. Y es que, tal vez, la Historia nos enseñe que es necesario pasar primero por períodos de oscuridad -y dolor- colectivo para llegar, al fin, a una meta brillante. Una nueva Castilla que, apoyada en sus antiguas piedras, nos lleve a una nueva lucha nacional de renacimiento y de esperanza. Tal vez, entre tanta tristeza y nubes negras, nos esperen todavía días felices ganados al amparo el estandarte carmesí.

Termino de escribir estas líneas en una de mis terrazas más queridas. La terraza de La Flor de Castilla en la Plaza de El Grande. Es una soleadísima mañana de domingo. El sol se refleja en las Murallas y –a esta maravillosa luz- dos chicas se besan apasionada y tiernamente en la mesa de al lado. Castilla en 2.012. No me parece un mal final. Porque no puedo dejar de pensar en lo que hubiera dicho Onésimo Redondo si hubiera visto una escena como esta, justo en mitad de El Grande abulense, y en una mañana radiante de domingo. Me dan ganas de reir. Sobre todo al tener la seguridad que –a fecha de hoy mismo- muchos falangistas dirían –con exactitud rigurosa- lo mismo que hubiera dicho nuestro Onésimo en 1.934. Por suerte, no todos de nosotros nos hemos detenido en el culto a la piedra. En el culto a aquella Castilla que –magnífica e irrepetible- se nos fue para siempre de la mano de nuestra decadencia nacional. Avila clavada en mi alma en la triste certeza de un recuerdo.

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