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LA LUZ DE LAS NAVAS DE TOLOSA (JULIO 2.012).

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 TAGS:undefinedHace hoy ocho siglos -ochocientos años han pasado- una coalición de Ejércitos Cristianos derrotaba al Gran Ejército Almohade en Las Navas de Tolosa, justo en aquella agreste franja fronteriza que se extiende entre La Mancha y Andalucía. En los actuales municipios de Santa Elena y La Carolina. Era el día 16 de Julio de 1.212.Un Ejército formado por castellanos, aragoneses, catalanes, navarros, portugueses, vascos, franceses, gallegos, extremeños y leoneses, y comandado por los llamados Tres Reyes: Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra. Valientes hombres de Estado que supieron -pese a todo- estar a la altura de las circunstancias. Una historia apasionante la de las maniobras diplomáticas que, al amparo del Papado y del Arzobispado de Toledo, se desarrollaron para alcanzar esta alianza cristiana.  Por encima de los intereses propios de cada cual, todos eran conscientes del enorme peligro que suponía –para su propia supervivencia- el poder almohade. Y así, unificados por este enemigo común, no sólo habían sido capaces de oponer una férrea resistencia a la expansión fundamentalista –los almohades eran los integristas musulmanes del Siglo XIII- sino que habían sabido planificar una ofensiva de profundo calado estratégico. El objetivo de esta coalición no era una victoria limitada, sino la destrucción definitiva de esta terrible amenaza que pesaba sobre la Cristiandad medieval. De esta forma, los Reinos Cristianos podían -de manera unida y coordinada- planear y ejecutar estas iniciativas geopolíticas de trascendencia fundamental en el equilibrio de fuerzas europeo. Unidos estábamos entrando en la gran Historia de Europa.

Resulta evidente la gran carga simbólica de esta batalla decisiva. Porque, y dejando al margen la gran importancia militar del hecho, se estaban poniendo los cimientos de una identidad nacional que trascendía al particularismo -individual y propio- de cada uno de los Reinos que integraban esta gran alianza. Una empresa colectiva que, culminada con el éxito, vino a fortalecernos en la idea de que juntos éramos capaces de hacer grandes cosas.

Cuando callaron las armas, los soldados volvieron a sus casas. Historias de noches de invierno -al amor de las grandes chimeneas- en las que caballeros y peones mostraban el botín obtenido a amigos, parientes y vecinos. No cuesta imaginar a los supervivientes de la gesta reuniendo –en torno suyo y en cada aldea, pueblo o ciudad- a las personas que habían esperado su regreso. Sus mujeres, los ancianos, los niños..  No cuesta imaginar cómo relataron –en vasco, en catalán, en gallego, en castellano o en portugués- las hazañas de los almogávares de Aragón, de las Milicias de Castilla o de los caballeros de Navarra. Como en algún perdido caserío de Vizcaya un soldado –enseñando un rico botín de telas y armas andaluzas- relataría en vascuence a sus vecinos, asombrados y deseosos de noticias, cómo había luchado el Rey de Aragón al frente de sus tropas o el valor sin fisuras de los caballeros portugueses. O como en alguna apartada masia de Tarragona, un caballero –mirando hacia un Mediterráneo en calma y mostrando admirativamente una silla de montar repujada en Sevilla- contaría conmovido -en un irreprochable catalán- a sus deudos y parientes el desarrollo del combate, cuando habían cargado –en una desesperada maniobra final- codo a codo con los caballeros de Castilla y con los feroces soldados de Navarra. Se estaba amplíando nuestra visión del mundo y de nuestro papel dentro de él. Miles de soldados habían regresado a sus hogares hablando –a todo aquel que quisiera escuchar y en más de seis idiomas distintos- de los prodigios de valor que vieron ese día y de la sangre derramada por sus compañeros de armas. Todos habían sido uno en aquella sangrienta jornada.

España se estaba forjando en torno a un proyecto común: la defensa del mundo occidental frente a un islamismo intransigente e integrista. En Las Navas de Tolosa venció una concepción clásica del individuo y de su vida en comunidad.  España tenía sentido como proyecto colectivo sólo en el marco de estas concepciones. No creo que lo supieran ese caluroso día de Julio -o tal vez sí, aunque tenían otras cosas más urgentes que hacer y que pensar- pero se estaba matando y se estaba muriendo por una sociedad de hombres libres e iguales. Por un mundo de principios morales en nada coincidentes con el estrecho, atrasado y lineal esquema de valores que persigue todo integrismo religioso.  España se estaba construyendo por medio de la defensa del mundo occidental frente a una visión unilateral, fanática y absoluta del poder. La luz de la Libertad venció aquel 16 de Julio en los campos de Santa Elena. Porque España sólo se justifica articulándose en torno a un proyecto común de Justicia y de Libertad. En otro caso, no merece la pena: sólo las causas justas pueden forjarnos como pueblo.

El ejemplo de Las Navas de Tolosa nos llega -radiante e intacto- hasta nuestros días. Ayer estuvimos allí. Un grupo de amigos celebramos un acto sencillísimo -y emotivo- en el Monolito que conmemora este hito trascendental de la vida española. Y llegamos a la conclusión de que hoy -al igual que ayer- España sólo se justifica por medio de la lucha por unos valores permanentes. España existe, pero está sepultada por toneladas de miseria moral y económica, por renuncias cobardes, por gobernantes que han perdido nuestro respeto, por modelos económicos y políticos que ya no sirven -si es que alguna vez sirvieron a sus fines- y que deben ser sustituídos por otros con máxima urgencia. España debe ser refundada -tal y como insiste mi amigo Carlos Martínez-Cava- sobre la base de un proyecto revolucionario que acabe con nuestro muy particular descenso a los infiernos. Una nueva España está naciendo a la luz de ejemplos como este. De esas coincidencias -tan españolas- que nos dan un conjunto de puntos interesantes para la reflexión. Ochocientos años justo ahora, en esta España de derrota y entrega incondicional al enemigo.

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