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MARIANO RAJOY Y AQUEL VIEJO CUENTO IRLANDÉS (DICIEMBRE 2.011).

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 TAGS:undefinedNo lo puedo remediar. Cada vez que veo a Mariano Rajoy me acuerdo de una muy antigua tradición irlandesa. En aquellas largas y frías noches de Irlanda -mientras el viento sopla fuera y la chimenea crepita en el salón- se reúnen familares y amigos a escuchar los interminables relatos de un contador de cuentos. Cuentos contados al amor de la lumbre y del buen whisky que, perdiéndose en las brumas de la Historia, han ayudado a conformar el sentimiento nacional irlandés. Historias de resistencia y rebeldía... de sufrimiento de un pueblo ante la injusticia y la opresión. Cuentos de una épica lucha nacional.

Pero esto -obviamente- no tiene nada que ver con Mariano Rajoy. Entre las prioridades de nuestro flamante Presidente electo no se encuentra la de tener un pueblo combatiente frente a la opresión, o rebelado frente a la injusticia. Mariano Rajoy no quiere ciudadanos indómitos -y libres- capaces de mandar muy lejos este desgastado y triste invento. Mariano Rajoy nos quiere -a todos- tranquilos y obedientes. Nos quiere -a todos- capaces de seguir sonriendo mientras que el mundo se derrumba a nuestro alrededor y él se termina el puro. Españolitos contentos -y muy de derechas- a los que les encante ser vapuleados, zarandeados, machacados y expoliados. Y todos muy felices porque ha empezado el cambio, porque ha llegado la marea azul y por la madre que nos parió.

Pero esto no tiene nada que ver con Irlanda. Cosas de las divagaciones propias de mi edad. He empezado estas líneas diciendo que Mariano Rajoy me recordaba a aquella ancestral tradición irlandesa de los cuentos contados a la luz de la chimenea. Ello no es del todo exacto. A lo que me recuerda -realmente- Mariano Rajoy es al tono general que esos relatos tienen. En concreto, a uno referido a un tema recurrente en la tradición oral irlandesa. El del desahucio.

Un padre nos cuenta la injusticia del desahucio de su familia -su mujer y sus hijos- del solar de sus padres. Relata la avaricia del terrateniente, absolutamente ajeno a su dolor y en búsqueda de un exclusivo y propio beneficio. El alguacil llama a la puerta de su casa, escoltado por un retén de soldados ingleses. De esta forma, todo el peso del Imperio Británico cae -de repente- sobre el pobre aparcero y su familia. A pesar de que el pobre padre sólo pide unos metros de terreno para trabajar y sacar adelante a los suyos, es expulsado por la fuerza de su hogar. Sus hijos y su esposa -familia católica y tradicional de numerosa prole- le piden pan mientras lloran muertos de hambre. El aparcero se oculta el rostro con las manos mientras que, desesperado, culpa de toda esta situación injusta a los favorecidos por la suerte: a aquella minoría privilegiada que, por la fuerza de las armas mercenarias y de los tribunales de una potencia extranjera, imponen unas leyes injustas sobre el hambre del pueblo. La fuerza de unos pocos impuesta sobre la razón de los muchos. Impotente, se ve incapaz de hacer nada para solucionar el hambre de los suyos o de -sencillamente- actuar para cambiar las cosas.

Todo esto -y mucho más- te lo cuenta en Irlanda un contador de cuentos delante de la chimenea. Irlanda. Ellos también han pasado lo suyo. Fueron intervenidos cuando todavía Europa pensaba que las intervenciones financieras de las economías nacionales eran la solución a la crisis. Hoy en día ya nadie piensa en ello. Entre otras cosas porque no quedan recursos para hacerlo. Se han agotado las posibilidades de actuación y el barco se hunde con la orquestina tocando en la cubierta. Cerca de ti Señor quiero morar... porque el modelo económico ha saltado en mil pedazos y la vía de agua es tan grande que nadie puede ya cerrarla.

El cuento del desahucio. Mariano Rajoy -aparcero y padre de nuestra gran familia- recibe en su casa al alguacil y a los soldados hostiles y extranjeros. Nadie puede hacer nada para arreglar la situación. Una familia desamparada ante la adversidad. Los mercados imponiendo una ley inhumana y extraña que -a pesar de resultar incomprensible y trágica- resulta decisiva para nuestra vida y para nuestra muerte. Y Mariano Rajoy tan sólo pudiendo abrir la puerta a esta potencia lejana y opresora. Como el padre del cuento, asistirá impotente al desalojo. Las manos tapándose la cara -en gesto universal de desesperación- y con el llanto como único consuelo. Desolado mientras su familia pide pan en medio de la gélida miseria. Estupefacto espectador de la tragedia que se cierne sobre su estirpe e incapaz de salvarla. Como en el cuento...

Mariano Rajoy verá impotente la intervención de los mercados en lo que queda -si es que queda algo- del modelo económico español. Asistirá -forzosamente en la inacción- a la inevitable descomposición del sistema que nos trae la recesión capitalista. Cerrará los ojos -desesperado- ante el incremento del desempleo en España. Le pediremos pan, pero no podrá dárnoslo. Como el padre del cuento, los españoles volverán la cara hacia él, rogándole una actuación salvadora. Le pediremos soluciones, pero tampoco podrá ofrecernos nada. Ha sido elegido -precisamente- para eso. Para gestionar la liquidación de lo poco que queda de España como Nación independiente y soberana. Para gestionar el capítulo final del desastre.

Mariano Rajoy va a fracasar. Veamos quién es el guapo que se lo dice a sus ilusionadísimos votantes. Rajoy fracasará porque la solución nunca puede venir de fórmulas políticas tradicionales. Rajoy fracasará porque -para solventar la recesión- es necesario comenzar por asumir como hecho cierto que el sistema se ha hundido sin posible recambio. Rajoy fracasará porque sigue creyendo en la validez de un esquema económico deshecho. Rajoy fracasará porque quiere poner tan sólo parches a una situación insostenible. Rajoy fracasará porque sólo medidas revolucionarias pueden hacernos salir de este pasillo oscuro. Rajoy fracasará porque no tiene valor para oponerse a aquellas entidades privadas que están decidiendo sobre factores financieros de importancia esencial. Rajoy fracasará porque ha pasado la hora de los políticos como él. Incluso antes de que sea investido y jure su cargo, Mariano Rajoy ya ha fracasado. Porque -en absoluto- nos va a salvar de lo que se nos viene encima.

Mariano Rajoy -que va a acaparar en sus manos más poder que cualquier Presidente anterior de nuestra Democracia- no ha venido a hacer la Revolución, sino a ponerse al frente de un hogar destrozado. Como el padre del cuento. Sin embargo, en una sola cosa no puede ser considerado como un padre irlandés desahuciado. Porque Mariano Rajoy -a diferencia de nuestro héroe popular que se hunde con el resto de su familia en la indudable solidaridad de la pobreza- nunca se va a hundir en nuestra nave. Es uno más de los maravillosos sueldos que jalonan lo que queda de España. Es uno más de ese amplísimo sector de españoles a los que, por arte de magia, les resbala la crisis porque forman parte de la clase política. Esos a los que nunca afectan los desahucios ni los reveses de la suerte. Uno más de esos que viven a nuestras espaldas y de nuestras espaldas. Ya saben. Nosotros -los falangistas- y nuestra tendencia a ver los vasos medio vacíos. ¡¡¡Váyase Señor Rajoy!!!!

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