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LA MIRADA DEL CAPITÁN SALGUEIRO MAIA. MI COLUMNA EN "HISPANIAINFO" (6/V/10).

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 TAGS:undefinedLa Plaza Do Carmo es una de las Plazas más bonitas del mundo. Allí vive el alma de Lisboa. Un alma de tranquilidad, primavera y palomas. Plaza Do Carmo. Y en la Plaza... el Cuartel. Una garita con su guardia de uniforme gris -de gala en días de fiesta- sable desenvainado y rigidez castrense en las fotos para los turistas. Y en el suelo te encuentras una placa... una placa que pasa inadvertida para muchos de los que pasan sobre ella. Sencillas palabras que, en el suelo, nos recuerdan el lugar desde donde el Capitán Salgueiro Maia intimó a la rendición -nada más y nada menos- que al Gobierno de Portugal. A su propio Gobierno. Y no deja de ser bonito -mucho- ver cómo sobre la placa juegan los niños, se abrazan los novios y pasean los turistas. Y no deja de ser bonito -mucho- pensar que, cuando las Revoluciones terminan, los niños juegan, los novios se abrazan y los turistas pasean sobre las placas. Tal vez, el Capitán Salgueiro Maia lo pensó -sólo un segundo porque estaba en otras cosas más urgentes- al mismo tiempo que ordenaba rocíar de plomo la fachada del Cuartel -sólo fusiles de asalto- y mientras intentaba poner un poco de orden en esa algarabía de gritos, disparos y canciones. Tal vez, el Capitán Salgueiro Maia pensó -durante ese segundo fugaz- que, cuando todo aquello terminase, volverían a la Plaza los novios, los niños y las palomas. La mirada del Capitán Salgueiro Maia -tal vez- ya los estaba observando en medio de aquel desbarajuste.

Cuesta imaginar que aquí -justo en medio de esta quietud- se desarrolló uno de los principales actos de la Revolución. El 25 de Abril de 1.974 el Presidente Marcelo Caetano -brillante sucesor del todopoderoso Salazar- se refugió en este Cuartel, y en él fue cercado por las tropas del Capitán Maia. Intimando a su rendición, las tropas revolucionarias abrieron fuego sobre el Cuartel, mientras centenares de manifestantes les aplaudían -unos segundos antes- y cantaban el Himno Nacional. Heróis do mar nobre Povo... un pueblo y su Ejército unidos en el anhelo común de la transformación social. Aquí es donde el Presidente negoció los términos de su rendición. Donde se acordó su exilio a Brasil y donde se compuso -apresuradamente- el Gobierno Provisional del General Spínola. Los Capitanes revolucionarios dejaban paso a un General conservador. Pero esta es otra historia. La que vino después de esos instantes únicos.

Y la verdad es que la imagen tiene fuerza. Origina una mística propia e intransferible. La mística de la Revolución. La mística de los Claveles.

Os diría que -a mí- también me hubiera gustado que la Revolución de los Claveles fuera falangista. Me hubiese gustado que los Salgueiro Maia, los Otero Saraiva de Carvalho, los Vasco Lourenço, los Ramalho Eanes y los demás militares revolucionarios del MFA fueran falangistas. Pero os mentiría porque -a fin de cuentas- no dejan de estar bien tal y como están. Ni lo eran ni falta que les hizo. Hijos portugueses del durísimo tiempo que les tocó vivir, actuaron -conforme a su conciencia- frente a una insoportable realidad que debía ser transformada. Tenían clara -meridianamente clara- la distinción entre el Bien y el Mal. El Bien estaba en la alegría de sus soldados, en las risas de las vendedoras de flores, en las canciones y en el grito alborozado de los lisboetas, en la multitud que aplaudía su paso por las calles estrechas. El Mal estaba en las emboscadas guerrilleras de Angola y Mozambique, en las represalias, en los gritos de los torturados y en el dolor del soldado herido, en los pueblos quemados, en los muertos propios y ajenos, en la PIDE, en la miseria semianalfabeta de un pueblo encadenado. Ellos habían conocido -de sobra- el Mal. Y se estaban redimiendo -de la guerra y del miedo- aquella mañana de Abril en Lisboa.

Hicieron lo que debían hacer los hombres honrados. No eran falangistas, pero estuvieron -en aquel ya lejano 1.974- donde debemos estar siempre los falangistas. Del lado de los pobres. Del lado de los que no tienen voz. Del lado de los compatriotas más débiles. Del lado del sindicalista perseguido. Del lado del obrero explotado. Del lado del campesino pobre utilizado como carne de cañón en una lejana guerra interminable. Del lado del intelectual censurado. Del lado -en definitiva- de todos aquellos portugueses que exigían pasar la página de una larga dictadura y de una situación nacional bloqueada. Por todos ellos, este grupo de militares llevó a cabo un gran cambio político. Una Revolución que ha pasado a la Historia como uno de los mitos políticos más hermosos e irrepetibles del Siglo XX.

El gesto de estos militares abrió un período revolucionario convulso y poco definido. Constituyó el inicio de una etapa histórica -el llamado Período Revolucionario en Curso- y de la existencia de una sucesión de Gobiernos Provisionales -nada menos que seis- como marco de una confrontación entre sectores políticos contrarios. De todas formas, la Revolución finalizó -como todas las revoluciones- con una normalización institucional. Al final, se impusieron los partidarios de hacer de Portugal un Estado más dentro del ámbito de las democracias de corte capitalista y occidental. Había muerto Abril bajo las premisas normalizadoras del aburridísimo sistema político europeo. Se retiraban los Capitanes y llegaban los Diputados. La Tercera República que sucedió a la Dictadura y que, al día de hoy, constituye el marco de la vida política portuguesa.

Y es que la larga mano de la Revolución se ha extendido hasta nuestros días. Eso se llama impronta histórica. La facultad que determinados hechos históricos tienen de proyectarse en el tiempo y llegar hasta nuestro presente. De estar tan vivos entre nosotros que -todavía al día de hoy- nos mueven a tomar partido: a rechazarlos o aplaudirlos como -si de verdad- estuvieran pasando en este preciso momento. Sin embargo, y a pesar de esta evidente proyección temporal, no deja de sorprenderme la polémica que -hace tan sólo unas semanas- suscitó mi columnita en HISPANIAINFO al defender desde sus páginas el recuerdo de la Revolución de Abril. Una vez más, se ha desatado un debate no siempre provechoso. Intervenciones muy bien fundamentadas -mi admirado y muy respetado Juan Fernandez Krohn y su sólida y enciclopédica cultura- y otras no tanto -los pobres chupatintas anónimos de la Red que me atacarán siempre: escriba lo que escriba y haga lo que haga- pero todas ellas expresando su opinión respecto a este capítulo pasado de la Historia de Portugal.

No deja de parecerme curioso como -ante este concreto hecho histórico- también vuelven a quedar retratados los dos grandes sectores en los que, a fecha de hoy, se divide nuestro movimiento nacionalsindicalista. Un fenómeno mil veces repetido a la luz de acontecimientos diversos. No dejan -dejamos- de suscitar esta clase de polémicas a la más mínima oportunidad, surgiendo así las dos tendencias que nos caracterizan. Ala derecha y ala izquierda.

Un ala derecha conservadora que, si bien tímidamente, defiende el régimen salazarista y que, con mucha menos timidez, rechaza el proceso revolucionario iniciado en Lisboa el 25 de Abril. Este sector falangista invoca -como causas de su oposición- los excesos revolucionarios cometidos durante este período, el carácter marxista de muchos de los capitanes alzados o -simplemente- la necesidad que Portugal tenía de mantener sus territorios de Ultramar. De lo que pudo leerse, hubo hasta intervenciones defendiendo la política colonial de Salazar, a la siniestra PIDE -o Policía Política del Régimen- o, sencillamente, invocando al orden social frente al caos. También -en un exceso de celo altamente loable- se terminó por llamar traidores a los militares rebeldes. Todas estas intervenciones me permitieron constatar el inveterado respeto que -un amplio sector azul mahón- sigue guardando hacia los regímenes dictatoriales de derecha. Del mismo modo, pudimos constatar el miedo -de esta concreta corriente falangista- hacia estos estados sociales de confusión y demolición del orden establecido. Viejas querencias hacia el Altar y el Trono de las que cuesta deshacerse.

Por el contrario, existen falangistas -existimos- que se siguen emocionando escuchando Grandola Vila Morena o ensanchando su corazón -viviendo el momento y buscando un instante de optimismo- en alguna de esas maravillosas fotos en blanco y negro tomadas ese día. Existen falangistas que creen -creemos- que ante la injusticia de un Régimen sólo cabe su sustitución por otro más justo y libre. Que siguen -seguimos- afirmando que el mundo portugués se transformó después del 25 de Abril, y que aquel día sonó la hora de los gestos nobles y del desinterés revolucionario. Que sostienen -sostenemos- que aquellos Capitanes traían la Libertad, a pesar de los seis Gobiernos Provisionales subsiguientes, de la tremenda pugna entre las distintas corrientes y del triunfo final de un modelo político muy poco revolucionario. Pero para eso, todavía faltaba tiempo. El 25 de Abril se colocaron claveles en los fusiles y todo era posible. Que dicen -decimos- que estos nudos sociales de pobreza y de ignorancia deben ser desatados por todas aquellas personas que pretendan una evolución positiva.

Decíamos antes que Salgueiro Maia no era falangista. Tampoco creo que él lo echara demasiado en falta. Sin embargo, estuvo dónde debían estar los hombres buenos: derrocando una tiranía. Pasadas estas jornadas memorables, volvió a retirarse a su Cuartel. No quiso ningún puesto o cargo público. Se conformó con haber contribuído -decisivamente- a la llegada de la Libertad. Su mirada tenía la nobleza de los hombres que -hartos de una situación insostenible- saben arriesgarse y darlo todo. Avanzar hacia un mundo nuevo, esperanzado y -tal vez- imposible. La mirada del Capitán Salgueiro Maia.

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