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LA MIRADA HONESTA DE LOS NUESTROS (SEPTIEMBRE 2.012).

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 TAGS:undefinedCarrillo ha muerto. En esta vieja España nuestra –contradictoria, ingrata, brillante y agotada- la figura de Santiago Carrillo Solares representaba el lado más horrendo y oscuro de nosotros mismos. Carrillo se ha muerto en olor de ditirambo y de hagiografía laica. Artículos y decenas de columnas necrológicas han explicado cómo este anciano ha consagrado su azarosa vida en la lucha por nuestros valores ciudadanos. Democracia. Libertad. Consenso. Grandes palabras esgrimidas en referencia a este gran hombre. Demasiadas líneas y muy poco análisis profundo del personaje. Si se atiende a su trayectoria personal y política -sea cual sea la etapa concreta en la que nos estemos fijando- siempre nos encontramos con una misma conclusión. La de que en la vida de Santiago Carrillo Solares estos grandes conceptos han contado muy poco.

Vivía el anciano protegido por una cadena de mentiras. En medio de una muy poco elaborada pantalla de afirmaciones falsas, y tejida con el único fin de proteger su reputación de hombre de Estado. Muchos de nosotros -ansiosos por conocer las claves de esos años oscuros y habiendo leído mucho de lo que se ha publicado sobre la actuación de los comunistas durante la Segunda República - siempre tendremos la íntima convicción de que todos estos autores y columnistas han tenido -en todo momento- una clara conciencia de que lo que estaban escribiendo era falso pero que, a la vez, debía ser escrito en interés del personaje. Nadie creía en su alegada integridad, pero todos hacían ver que sí. Por no creer, ya no se lo creía ni él mismo, pero hablaba -decía unas veces una cosa y otras veces otra- con ese aplomo propio del que sabe que nunca va a ser contradicho. Se había acostumbrado a un respeto que -ni por asomo- merecía. Ello dio lugar a uno de los fenómenos más curiosos de paranoia política que se ha dado en los últimos tiempos. El fenómeno de un pistolero de valor escaso -matón barriobajero y achulado de escasa formación política- convertido, en el birlibirloque de la confusa Transición, en un político sólido y preparado que servía al fin supremo de la Patria. Qué bueno. El fenómeno de un asesino encubierto por una nube –tan etérea e inconsistente como la del humo de su cigarrillo- de disculpas contradictorias y de manoseadas excusas que tendían a esconder su responsabilidad no sólo en el asesinato planificado de miles de personas en 1.936, sino en la sucesión de los acontecimientos políticos que habían arrojado al país a una guerra civil o -sin ir más lejos- en las tramas siniestras de lucha por el poder dentro del PCE durante el período de la llamada Guerra Fría.

Santiago Carrillo Solares no sólo era el directo responsable de la matanza de Paracuellos del Jarama. Era también uno de los inductores del pistolerismo terrorista en el socialismo de la Segunda República, como también había sido uno de los ideólogos de las sucesivas e interminables purgas dentro del comunismo español. Una historia personal y política trufada de delaciones, pequeñas y grandes traiciones, mentiras, ejecuciones, renuncias vergonzantes, chivatazos y dependencias a poderes oscuros y extraños. Todo eso era el anciano. Una vida política desarrollada en Dictaduras y entre Dictadores, y el único genocida vivo que quedaba en la política española: memoria viva de un enorme fracaso político y moral en la Historia de España. Testigo vivo y actor principal del drama del porqué no pudimos, ni supimos, entendernos entonces.

Ha muerto Santiago Carrillo Solares y a mí me ha dado igual. No he sentido una alegría desbordante ni he bailado a solas por mi casa. No pensé en él. Pensé en sus víctimas. Su muerte tranquila y en la cama me hizo evocar -curiosamente- a todas las personas que Santiago Carrillo Solares había asesinado hacía ya tiempo. Personas que no murieron en la cama porque soñaban en una España renacida. En concreto, pensé en dos de ellas. En nuestro Matías Montero -asesinado en 1.934 víctima de la campaña de terror callejero planificada por Carrillo- y en nuestro Alejandro Salazar, máximo responsable del SEU asesinado en Paracuellos del Jarama. Pensaba en la forma en la que Matías y Alejandro nos miran desde sus ya viejas fotografías. La mirada limpia de aquella España que no pudo ser. La mirada honesta de los nuestros. Posiciones morales y políticas que -a pesar de su temprana y joven muerte- se encuentran a años luz de todo lo mantenido y defendido por Carrillo en el transcurso de su larga vida.

Esa España que no pudo ser acribillada a balazos por la España que fue. Porque -por encima de todo- Santiago Carrillo Solares simbolizaba eso. La España que fue. La España que hizo imposible la convivencia y que hizo fracasar mediante el terror el espacio de libertad que pudo habernos dado a todos la Segunda República. La España que prefería el ruido de las pistolas y el rumor del miedo. La España triste y traidora de la delación y del timbrazo a media noche. La España de las miradas sucias y de la mentira permanente. La España de la sumisión y del rencor sin límite. Santiago Carrillo Solares representaba lo peor de nosotros mismos. El lado más egoísta y oscuro que puede ofrecernos España. Traición, violencia y chivatazo. Y adornado fastuosamente con una gran mentira: la de que Santiago Carrillo Solares era un político de miras elevadas y de acendrado patriotismo.

Por eso, yo despido a este anciano como se despide -simbólicamente- a una vieja España agonizante. Una España que muere dentro de la recesión capitalista y de nuestra incertidumbre ante estas nuevas etapas de nuestra Historia. La despedida hacia una vieja España que ya no volverá, a raíz del fracaso rotundo del modelo que, al fin y a la postre, Santiago Carrillo Solares había ayudado a traer. Porque no deja de ser irónico que, después de tanta sangre derramada y de tantas actuaciones abyectas y de tanta Internacional, haya muerto Carrillo convertido en santón de este régimen burgués y podrido... de esta Monarquía Constitucional que el anciano ayudó a apuntalar con sus últimas renuncias y traiciones. Frente a este arcaico exponente de esa puerca España que se traiciona a sí misma para perpetuar ventajas y prebendas, nos miran -desde sus viejas fotos- nuestros muertos respetados y queridos. Fieles a sí mismos y espejo no sólo de aquella España que no pudo ser sino -tal vez- de la España que podrá ser después de esta tormenta. Siempre fuertes y siempre jóvenes. Siempre presentes y siempre vivos. A pesar de Santiago Carrillo Solares. La cara y la cruz de una Patria que -asombrosamente y sin ningún motivo- seguimos amando de forma apasionada.

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