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LA MISERIA Y EL FONDO DE LAS COSAS (ENERO 2.010).

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Publicado en el Núm. 208  (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

 TAGS:undefinedLa verdad es que -mires a dónde mires- es posible encontrar miseria, injusticia y falta de solidaridad. Tragedias como la de Haití te sumergen -súbitamente: con el impacto visual de centenares de imágenes estremecedoras- en la realidad de un mundo injusto en el que somos minoría. Somos menos -muchísimos menos- los que vivimos bien de los que viven mal. Constituímos una selecta minoría mundial -limpios, sanos y bien alimentados- frente a una gran mayoría enferma, mal vestida y pobre. Y lo peor no consiste en la conciencia general de inevitabilidad que preside esta situación, sino en la práctica imposibilidad de hacer nada al respecto, poniendo a salvo -claro está- las distintas actuaciones de contenido solidario que todos y cada uno de nosotros puede ejercitar. Centenares de iniciativas solidarias que -en momentos dramáticos como el de la tragedia haitiana- adquieren un protagonismo inevitable como posibilidades ciudadanas de ayuda y auxilio en relación a la descomunal tragedia.

Tremenda paradoja haitíana. Uno de los países más miserables del mundo cuya apremiante situación salta al primer plano de nuestra atención a partir de un espeluznante terremoto. Esas masas humanas paupérrimas son ahora felizmente visibles en nuestro mundo occidental y blanco. Han tenido que morir miles y miles de ellos para que podamos conocer la innegable realidad de su miseria. Su miseria de antes y después de este golpe.

El año 2.010 -y casi en trágica coincidencia con la catástrofe de Haití- es el Año Europeo contra la Pobreza y la Exclusión Social. Occidente es muy aficionado a las fechas. A marcar tal o cual año con la designación de estar contra esto o contra aquello. Sin embargo, la cuestión es tan grave que excede -absolutamente- de la mayor o menor resonancia que se la pueda dar por medio de una conmemoración de esta clase. Se trata de un problema que afecta a nuestras más íntimas concepciones morales. A nuestra visión del mundo y a nuestra jerarquía de valores. Una indudable cuestión de principios.

Decía que todos estamos preocupados y estremecidos por esa necesidad humanitaria. Todos menos -faltaría más- nuestras entidades bancarias. Ya sabéis que han estado cobrando comisiones a las transferencias realizadas a las distintas Cuentas Corrientes de carácter benéfico que -de forma instrumental- han sido abiertas para recabar fondos para Haití. En la práctica, ha habido Bancos que han ganado siete Euros si transferías diez a alguna de estas Cuentas Corrientes. Un negocio redondo. Ante esta durísima inmoralidad -ganar dinero a costa de la muerte y de una catástrofe natural- se han alzado nuestros Medios de Comunicación casi al unísono. Se han asombrado de estos peculiarísimos cobros bancarios, poniendo el grito en el cielo ante estas cosas. Como si fuera algo nuevo -o noticiable- que las entidades bancarias basaran sus beneficios mercantiles en la existencia de apremiantes necesidades humanas. Como si las entidades financieras no hubieran provocado situaciones globales de miseria infinitamente peores -por su extensión, duración y proporciones- que las producidas por este nuevo temblor de tierra. Excelentes resultados financieros obtenidos sobre la miseria. Indiferencia respecto a la pobreza.

A la Injusticia -con la horrenda mayúscula que da la prioridad y la singularidad del problema- la podemos poner remiendos. Parches humanitarios que facilitan las ayudas puntuales y concretas. Hambruna en Africa, miseria india, terremoto en Haití... todo ello merece la atención de las distintas entidades y oenegés de cooperación y auxilio. Por lo demás, esa es la única vía de ayuda que tenemos. Y la única viable siempre que queramos hacer algo. Ayuda positiva frente a una catástrofe de daño incalculable. Aunque, y en el estado actual de la cuestión, mucho me temo que se trate de salvar vidas para reincorporarlas al seno de una sociedad injusta. Sobrevivir por y para la miseria.

Porque el problema de la miseria humana y de las diferencias inmorales existentes entre nuestros distintos modelos sociales -la tantas veces citada confrontación Norte-Sur- resulta ser una cuestión de fondo. Un problema esencial del hombre del Siglo XXI que afecta a los pilares mismos de nuestra conciencia moral. Los falangistas -junto a otras, y por suerte numerosas, fuerzas sociales y políticas- creemos que la erradicación de las situaciones económicas injustas sólo puede ser conseguida a través de políticas revolucionarias de transformación. El problema sólo puede atacarse dirigiéndonos al fondo de la cuestión y no -como parece estar haciendo el Sistema con su macabra lógica- canalizando ayudas puntuales destinadas a situaciones concretas. La solución pasa -necesariamente- por transformar todas nuestras relaciones económicas y laborales para englobarlas dentro de un nuevo marco político general. La ayuda humanitaria -al día de hoy- constituye la única posibilidad viable de remedio y auxilio solidario. Pero no basta, porque no cambia el modelo.

La Injusticia no tiene fronteras ni marcos geográficos concretos. La miseria es la consecuencia necesaria de las situaciones sociales creadas por el modelo político y económico que padecemos. En fechas pasadas, nos contaba EL MUNDO como -según datos estadísticos comunitarios- uno de cada cinco niños dentro de la Unión Europea vive en situación de pobreza. También se nos hablaba de las distintas tasas de pobreza existentes en cada uno de los países de la Unión Europea. Debe tenerse en cuenta que el mundo occidental define como pobre europeo -esa tan anglosajona afición a cuantificar aritméticamente todo, incluso la desesperanza- a todo ciudadano que vive por debajo del 60% de la media de ingresos de su propio país. Dentro de estos datos, por ejemplo, resultaba que España -junto a los italianos y a los griegos- tiene una tasa de pobreza del 20%. Sólo existe un modo eficaz de enfrentarnos a la triste realidad de las cifras: atacar el origen del mal y no quedarnos -púdica y cobardamente- en la cómoda superficie.

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