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EN LA MUERTE DE ISMAEL MEDINA (4/II/11).

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 TAGS:undefinedSe nos ha muerto Ismael Medina. Custodios vivos de nuestra pequeña y gran historia, están desapareciendo –uno a uno en doloroso orden de marcha- todos nuestros mayores. Aquella generación traicionada que, a la fétida sombra del estado de cosas surgido de la derrota republicana de 1.939, intentó hacer –y decir- nacionalsindicalismo por todo y frente a todo. Multitud de razones tenemos para estimarlos grandes y honorables. Ellos viven en nuestros altares familiares eternamente jóvenes y eternamente alegres, como heraldos que fueron de esa España que no pudo ser.

Son muchas las razones que los hacen inolvidables... del mismo modo que son también muchas las razones que los hacen mejores, infinitamente mejores, que nosotros. Columnistas de raza, yo admiro su constante actitud de rebeldía. La permanente defensa que –dentro de un Régimen hipócrita que decía respetarles pero que les iba postergando, cada vez más y más, dentro de una España ajena a nuestros ideales y principios- hicieron de nuestra bandera roja y negra. No olvidemos que eran otros tiempos. Por eso han sido, son y serán siempre más excelsos que nosotros.

A los que –de vez en cuando- calentamos los mofletes de algunos de los pichiruchis que rigen nuestras líneas de actuación, tan sólo nos esperan dos consecuencias lógicas de estas acciones. O el aplauso o el insulto... o el vítor o la injuria. Ahí acaba todo. A mí, por ejemplo, eso me permite volver a la carga una y otra vez. Porque sólo un tonto del culo –que los hay, y muchos, en el ambiente azul de principios de siglo- puede tener miedo de decir lo que piensa.

Sin embargo, en la España de 1.950, de 1.960 o de 1.970 las cosas eran muy distintas. Enfrentarse a los emplumados jerarcas del francofalangismo, a los ministros, a los obispos, a la excelsa pandilla nacionalcatólica y al resto de la ralea política y social de la época traía otra clase de consecuencias mucho más duras. La salida de tu puesto de trabajo -el pan de tus hijos- el veto de escribir en tal o cual periódico, la sanción administrativa, la prohibición y el secuestro de tus obras... eran muchos y variados los tipos de garrotazo que te podía caer desde las oscuras covachuelas del poder. Y ellos no dejaron -nunca- de oponerse. No dejaban de decir lo que pensaban. Cuando podían. Como podían. Desde donde podían. Exhibieron su firme ejemplo como el más eficaz banderín de enganche. No sólo tenían argumentos sólidos que defender: también tenían la voluntad férrea de hacerlo.

No callaron y mantuvieron vivo este invento bellísimo. Hicieron falangistas con su ejemplo personal y político. Yo me pregunto cuántos falangistas hemos hecho nosotros, o qué ejemplo de rebeldía hemos transmitido a nuestros compatriotas. También me pregunto cuánto tiempo nos queda para poder hacerlo o si nos interesa –tan siquiera- hacerlo.

Recuerdo a Ismael Medina en aquellas interesantísimas conferencias a las que –la gente de nuestra generación- nos habíamos incorporado a finales de los setenta. Recuerdo a Ismael Medina hablándonos de independencia nacional, de su pasado en la CNT, del chaqueteo de tal o cual ministro, de tal o cual anécdota de la Redacción de Arriba o de tal o cual pronóstico político. Hablándonos de la Revolución. Y desde esos años lejanos hasta hoy Ismael ha sido una constante referencia para entender nuestro quehacer político, y ello mientras su vida se iba extinguiendo lentamente. Hace poco -al tiempo que practicaba el saludable deporte de criticar a Leire Pajín- nos decía que ante este Estado Tiránico la única opción viable era la rebelión personal y política. La insumisión insurreccional. Y eso te lo decía un tío -con toda la barba- de ochenta y siete años. Sólo tiene que leerse uno su última columna –la que ha dictado a su hijo sabiendo próxima su partida- para constatar la demoledora altura moral de esta generación. La misma que nosotros no hemos sabido adquirir ni ostentar. La misma que se nos ha ido con nuestros Muertos entrañables que han sabido vivir -y morir- de una manera digna y ejemplar.

Siempre se van los mejores. Esto no es una frase hecha. Nos quedamos los que ya no queremos quedarnos. Nos quedamos los que ya no tenemos nada interesante que hacer o que decir. Nos quedamos nosotros, los que están muertos en vida y caminando. Los muertos de verdad frente a los Camaradas como Ismael Medina. Siempre vivo. Siempre joven. Siempre fuerte.

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