Avisar de contenido inadecuado

LA NECESIDAD INDISCUTIBLE DE UN ÓRGANO DE COORDINACIÓN. MI OPINIÓN EN "ÁGORA HISPÁNICA" (OCTUBRE 2.012).

{
}

 TAGS:undefinedComo si fuera la típica bomba de mecha de cualquier episodio del Correcaminos y el Coyote –dejándonos la cara tiznada y el pelo de punta- el capitalismo nos estalló estruendosamente en pleno rostro. Desde entonces, vivimos una situación de verdadera emergencia nacional. El modelo económico que la recesión ha destruído no está siendo sustituído por otro esquema eficiente y viable. No funcionan las medidas adoptadas, y nuestra deuda –tiene cada vez menos gracia eso de nuestra deuda como si, de verdad, fuera nuestra- se hace cada vez más grande y profunda. Tan profunda como la fosa en la que estamos enterrando no sólo nuestra prosperidad, sino la de las generaciones venideras de españoles. Un marco de empobrecimiento general y progresivo. Un escenario de miseria moral y material en el que –en absoluto- se vislumbra signo alguno de recuperación.

Nosotros –como falangistas- sí que acertamos, desde el mismo principio del desastre, a identificar y a analizar las verdaderas causas de esta implosión capitalista. Recuerdo –allá por 2.008 y entre otras- una Tertulia de Los Gallos de Marzo en la que el gran Juan Ramón Sánchez Carballido nos explicó –de una manera amena y clara- los orígenes de la recesión: sus causas y efectos. Desde su mismo inicio, los falangistas hemos tenido claro el hecho de que no estábamos ante una clásica crisis cíclica del modelo –de esas que han venido autoregulando periódicamente el sistema del libre mercado- sino ante una situación de verdadera quiebra del mismo. Desde su inicio, siempre hemos tenido claro que estábamos en presencia de un cambio histórico. El fin de una época -y del modelo económico que la caracterizó- y el nacimiento de un tiempo nuevo de todavía desconocidas consecuencias.

Por desgracia –en lo que tiene de miseria y de desesperanza para nuestros compatriotas- no nos equivocábamos en afirmar, desde siempre, que el sistema no funcionaba, que el bienestar que suponía era sólo aparente y que, por tanto, se imponía una transformación radical de nuestros esquemas económicos. Pero esto no basta en el día de hoy. Porque si bien hemos sabido delimitar -casi instantáneamente- las verdaderas dimensiones de la catástrofe, no hemos sabido ofrecer –desde el nacionalsindicalismo- una respuesta conjunta e integral a esta situación de naufragio.

Hacemos lo que podemos, pero siempre desde nuestra cada vez más pequeña parcela y casi nunca de forma integradora y conjunta. Hemos adoptado posturas distintas –de acuerdo a nuestras particulares formas de afrontar la acción política- frente a este caos social No estamos unidos ni –tan siquiera- coordinados. Políticamente, hemos perdido el tren de la Historia Pocas personas y poco compromiso. Organizaciones endebles. Eco social inexistente. Distintos problemas que, agravados, han supuesto nuestra desaparición como alternativa organizada dentro de la vida política española. No hemos sabido estar a la altura en estos momentos decivos. Y ya es tarde. Ante las jornadas de movilización y protesta que se avecinan, los falangistas no podremos tomar ninguna iniciativa que tenga el suficiente peso político como para influir –ni siquiera de forma mínima- en la marcha de las cosas. En estas iniciativas ciudadanas no podemos estar porque, sencillamente, nuestra fuerza es ínfima.

Ante este cuadro desolador, muchos seguimos manteniendo que nuestras posibilidades de actuación son limitadas. Las únicas posibles. Estos puntos concretos –de ser seguidos- no sólo nos permitirían participar de forma coordinada en eventuales acontecimientos transformadores y futuros, sino que también fijarían las bases de nuestra recuperación como alternativa política.

No son líneas complicadas. Están basadas en seguir manifestando nuestra opinión de forma pública –el falangismo que pervive gracias a la tarea constante de pensar y escribir- en colaborar en aquellas iniciativas ciudadanas con las que compartamos –en mayor o menor medida- principios y creencias, y en encontrar un órgano colectivo en el que, estando todos los falangistas representados, se determinen por mayoría directrices colectivas de actuación pública y sirva de lugar de encuentro entre nosotros. Así de fácil.

No renunciar nunca a que se nos vea colaborando –de la mejor manera que podamos y sepàmos- con las fuerzas ciudadanas que ya se han puesto en marcha. Esa es una forma efectiva de luchar por el cambio social. Pero tampoco debemos renunciar al objetivo de nuestra deseable coordinación de esfuerzos y medios.

Nosotros lo intentamos –mientras otros adoptaban caminos distintos- desde la Mesa Nacional por la Revolución. Esta experiencia fracasada nos ha ofrecido valiosas enseñanzas cuya aplicación vamos a seguir propugnando, porque creemos que funcionan. Pretendimos formular unos puntos claros que definieran nuestra Revolución, al tiempo que integrábamos una base humana suficiente como para luchar por ellos en este momento decisivo. Esa base humana -de la que los falangistas carecemos- tampoco pudimos organizarla nosotros. Pese a este fracaso, nosotros creemos que la fórmula organizativa de la Mesa es la mejor que los falangistas podemos estructurar para lograr actuaciones coordinadas, y seguimos solicitando su implantación como primera piedra de nuestra necesaria refundación. El fracaso de la Mesa Nacional por la Revolución ha estado motivado en la evidente tensión interna que existe entre tendencias políticas muy distintas y de muy diversa madurez, así como en una muy deficiente política interna de coordinación, aprobación y publicación de comunicados públicos. Esa combinación es letal en cualquier estructura recién creada, careciendo, por esta misma novedad, de formas consolidadas de funcionamiento interno. Pero ello no es óbice para creer que la idea fuera muy buena.

Se parte de la formulación de unos puntos programáticos iniciales –puntos de consenso acordados entre todos sus integrantes y que sirven no sólo para delimitar nuestros lazos ideológicos comunes, sino también para fijar los límites respecto a qué personas o grupos puedan formar parte del proyecto- y se crea un órgano o consejo de carácter abierto en el que estamos todos representados: tanto entidades y partidos, todos con un número fijo e igual de representantes, como personas individuales y concretas. La vieja idea de la base asamblearia para la recuperación de un nacionalsindicalismo de profundo contenido democrático. Nadie reniega de su origen ni las organizaciones deben disolverse o fusionarse, pues conservan su vida independiente y propia. Este órgano colectivo fija líneas políticas y determina por mayoría nuestros puntos de actuación pública en algunas materias esenciales. Canaliza los debates y constituye un punto de encuentro entre nosotros. Nos integra en vez de separarnos. Ese es el camino de nuestra integración. Todo lo demás puede ser un intento más o menos brillante y bienintencionado de unión de fuerzas, pero no contendrá los instrumentos prácticos necesarios para sumar iniciativas sin tensas exclusiones.

Otra enseñanza muy positiva radica en el hecho de que la pata coja de la Mesa nunca ha estado en los falangistas. Los falangistas –de forma mayoritaria y de muy distintas procedencias- hemos conseguido sentarnos juntos, debatir y llegar a acuerdos positivos dentro del proyecto. Los falangistas, de forma plenamente consensuada, pudimos asumir un papel protagonista en la redacción y aprobación de los puntos iniciales que determinaron el rumbo ideológico del proyecto. Los falangistas creamos un clima adecuado de diálogo –incluyendo disculpas expresas y manos tendidas y amistosas- en aras de una más que deseada pacificación de nuestro entorno. Por eso, la MNR despertó las simpatías de nuestros sectores más tolerantes, abiertos y desarrollados ideológicamente. Los más interesantes para nuestro futuro.

Constituyamos desde ya este punto de encuentro para empezar a trabajar.

{
}
{
}

Los comentarios para este post han sido deshabilitados.