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NI NOS RENDIMOS NI NOS QUEDAMOS QUIETOS. DESPUÉS DE LA CENA DE "LOS GALLOS" (2/XII/12).

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 TAGS:undefinedEn suelo árido de Patria corrompida, surgen los jóvenes que vuelven a luchar...

Ayer estuve en la Cena de Navidad de Los Gallos de Marzo. Corren malos tiempos –muy malos- para el falangismo. Pocos y dispersos, terminamos este 2.012 sin ningún proyecto viable en marcha y sin poder cristalizar –muy buenas ideas aquí y allá- iniciativas coordinadas que pudieran encarrilar, de manera políticamente adecuada, nuestros esfuerzos. Sobre nuestras filas flota el fantasma de la incertidumbre. La duda sobre el camino que debemos tomar siempre y cuando que, de una forma u otra, queramos seguir participando en los avatares políticos de España.

Ayer –sobre la ruidosa barahúnda de nuestras viejas y queridas canciones- me fijaba en Los Gallos. Viejos y queridos falangistas con las ideas muy claras y alejados -absolutamente- de las formas anticuadas que nos han llevado al desastre. Amigos directísimos y personales. Buena y bregada gente. El tremendo capital humano que forman los Carlos Iturralde, las Fátima González, los Julián Villaverde, los Juan Ramón Sánchez Carballido, las Marta Orduña o los Juan Francisco González Tejada... el sólido potencial político que tenemos todos juntos. Me gustaría creer que –a lo largo y ancho de esta España agotada- existen otros Julianes, otras Fátimas y otros Juan Ramones aislados, tristes y sitiados: sin ninguna referencia política a la que seguir y cansados de todos nosotros. Falangistas que han renunciado al viejo de sueño de contar con un movimiento social organizado y combativo. Falangistas a los que no hemos sabido ilusionar, de nuevo, en la Revolución.

No nos rendimos. Queremos luchar y no cejamos en la reflexión sobre el cómo hacerlo. Porque el porqué y el quiénes lo sabemos de sobra. Esa es nuestra grandeza y esa es nuestra fuerza. Pero son malos tiempos para España y para los españoles. Hoy -más que nunca- nuestra voz debería ser escuchada o -mirándolo desde otra perspectiva- al menos deberíamos poder gritar. Lanzar sin miedo nuestra propuesta renovada a las cuatro esquinas de la Patria. Nosotros -los falangistas de cuarenta a cincuenta años- lo sabemos, y asistimos, perplejos e impotentes, a la ceremonia de nuestra propia destrucción.

Este es el fin si no lo remediamos. A pesar de tanta gente buena y a pesar de tan buenas ideas. Curtidos en la literatura urgente de la crónica y en la reposada ciencia del debate, no conseguimos construir -desde nuestras acertadas conclusiones- una opción vertebrada que pueda ser la vanguardia de la Revolución. O al menos formar parte de ella.

Nos hemos equivocado en el análisis de lo que iba a ser el año 2.012. Creíamos en la posibilidad de una revuelta nacional de grandes proporciones. Pensábamos que -ante la terrible realidad económica de España- el Régimen se iba a tambalear ante la presión popular. Y la preocupación de muchos de nosotros era -de forma prioritaria- saber cómo podíamos estar presentes -participando- en estos sucesos históricos. Sin embargo, ello no ha sido así. El sistema ha sabido encarrilar la protesta y enfangar el empuje de todos los sectores españoles que están pidiendo transformaciones radicales de nuestro modelo económico, político y social. Por eso, nosotros -al haberse frenado esta extensa contestación ciudadana- bien podemos moderar nuestra preocupación en torno a esta revolución ralentizada y volver a poner los ojos -detenidamente- sobre el estado de nuestra opción política. Dado que ya no nos encaminamos -por desgracia- a una inmediata insurrección ciudadana, volvamos a ocuparnos de nosotros mismos: de nuestra propia insurrección.

Volver a intentar una reorganización radical e imaginativa. Sin miedo al fracaso y con el corazón abierto a todas las posibles respuestas y a todos los posibles caminos.

Intuyo que ha pasado el momento del reproche. Ya no sirve de nada arrojar a la cara de nuestros responsables políticos –cuándo se darán cuenta que, en nuestro entorno político, no sólo el puñadito de afiliados puede opinar sobre la marcha de nuestras organizaciones- su absoluta incapacidad en habernos llevado a la batalla de un modo eficaz y moderno o nuestras discusiones estériles y no siempre bienintencionadas. Ya no sirve de nada –a estas alturas- volver a repetir lo mismo. Pero lo que sí podemos hacer –lo que debemos hacer inexcusablemente- es seguir trabajando en nuestra idea de lo que tiene que ser el nacionalsindicalismo, e intentar agrupar –afiliados o no- a todos los que somos en torno a nuestra Bandera.

Hacer examen de conciencia. Todos y por el bien de todos. Porque en días como ayer se hace patente que lo que nos falta no es gente preparada y dotada de una gran experiencia política. No nos hace falta gente inteligente -que la hay- sino una actitud inteligente por parte de todos. Una actitud de respeto y reflexión sobre lo que podemos hacer. Todos juntos y ya, sin interminables y dilatorios debates y buscando -siempre y en todo caso- el consenso entre nuestras distintas posiciones.

Intuyo que ha pasado el momento de las incriminaciones. Han perdido sentido a raíz del propio estado de las cosas. Son inútiles porque ya no nos sirven para nada. Tal vez sea el momento de salvar lo que podamos del naufragio y recuperar lo mejor de nuestros partidos y de nuestros demás entes colectivos. Intentar incorporarnos todos a una lucha eficaz y coordinada.Tal vez valga la pena intentarlo otra vez: creando instrumentos de actuación común y abriendo cauces de diálogo.

Hay que romper con la inacción. Debemos buscar -entre todos- una dirección adecuada y seguirla.

No nos podemos ir a casa, era la voz común que todos repetíamos -y escuchábamos- ayer. Tenemos la obligación –el compromiso moral- de no quedarnos quietos. Y, por supuesto, no vamos a dejar de intentarlo. Nosotros ni nos rendimos ni renunciamos a defender nuestras ideas. Una y otra vez, volver sobre nuestros pasos para encontrar el camino adecuado de nuestra recuperación política. De esa refundación de la que tanto hablamos y debatimos. Hagámoslo por esos cientos de camaradas desnortados que esperan -de nosotros, de los que hablamos tanto- una voz que rompa la bruma helada de la desilusión..

Tomemos nuestras vidas deshechas y nuestros sueños rotos. Mostremos con orgullo las viejas cicatrices y las heridas de la desesperanza. Porque han pasado los años y porque no somos lo que fuímos, ni lo seremos ya. Porque entre todos esos años transcurridos, entre todas esas ilusiones enterradas y entre las ajadas ruinas de esas ciudades que ya no habitaremos nunca, está flotando una Bandera. Nuestra hermosa Bandera roja y negra. Unos colores -rojo y negro- que representan -sobre los cascotes de nuestras existencias prescindibles- lo más honesto, limpio, puro y generoso que hemos tenido nunca. A seguir trabajado, damas y caballeros.

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