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LOS NOMBRES DE LA RECESIÓN. MI COLUMNA EN "SIERRA NORTE DIGITAL" (DICIEMBRE 2.013).

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 TAGS:undefinedA mí me resultan admirables. Dignamente alzados sobre la tempestad. Los nombres y apellidos de la recesión. Se les puede ver a nuestro lado -paseando sin rumbo por aceras inciertas o mirando los escaparates de las cosas que no pueden comprar- en cualquiera de las calles asoladas de España. Dados de lado por un modelo injusto, vagan por nuestros pueblos y ciudades como testigos vivos de esta felonía histórica. Son personas. Personas con nombres y apellidos, y no números infames dentro de una relación estadística. Aquellas personas que –desempleadas y sin ninguna expectativa de encontrar un trabajo en el futuro- siguen levantándose cada mañana para poner un pie después del otro y marchar por el camino, siempre desagradable e incómodo, de la vida en esta España nuestra. Los descartados que, según la propaganda oficial, vivieron por encima de sus posibilidades. Los excluídos de la fortuna que, por culpa de pasados lujos y derroches, deben purgar los pecados de todos. La Edad Media.

La versión oficial de la recesión y su asombroso parecido con el remedio dado a las epidemias de la Edad Media. Porque, cuando la peste negra asolaba Europa en el Siglo XIV, los entonces responsables públicos decían lo mismo que los responsables públicos de ahora. Decían -y dicen en 2.013- que todos hemos pecado mucho, y que todos nos hemos descarríado del camino de la virtud. Decían -y dicen en 2.013- que todos somos culpables y que, por esta razón, todos debemos formar parte de una gran ceremonia expiatoria y catárquica. Es el rito terrible del fuego purificador de nuestras actuaciones depravadas. Las hogueras del miedo que iluminan la lúgubre noche de España.

En eso estamos ahora: en esta inmensa fiesta de la expiación purgando los pecados que todos –al parecer- hemos cometido. La crisis como responsabilidad de todos: justo equilibrio en la justa balanza de la igualdad democrática. Todos condenados en la misma sentencia. Ardiendo en esta hoguera que distribuye el honor dudoso de la culpa –además de entre todos los ciudadanos españoles- entre los estrategas financieros de las entidades bancarias y entre sus consejos de administración, entre los presidentes de estos mismos bancos y de las multinacionales, entre los responsables de los organismos políticos propios y ajenos, entre los miembros del gobierno, entre el rey y entre los principes y entre los principitos, y entre todos los demás parásitos. Todos juntos en amorosa compañía porque –como es vero y probatto- todos somos los responsables de esta crisis. Todos lo hicimos y todos lo pagamos. El criminal –y según la doctrina oficial todos lo somos- siempre paga.

Pero los rostros de la recesión no saben nada de esto. No saben nada de responsabilidades compartidas o de vivir por encima de sus posibilidades. No estudiaron ni analizaron nada: se limitaron a confíar. Confíar en este inigualable e inquebrantable modelo de convivencia. Confíaron mucho en aquellos años gloriosos. Les salía la confianza por las orejas. Confíaban en los bancos que les concedían créditos y que les vendían maravillosos productos financieros. Confíaban en un entramado económico que les prometía un bienestar magnífico dentro de un futuro luminoso. Confíaban en los dueños de las empresas para las que trabajaban. Confíaban en la tierra prometida de la eterna opulencia que les vendían las teles diariamente. Confíaban en el milagro español y en el ladrillo y en un modelo social de ilimitado rendimiento. Confíaban en todo y en todos. Confíaban. Se llaman María, Juan, Lucía o Pedro. Se llaman Carlos, Elena, Julián o Carmen. Todos ellos tienen nombre y una historia detrás. Y todos ellos han dejado ya de confíar. Esperan, resignados, a dejar de ser un puerco porcentaje: un puesto en una cola interminable.

Son los rostros de esta recesión. Alejados de la lógica esotérica de los mercados y de los grandes principios económicos. Ajenos a los profundos ensayos publicados sobre las causas de la crisis o sobre sus posibles soluciones. Extraños a la triunfal trompetería que anuncia la inevitable recuperación de nuestra economía. Personas a las que nadie va a privar de su dignidad ni de su integridad, por mucho que la lógica perversa de este invento lo intente. Personas que alguna vez serán conscientes de su propia fuerza, y que –a lo largo y ancho de nuestra castigada España- serán las palancas responsables del cambio que estamos reclamando.

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