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NUESTRA LEJANA GUERRA COLONIAL. MI ÚLTIMA COLUMNA EN "LA GACETA ESCURIALENSE" EL 27 DE AGOSTO DE 2.010.

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 237 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Escribía un artículo ayer sobre profesiones de futuro. En un tono humorístico -puro chascarrillo veraniego- escribía sobre la evidente rentabilidad de dedicarse a la piratería en el Indico o al secuestro en Mauritania. Sin embargo, las tres muertes de ayer en la lejana Afghanistán -los dos Guardias Civiles y su traductor- me han varíado el humor. Ya no soy capaz de reírme. Sobre todo al preguntarme qué es lo que están haciendo allí los Soldados de España. Me ha venido a la cabeza un viejo cartel de los sesenta -supongo que debe ser uno de los muchos que nacieron al calor de la revolución multicolor, californiana y hippy- en el que se veía un soldado muriendo en la batalla con los brazos extendidos -alcanzado por las balas muy a lo Robert Cappa- mientras podía leerse abajo la pregunta WHY? Ya sé que es una remembranza fácil, pero inevitable. Preguntarnos el porqué de la muerte de nuestros soldados en aquellas tierras inhóspitas es lo mínimo -lo más decente y humano- que podemos hacer por ellos. Eso y pedir después que vuelvan, por supuesto.

Cuando Europa regía -orgullosa- los destinos del mundo, cada generación tenía su guerra colonial. Incluso llegaba a tener varias. Conflictos lejanos no exentos de un halo honorable y romántico. Nosotros -cosecha inmejorable de 1.963- crecimos leyendo maravillas tales como El Hombre que pudo ser Rey, Las Cuatro Plumas o Beau Geste. Guerras y banderas lejanas. No me cabe ninguna duda de que estas lecturas contribuyeron -de forma decisiva- a que nos hiciéramos falangistas. Culto al honor, al compañerismo y al espíritu de cuerpo frente a hordas fanáticas de derviches, rifenos, zulúes o... afghanos. El joven Winston Churchill cargando en Omdurmann frente a los feroces derviches y escapando de la cárcel bóer. Toda una época y todo un modo de entender el mundo, la política internacional y los conflictos bélicos.

Dentro de aquel contexto, el genial Kipling -hay que leerle más y, después, más y más aún- escribió aquellos proféticos versos sobre Afghanistán, en aquel poema mítico El Joven Soldado Británico. Decía que cuando quedes herido y abandonado en los llanos de Afghanistán, y las mujeres corran para despojar tus restos. Envuélvete con tu fusil y vuélate los sesos. Y ve hacia tu Dios como un Soldado.

Se refería Kipling al fracaso de una Expedición Británica a Afghanistán -más allá de la Frontera del Norte y del Paso del Khyber... ¿os acordáis de aquellos nombres míticos los de 1.963 y aledaños?- que había sido fieramente exterminada por los guerreros afghanos a finales del Siglo XIX. Una derrota tan sangrienta que llegó a frenar -de forma definitiva- la expansión del Imperio Inglés en los confines de la India. Ha corrido mucha agua bajo el puente. Los Soldados de la era de Kipling eran profesionales valientes y experimentados. Eran envíados a lejanas tierras por Estados que tenían una clara y perfecta percepción de su misión histórica. Morían por una muy determinada idea de los intereses nacionales, y nadie les mentía sobre la naturaleza exacta de los exóticos conflictos en los que combatían.

Las cosas han cambíado. Y esta vez a peor. Porque los soldados europeos siguen muriendo en aquellos lugares remotos de nombres difícilmente pronunciables. Pero las razones de estos lejanísimos combates ya no son tan claras como antes: los Estados han perdido la fe en las justas causas de sus actuaciones armadas. Eso crea curiosísimas paradojas históricas motivadas, sencillamente, por no saber explicar la verdad de las cosas. Guerras sin guerras. Intervenciones sin intervención. Violencia pacifista motivada en no decir lo que -realmente- están haciendo los Ejércitos Occidentales diseminados por todo el Planeta.

Ahora resulta que nuestra generación también ha tenido su propia guerra colonial. España está librándola en 2.010. Una guerra colonial que, para empezar y por desgracia, nada tiene que ver con los versos de Kipling, las gaitas lejanas -y acercándose- o los cuadros formados -a toda prisa- sobre las tierras áridas de cualquier lugar polvoriento y remoto. Con lo que sí que tiene que ver -y mucho- es con la eterna historia de la primacía económica del Norte sobre el Sur y con la lucha del llamado Primer Mundo frente a todo los demás Mundos posibles. Lo de siempre -en definitiva- porque no otro ha sido, es y será el origen de cualquier conflicto armado entre ricos y pobres. Pero ya no se lucha por una idea de colonización e imperio. Ya no se dice la verdad, aunque la verdad sea fea y muy desagradable. Ahora la sangre se enmascara en una red tupida de mentiras, disculpas, análisis falsos, fariseismo y desinformación constante. Lo peor de estas guerras coloniales modernas es la infumable farfolla en la que se envuelven y disfrazan. Palabrería neoprogre que -bajo la cáscara de lo políticamente correcto- habla de humanitarismo y de paz universal mientras combate en una guerra sanguinaria. Porque eso es -y ha sido- Afghanistán. El escenario de una guerra sanguinaria que ya perdieron los ingleses y los rusos, y que ahora está perdiendo España.

Existe otra curiosísima vertiente de todo conflicto de esta clase. Las guerras coloniales caracterizaron el Siglo XX por iniciar una profunda reflexión en los Ejércitos que las combatieron. Una reflexión sobre las condiciones sociales que las provocaron, sobre el nivel de integración militar en el modelo de Estado que defienden y sobre su propia composición y preparación profesional. Los africanistas españoles en Marruecos, el Ejército Francés en Indochina y Argelia o los oficiales portugueses de Angola, Guinea y Mozambique... múltiples ejemplos de un incremento del papel militar en la vida política y social de Occidente después de durísimas guerras coloniales. Y una interesantísima duda está en saber si nuestro Ejército -después de casi cien muertos en esta guerra absurda- será capaz de abrir este período de reflexión y de debate interno, y comenzar a redefinir la naturaleza no sólo de sus propias relaciones internas, sino también de sus relaciones frente al poder político y frente al conjunto ciudadano.

¿Reflexionarán los Soldados de España sobre todo esto o han perdido todo espíritu crítico? ¿saben lo qué están haciendo allí realmente? Reflejo de esta época confusa, la voluntad política que los ha llevado allí no resulta convenientemente explicada. Y, por si esto fuera poco -o tal vez por esa misma falta de toda explicación razonable- los españoles miran para otro lado en lo que a este conflicto se refiere. Lo desconoce o, directa y frontalmente, se opone a esta guerra lejana. ¿Reflexionarán nuestros Soldados sobre este divorcio paranoico y divergente entre decisiones gubernamentales, voluntad popular y la capacidad del propio Ejército de llevar a cabo eficazmente las misiones encomendadas?

Y, mientras tanto, nuestros Soldados seguirán muriendo en Afghanistán.Tal vez sin haber leído -nunca- a Kipling.

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