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NUESTRO INDUDABLE DERECHO A LA FELICIDAD (AGOSTO 2.009).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 188 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

En contradicción con el título de una bellísima película de finales de los ochenta -la primera que rodó el Director francés Etienne Chatiliez- podemos decir que la vida no es un largo río tranquilo. Y es que, punteando todos y cada uno de los hitos esenciales que la jalonan, la vida está llena de socavones y cuestas, caídas y levantadas, sobresaltos y sueños, y demás altibajos y contingencias usuales de toda existencia humana. La vida no es tranquila. Es una sucesión imparable de acontecimientos y, dentro de estas naturales contingencias -y en la vida de cada ser humano- pueden predominar los aspectos positivos y los negativos. Es decir, las cosas buenas y las cosas malas. Nuestro respectivo grado de acomodo ante unas y otras determina -de manera directísima y clara- nuestro nivel de conformismo... de adaptación a lo que nos toca en la marisoliana Tómbola del Mundo.

Fijaros que hay quien lleva una mala vida a cuestas -una vida de esas que espeluznan por sus desfavorables avatares- y lo hace con una dignidad y una alegría de vivir que ya quisieran otros para sí. Otros, como por ejemplo aquellos mismos que -por contra- se han visto agraciados por la fortuna y que, sin embargo, se arrastran por el mundo como almas en pena de suplicio. Vidas y modos de vivirlas que, en esencia, son distintos para cada ser humano... para cada circunstancia vital. Alegres, tristres, resignados, rebeldes... todos formamos la gran familia humana y todos -también- o luchamos o nos rendimos. O nos conformamos o no. Siempre es una mera cuestión de valentía... o vamos e intentamos mejorar o no vamos y nos quedamos donde estamos... a veces peor que si cayéramos luchando.

Al igual que cada persona va coleccionando avatares dentro de su esfera personal, los partidos políticos también tienen vida propia e intransferible. Partidos que -en el cotidiano quehacer político que les caracteriza- han ido acumulando un saldo moral favorable... una estructura sólida y fuerte que les permite aspirar a prestar una influencia decisiva en la propia sociedad en la que proclaman y defienden sus ideas. Por el contrario, existen otros cuya acumulación de puntos negativos es tan alta, que sólo tienen dos opciones. O resignarse y morir o -de forma radicalmente opuesta- realizar los cambios oportunos para intentar salir de ese círculo de actuación negativa. Conformarse o luchar. Y eso es -precisamente- lo que ocurre con el falangismo. Nuestro momento actual es -en extremo- trascendente e importantísimo. Por si alguien no lo sabe, se está decidiendo nuestro eventual carácter de fuerza política alternativa. Ser o no ser de nuestra Casa, cansada ya de soportar las pesadas cargas del fracaso. Pretender todavía ser algo en el futuro o dejarlo tal y como está y morir con mayor o menor dignidad.

Pasa igual que con las personas. Alguien acostumbrado a las desgracias acaba conformándose con que ocurran. Alguien habituado a la frustración y a la pena, acaba viviendo cómodamente entre ellas. Juzgando inevitables las desgracias -como cuenta Elliot que terminó pensando el Conde Duque de Olivares ante las constantes derrotas españolas de nuestro declive imperial- uno acaba viviendo entre desgracias... imposibilitado de reaccionar positivamente ante la adversidad. Habituado, acostumbrado y cómodo entre la realidad triste del fracaso. Como si -habiendo conocido a la mujer de nuestra vida- no nos atreviéramos a luchar por ella renunciando a toda posibilidad de amor sin lucha. Todo antes de dar un salto que -de una forma u otra- viniera a empeorar la situación. El archiconocido aquí me quedo y no me muevan por favor... no sea que las cosas empeoren. Ese tan español Virgencita... que me quede como estaba. Amor... José Antonio nos enseñó que -también- la política era una tarea presidida por las pautas del amor. Y amar es la búsqueda constante de situaciones más perfectas... de empresas comunes entre los que se aman.

Lejos de ello, la resignación y el conformismo se han apoderado de Falange lastrando su posible crecimiento como una losa. Sin realizar ningún cambio político ni organizativo esencial, las formaciones falangistas languidecen en medio de su propia complaciencia ya que, al mirarse el ombligo y analizar la situación, llegan a la conclusión de que las cosas podrían ir mucho peor de lo que van si nos arriesgamos a cambiar y que -por tanto y parafraseando a Lampedusa- es mejor no cambiar nada para que nada cambie. Y eso en el mejor de los casos porque, para otros, la situación actual es respaldable porque sigue líneas políticas acertadas y dignas de aplauso. Lo nunca visto en lo tocante a la justificación de la miseria en resultados. Y así vamos... deshaciéndonos trágicamente como un azucarillo en el agua. Año tras año: menos propuestas, menos afiliaciones y menos éxito en difundir nuestro mensaje. El conformismo hecho política... adueñado no sólo de nuestras organizaciones, sino de los sufridos afiliados a las mismas.

Sin embargo -y frente a este rígido, demoledor e infecundo conformismo- existe una posibilidad de cambiar. Una posibilidad de transformación positiva de nuestra opción política que, al menos en su intento, rompería esta inercia en el declive que nos caracteriza. Se trataría de acercar el nacionalsindicalismo a la vida soñada. A lo que debe ser elevándose -de una vez para siempre- de lo que es. Trascender provechosamente de la triste realidad que nos rodea. Acercarnos a la vida soñada.

Porque la vida soñada es aquella que querríamos llevar y que -por un motivo u otro- no podemos. La diferencia entre llevar una vida anodina y triste y llevar la vida que nos gusta está -más a menudo de lo que parece- a unos pocos pasos de diferencia. Habitualmente, estas distancias pudieran ser menores de lo que, en principio, nos parecen. La clave está en el miedo al cambio. Siempre el miedo transforma en insalvables distancias que podrían ser abarcadas con mucho menos esfuerzo del que pensamos. Nos asusta la lucha antes de haber comenzado a combatir. Quiero creer que un ser humano no sólo tiene el derecho a cambiar de vida, sino a luchar por este cambio. A luchar por la vida soñada. Por la conquista de la felicidad, en el puro sentido que daban al concepto los primeros legisladores constitucionalistas. Todo ser humano puede perseguir un cambio en su vida opiniéndose directamente al conformismo cómodo... ¿por qué nosotros no?

El falangismo debe dar ese paso. Creer que es posible una transformación de nuestra opción política... y luchar por ella. Creer que todavía tenemos mucho que decir. Mucho que amar. Lo que no podemos hacer ya -bajo ningún concepto- es quedarnos como estamos. Porque no sirve y porque -año tras año en triste procesión- se ha demostrado que no constituye un camino viable el que estamos llevando de una manera conscientemente errónea y políticamente suicida. Pelear por la vida soñada de La Falange y de los falangistas. Atrevernos, en definitiva, a recorrer los pocos pasos existentes entre lo que tenemos y lo que podríamos tener tan sólo creyendo en nosotros mismos y actuando en consecuencia.

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