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NUEVAS PERSPECTIVAS SOBRE SINDICALISMO MILITAR (26/VII/10).

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 TAGS:undefinedHan sido los protagonistas más sacrificados, abnegados y silenciosos de la Transición. Se exigió de ellos un comportamiento excepcional en un tiempo también excepcional. Cumplieron de sobra. Con esta actitud serena y firme, los Militares Españoles rindieron un servicio innegable a la Nación pero, al mismo tiempo, hipotecaron su futura actuación a estos modos resignados y silenciosos. Este comportamiento excepcional -que exigían las concretas circunstancias históricas del momento- se convirtió sin embargo en norma y patrón constante de conducta, a pesar de que las circunstancias han cambíado. Contumaces mudos de uniforme. La resignación concebida como virtud castrense y el silencio entre los valores militares. Y así, año tras año, se ha ido conformando un nuevo -y particularísimo- perfil del Militar Español. Ciudadanos sin opiniones visibles, parecen no tener criterio alguno sobre las gravísimas materias que, ahora más que nunca, nos están afectando a todos. Difícilmente encontraremos un ejemplo similar. El caso de un colectivo que, no se sabe bien si por voluntad propia o por imposición ajena, ha perdido la voz, constituyendo un especialísimo grupo profesional dentro del conjunto de la sociedad española. Un grupo al que no se escucha porque -entre otras cosas- ha perdido toda posibilidad de manifestar sus inquietudes y sus puntos de vista. De esta forma, han asistido impasibles a la adopción -por los sucesivos Gobiernos habidos desde finales de los años setenta- de medidas que les afectan sin poder manifestar nada al respecto. Nada que no sea la más firme adhesión a las mismas, por supuesto.

Se podrían relatar esquemáticamente los acontecimientos históricos de los últimos años españoles marcando como hitos las sucesivas renuncias y demás pérdidas de derechos de los integrantes de nuestras Fuerzas Armadas. En progresión constante, esta pérdida se ha manifestado no tanto en la pérdida de poder adquisitivo derivada de los salarios militares, sino también en aquellas materias de orden moral -espiritual- que contribuyen a forjar los caracteres propios de cualquier agrupación castrense. Las últimas noticias al respecto vuelven a marcar algunos de estos hitos. Por ejemplo, los recortes salariales aprobados por el Gobierno Zapatero o la privación, por parte de la gestión de la Ministra de Defensa Carmen Chacón, de inveteradas tradiciones castrenses en determinadas ceremonias o ritos.

Mucho se ha venido hablando en estos días del llamado descontento militar a raíz de estos últimos acontecimientos. Y lo primero que debemos plantearnos, siempre y al hablar de este espinoso tema, es -si de verdad- existe tal estado de descontento entre nuestros militares. Porque cabe la posibilidad de que, tras tanto repetir que nuestros soldados carecen de opinión, ellos mismos se lo hayan acabado creyendo. Es posible que, tras años y años de presión gubernamental -más o menos sutil- sobre los Ejércitos, se haya convertido el Militar Español en un ciudadano preocupado únicamente por aquellos extremos indispensables para el desarrollo correcto de su labor profesional. Fuera de estas tres o cuatro cosas esenciales, bien pudiera ser que a nuestros miltares no les interese un comino ni la recesión, ni el ascenso nacionalista, ni la crisis bancaria, ni los instrumentos democráticos de participación directa, pongo por ejemplo. La eterna ficción no sólo de que los soldados no opinan sino de que, además, no tienen derecho a intervenir en la vida pública en ningún caso. Esta circunstancia está en íntima conexión con su prohibición de sindicarse en defensa de sus intereses profesionales.

Creo que los militares tienen derecho no sólo a hablar, sino a luchar por sus legítimos derechos. A crear Sindicatos que les defiendan y que, a la vez, sean el germen de una forma futura de participación en nuestra vida pública. No resulta lógico propugnar una sindicalización de la vida española no reconociendo, al mismo tiempo, este derecho a un importantísimo sector profesional. Tal sería, además, el paso indispensable hacia el modelo de Fuerzas Armadas que estamos propugnando. Siempre y cuando estemos propugnando alguno, claro está. Y es que, para los que creemos que los soldados deberían tener la posibilidad de constituir sindicatos y a trabajar en ellos en defensa de sus intereses propios, la prohibición contenida en el artículo 1 de la Ley de Libertad Sindical resulta demasiado tajante en su limitación. Máxime como cuando, en el caso de España, el art. 28 de la Constitución no prohibe la sindicación militar, sino que la permite en la forma y condiciones que requiera su especialísima función. La cuestión no ha dejado nunca de replantearse. Desde una perspectiva jurídica no han faltado voces que manifiestan que esta prohibición es contraria, además, a la legislación internacional al respecto. El poder político ha venido a limitar todo lo posible la posibilidad de agrupaciones profesionales dentro de los Ejércitos. España y su tradición juntera y ese miedo ancestral de los civiles a cualquier clase de influencia militar en la vida pública.

Y ello es injusto. La inexistencia de sindicatos provoca -de manera directa- una imposibilidad práctica del soldado en canalizar adecuadamente su descontento. De este simple derecho de agruparse y protestar -que disfrutamos todos los españoles por el solo hecho de serlo- carecen los miembros de las Fuerzas Armadas. Esto no deja de tener una importancia capital a la hora de contemplar el marco de las relaciones entre los militares y las distintas instituciones del Estado. Porque, por lógica, las reclamaciones de nuestros soldados no tienen la fuerza suficiente como para presionar eficazmente sobre sus responsables políticos. Muchas veces, no dejan de ser murmuraciones de café o rumores sin ninguna consistencia informativa, dejando al soldado al arbitrio absoluto de cualquier clase de decisión política.

Lo estamos viendo todos los días. Hoy es una carta en un periódico que, firmada por un Coronel retirado, protesta por el trato dado por la Ministra a La Legión. Ayer era la Bandera izada en el Monte Orbea por un grupo de soldados fulminantemente expedientados. Así sucesivamente. Quejas inconexas y aisladas. Protestas individuales y -casi siempre- expresadas en voz baja y con el mayor de los cuidados. Reclamaciones que, en el mejor de los casos, merecen un pequeño espacio en cualquier Diario de tirada nacional y la mirada hacia otro lado del resto de sus compatriotas.

La Transición los ha convertido en los tres monos de la sociedad española. Vivimos en la ficción social de que nuestros soldados ven, oyen y no opinan. Habrá de todo, pero yo creo que existen militares -tal vez los menos todavía- que se están dando cuenta que la situación económica y política ha dado un giro radical, que estamos viviendo un verdadero cataclismo financiero e institucional y que, por estas razones y por muchas más, está desmontándose muy rápidamente el esquema de valores construídos alrededor del consenso constitucional de 1.978. Existe un nuevo Soldado Español, al igual que existe un nuevo modelo de profesional en todos los ámbitos de la vida social y económica. Personas que han tomado conciencia de que se avecinan cambios importantes y que debe trabajarse por nuevas formas sociales más justas. Y así, al igual que ocurre en el resto de los sectores sociales europeos, el primer paso de estos soldados concienciados sería el reconocerse. El segundo, agruparse. Y el tercero, ponerse a trabajar en ello.

Se está avecinando un mundo nuevo. Vivimos un momento verdaderamente excepcional y único. La sociedad está cambiando, y todo ciudadano español tiene derecho a manifestar su opinión respecto a esta sociedad en tránsito. Incluso nuestros militares. Deberían tener la oportunidad de debatir y pronunciarse sobre cuestiones tales como las actuaciones de política exterior de España, dotación presupuestaria, política de ascensos y personal, respeto a las tradiciones militares, progresión nacionalista y unidad nacional o las nuevas condiciones económicas y sociales. En otras palabras... lo normal entre profesionales que quieran defender sus puntos de vista frente a sus respectivos responsables. Partiendo de la base de que existan militares provistos de estas inquietudes, y a la espera de las oportunas reformas legales que permitieran la sindicación militar, puede afirmarse que sólo una adecuada agrupación de estos profesionales -según sus sensibilidades respectivas- podrá servir de palanca de presión eficaz sobre el poder político. Sólo formando núcleos activos dentro de los Ejércitos se podría inquietar lo suficiente a sus responsables políticos como para tomar en consideración sus demandas. Germen de un modelo de sindicación militar alejado de los intentos que, hasta este momento, se han estado realizando sobre la base de un sindicalismo de clase de corte tradicional.

Esos intentos corporativos han demostrado no ser válidos para la realidad militar, si bien nos han ofrecido ejemplos y valiosas experiencias prácticas. En este sentido, y como ejemplo, basta recordar los esfuerzos asociacionistas dentro de la Guardia Civil. En esencia -y en lo que tendrían de novedad- el funcionamiento de estos núcleos -en un primer momento- podría articularse de esta sencilla forma, y a través de la siguiente mecánica de trabajo:

Una primera fase organizativa, en la que se agruparían los integrantes de estos núcleos en función del lugar en el que están destinados. De esta forma, quedarían agrupados estos profesionales por razones de proximidad en un mismo cuartel o situación administrativa. Estos núcleos quedarían coordinados y dirigidos por alguna clase de Mesa Nacional elegida democráticamente. En un primer momento, y dada la casi absoluta certeza sobre la existencia de expedientes disciplinarios y sanciones, no debería darse a conocer públicamente la identidad de los integrantes de estos grupos de trabajo.

Constituído ya el núcleo en cuestión, y después de determinada la forma y condiciones de trabajo, comenzaría su papel de debate y análisis de los puntos a estudio, así como la elaboración de discusiones y propuestas.

En una última fase, las conclusiones, ideas y peticiones se publicarían en todos los Medios de Comunicación que pudieran estar interesados en su difusión. La importancia de la publicación de un documento de esta clase queda fuera de toda duda.

Valgan estas opiniones como una primera reflexión, pero dejando abierta la materia a cualquier reflexión o debate serio. Camaradas habrá con muchísimo más conocimiento que el mío de la cuestión. Abrir un debate acerca de la misma es ya -en si mismo- un factor positivo y dinámico.

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