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POR UN NUEVO PAPEL DE NUESTRA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL (AGOSTO 2.011).

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 TAGS:undefinedTodos aquellos que conozcan -aunque sea de forma ligera o tangencial- el funcionamiento interno de lo que queda de las organizaciones falangistas, sabe que aquello que -fátua, ridícula y estatutariamente- es conocido con el nombre de Jefaturas Provinciales o de Jefaturas Territoriales no es más, en la práctica, que un reducidísimo grupo de militantes que, como pueden, van sobreviviendo dentro de la marcha política general de su provincia. Y eso en el mejor de los casos porque -como todos sabemos y más a menudo de lo que puede parecer- estas Jefaturas pueden estar constituídas tan sólo por su propio Jefe. Los falangistas de fuera de Madrid en lustros de imparable retroceso. A eso hemos ido a parar en nuestra incuestionable decadencia.

También de todos es sabido que, en realidad, las formaciones falangistas son dirigidas por un pequeño grupo de personas. Un mínimo núcleo de decisión que, ni tan siquiera, suele coincidir en su composición con la de las personas que integran la Junta Nacional. Los miembros de las Juntas tampoco suelen -o pueden- mandar necesariamente demasiado. El número de quiénes de verdad mandan y dirigen puede no ser superior a cuatro o cinco personas. No más.

Los que mandan no se preocupan -por regla general- de lo que pasa en el partido fuera de los límites territoriales de la Ciudad de Madrid. Esta es la vieja queja que, con razón, esgrimen los Camaradas de provincias. Pero esta norma general no escrita tiene dos excepciones. Esos casos concretos en los que, de manera súbita, adquiere una importante relevancia la organización provincial de nuestros partidos.

El lector avezado notará que, en estas cuatro líneas mal y aceleradamente escritas, ni tan siquiera me refiero a la política electoral de nuestras formaciones. La situación es tan lamentable que, año tras año y día tras día, se ha ido haciendo cada vez más difícil presentarse a cualquier clase de comicio: sea nacional, o autonómico o municipal. Correlativamente a esta práctica imposibilidad presencial, se ha reducido la importancia de la estructura territorial de los partidos. Ni tan siquiera es ya tenida en cuenta ante la imposibilidad casi total de concurrir. Pocas listas y cada vez menos. Correlativa pérdida de peso de las Provinciales dentro de los partidos.

Decíamos que hay dos excepciones. La primera es cuando se trata de PEDIR DINERO. Las exiguas arcas centralizadas exigen constantemente ser alimentadas a través de fondos provinciales. Estas exigencias monetarias acentúan la sensación de desvalimiento y abandono de los falangistas alejados de los núcleos de decisión. Fuera de Madrid se tiene la sensación, tantísimas veces transmitida, que tan sólo son tenidos en cuenta a estos meros efectos económicos. A la hora de pagar... nunca se sabe bien el qué.

La segunda excepción -ah... la segunda- viene dada en supuestos de CRISIS INTERNA. Entonces sí. Entonces sí que adquiere la organización territorial una dimensión política que, ni por asomo, tiene en el resto de los posibles escenarios. De repente, pasan a primer plano de interés los responsables provinciales. Comienza a preocupar, en el Despachito de Madrid, quién manda aquí y allá. Y es que los falangistas de fuera de Madrid tan sólo hacen política -tan sólo interesan- en estos casos. A través de las convulsiones internas, las organizaciones provinciales tienen constante comunicación con los responsables del partido -para esto sí- los cuales bombardean a sus responsables con solicitudes de lealtad incuestionable, cierra filas camarada por España y nuestro sagrado Juramento, historias públicas y privadas sobre los disdentes, y demás manifestaciones públicas de rechazo a los opositores internos. Asistimos -no sin cierto pudor- a esa verdadera sucesión de comunicados de tal o cual Jefatura Provincial o Territorial. Parecemos algo -algo numeroso e importante- en mitad de una crisis interna.

Es el momento del teléfono. Alguna vez alguien hará una crónica -todavía no escrita- del papel del teléfono en la marcha de nuestras organizaciones. Y ya no os digo nada si ese teléfono -por razones familiares o laborales- le sale a uno gratis. Llamadas a todos y cada uno de nuestros responsables provinciales. Horas y horas perdidas en la búsqueda de una adhesión inquebrantable. Horas y horas perdidas en denigrar y en propagar falsas historias sobre aquellos sujetos que sean considerados una amenaza interna. Los disidentes nunca tienen razones políticas para actuar: o están locos, o son mala gente, o se están divorciando o vaya Usted a saber qué. Prietas las filas. Cubre tu pecho de azul español. Camarada.

Los miembros de la Mesa Nacional somos personas. Con defectos y manías, historias más o menos duras en nuestros macutos personales, aciertos, dolor y miseria en nuestras vidas. Ni más ni menos que cualquier falangista. Ni más ni menos que cualquier persona. Por eso, ni resulta elegante -ni es lógica- la exhibición de los distintos supuestos borrones de nuestras historias -más íntimas y personales- como explicación única de nuestro proceder político. Como si más de veinte antiguos responsables nacionales y territoriales de, por ejemplo La Falange-FE, hubieran tenido un repentino ataque de locura y de resentimiento de forma simultánea, y hubieran optado por empezar la guerra solos. Esto no se sostiene. Estamos preocupados por la marcha de las cosas, y creemos tener la solución que nos permita ver la luz. Razones estas evidentes para todo el mundo que dedique diez minutos para comunicarse con cualquiera de nosotros sobre esto.

Este verano, hemos hablado con muchísima gente. Hemos aprovechado el tiempo. Activistas y militantes de aquí y de allá que, lejos de contiendas cainitas, quieren ponerse a trabajar de manera inmediata. Trabajar dentro de nuevos esquemas de organización y con la vista puesta en objetivos revolucionarios redefinidos y viables. Activistas y militantes que están cansadísimos de este estado de cosas, y de esta manera de afrontar nuestra decadencia. Activistas y militantes que nos han contado lo muchísimo -y bien- que hemos sido vejados, insultados y calumniados. Menos que en otras ocasiones -bien es verdad- pero también con mucho tesón y esfuerzo persistente.

Y todo porque, en esta o en aquella provincia, se han manifestado simpatías por los objetivos políticos de la Mesa Nacional para la Integración y por las personas que la integran. Lo de siempre. La gente está cansada y harta de muchas cosas. Y en vez de reunirse con este conjunto de militantes no conformes y llegar a acuerdos suficientes -como hacen todas las entidades políticas serias del mundo occidental- los responsables de nuestras formaciones optan, otra vez, por tirar del teléfono. Insultos y mentiras que dejan sin respuesta tantas y tantas cosas. Injurias y calumnias en vez de dar voz -de verdad- a las provincias.

Y una vez más, a lo largo y ancho de España, las viejas concepciones patrimonialistas del partido olvidando -como hemos dicho tantas veces- que las estructuras políticas deben de organizarse desde abajo, y que las líneas políticas, de la formación de que se trate, deben ser las marcadas por la voluntad mayoritaria de sus afiliados. Que los militantes son muy libres de tener plenas simpatías tanto por las ideas defendidas por la Mesa como por las personas que las sostenemos. Y que es a ellos a quienes se deben los responsables provinciales, y no a la voluntad de los que -desde arriba y de manera más o menos enérgica- exigen por teléfono una fidelidad incondicional, antigua y desfasada. Eso es lo que decimos nosotros. Que los afiliados tienen pleno derecho a opinar y, si así lo creen y acuerdan, a identificarse con los métodos y fines de la Mesa Nacional para la Integración. Que aquí cabemos todos, incluso los que nos insultan.

La Mesa Nacional avanza hacia un modelo flexible de organización y propugna una revitalización de la actuación revolucionaria en toda España. Para ello, necesita una organización descentralizada y una representación constante de la gente de fuera de Madrid en un órgano amplísimo de coordinación. Voz y voto real y permanente y salir -de una vez por todas- del actual ostracismo. Escuchando de nuevo el viejo grito de ¡¡¡Eh Las Provincias... en pie!!!

La Mesa está construyendo una alternativa práctica y directa de confrontación frente al Estado. Dentro de esta alternativa tenemos todos acomodo: afiliados y no afiliados, entidades y simples activistas independientes. Todos sin excepción y a través de formas consensuadas de dirección y de gestión. Sin mentiras ni calumnias. Sin más enfrentamientos ni estériles tanganas. Sólo nosotros, sin trampa ni cartón y siendo como somos. Pero gobernados por nosotros mismos y luchando juntos por objetivos muy sencillos.

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