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OCHENTA AÑOS DESPUÉS.

 TAGS:undefinedOchenta años ya del fusilamiento de José Antonio. Es tanta la enormidad del drama y tanta la sensación de pérdida -curiosa percepción tantos años después y entre personas que no coincidieron en su época- que, muchas veces, se nos pasan por alto las razones. Esas causas que, en más de una ocasión, han quedado ocultadas bajo el grosero vocerío de la protesta o bajo el silencio de una noche de ritos y de marchas. Los íntimos motivos del sacrificio de José Antonio. Siempre por encima de la costumbre conmemorativa y de la fría y mecánica plegaria. Yo no quiero olvidar las razones, y tampoco podría mirar para otro lado ochenta años después.

Yo creo que José Antonio ha muerto por la Libertad. Aquella Libertad que, escrita con mayúscula inicial, se convierte en un concepto por el que merece la pena dar la vida. Porque la Libertad de España no es otra cosa que la Libertad de los españoles, y porque José Antonio ofreció su vida por la idea de que todos y cada uno de nosotros fuésemos cada día un poco más libres. José Antonio murió por ese puñado de libertades que, profundizadas y practicadas día a día, convierten a un país en algo digno de vivir: en un lugar bello, habitable y pacífico.

José Antonio murió por ampliar la base exigua de nuestra democracia: por extender nuestras posibilidades de decisión política dentro de todos los ámbitos de nuestra vida. Y no murió por recortar este fundamental derecho. Ofreció su vida en aras de un modelo político en el que el poder del Estado debía de ser repartido entre la gente y no concentrado en manos de unos pocos. Un sistema democrático avanzado y moderno, en el que el Estado iría siendo cada vez más pequeño en contraste con el progresivo poder del individuo sobre su entorno.

José Antonio murió por afirmar que los poderes financieros eran un pesado y constante lastre para el desarrollo de nuestras libertades, y que debían ser abiertos, transparentes y democratizados por el pueblo. Murió por una banca de las personas y para las personas, y para que todos fuéramos titulares y dueños de los medios de producción. Murió por la tierra y por la empresa y por nuestro derecho a poseer y a trabajar ambas cosas. Pero no murió por defender nuestro actual modelo económico o por sustentar la vigente relación entre el capital y el trabajo.

José Antonio murió por la construcción de una Patria unida en su diversidad: por un conjunto de pueblos y de lenguas distintas que podían definir un destino común en el mundo. Pero por lo que no murió fue por el mantenimiento del modelo centralista borbónico o por una España territorialmente encorsetada de forma artificial y roma.

Asistiremos estos días a la acostumbrada romería de fastos y de acontecimientos necrológicos. Esa Falange Mortuoria que, como pez en el agua, se mueve cómodamente en estos eventos y efemérides. Muchos de nosotros hemos aprendido a no buscar a José Antonio allí. Lo consideramos muy lejos de todo eso. Una más de las fúnebres paradojas que han configurado el nacionalsindicalismo. Y no deja de ser un contrasentido que, en estos días de recuerdo y de duelo, asistamos a la invocación de su recuerdo por aquellos que mantienen, de manera pública y privada, posiciones políticas y humanas contrarias a las mantenidas por José Antonio al ofrendar la vida a nuestra idea de España.

Será recordado -sin duda de forma bienintencionada por todos o por casi todos ellos- por aquellos que propugnan el retorno a la España autoritaria que venció en 1.939, por aquellos que niegan y limitan la libertad del individuo en el seno de su comunidad, por aquellos que exaltan razas o nacionalidades como motivos de exclusión, por aquellos que entienden España como nación de un solo pueblo y de un único idioma, o por aquellos que defienden el mantenimiento del orden capitalista como único posible en el actual estado de las cosas. En definitiva, será homenajeado por aquellos que defienden un proyecto estatalista, plutocrático, limitativo de nuestras libertades y profundamente conservador en lo social, en lo económico y en lo político. José Antonio como abanderado de un modelo político del que -a pesar de los gritos y de las amenazas y de las acusaciones y de los insultos- llevamos muchos de nosotros dando la espalda hace ya largos años.

Ochenta años de su fusilamiento, y lo que resulta verdaderamente asombroso es tener que volver a hablar de esta contradicción miserable. José Antonio como gran incomprendido no sólo para los extraños -es natural que no conozcan los ejes esenciales de nuestros principios políticos- sino también para los que se dicen propios. Pero, tal vez por esta misma razón, resulta algo obvio que siga siendo nuestra primordial tarea -mucho antes que la de la algarabía del recordatorio vocinglero o que la de la pública y diversa manifestación de lutos y de duelos- el trabajo de nuestra reorganización silenciosa. La agrupación de un puñado de personas en torno a unos preceptos esenciales y claros: la construcción de un falangismo coherente con sus propios principios.

Mientras tanto -mientras se cumplen ochenta años de la infamia y de la ignominia- seguiremos creyendo que José Antonio está vivo en los anhelos de Libertad, con esa mayúscula inicial, de todo un pueblo.

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