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LOS OTROS MUROS DE BERLÍN (NOVIEMBRE 2.009).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 199 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Veinte años hace ya que cayó el Muro de Berlín y hoy -más que nunca- parece que fue ayer. Nosotros habíamos crecido con el mundo dividido en dos Bloques antagónicos. Capitalismo y Comunismo se disputaban -sobre la piel de nuestra infancia y de nuestra juventud- los trozos más grandes de la tarta del mundo. Nos habíamos habituado a vivir sobre el miedo permanente a la confrontación nuclear que -con frecuencia- asomaba aquí o allá en forma de pequeños conflictos calientes dentro del marco de la Guerra Fría. La URSS y su infinito potencial. Grandes desfiles en la Plaza Roja y la fuerza del Comunismo lanzado hacia adelante. Y, de repente, cayó el Muro. Y con él -y rápidamente- todos los regímenes comunistas que se habían desarrollado bajo su sombra protectora.

Había caído uno de los grandes mitos modernos. El de la fortaleza irreductible del bolchevismo, así como el de la supremacía europea de la extinta URSS. Con el Muro, caía uno de los sueños más violentos, crueles y deshumanizados de la Historia Moderna. El sueño de la Justicia dentro del Estado marxista... el de las ansias revolucionarias bajo las banderas rojas del socialismo estatalista. El Comunismo -que parecía eterno- estaba cayendo ante nuestros ojos tan velozmente como también caían los ladrillos del Muro de Berlín.

¿Qué hacías tú el día que cayó el Muro de Berlín? Lo recuerdo perfectamente. Estaba cenando con un grupo de amigos -precisamente- en un Restaurante Alemán. Qué pena no recordar con exactitud las charlas que tuvimos esa noche, así como los pronósticos ilusionados que -entre unos y otros- de bien seguro hicimos sobre la marcha de los asuntos mundiales. Tal vez no existieran grandes teorías, y ello debido a la estupefacción que nos produjo la súbita rapidez en la que todo este acontecimiento histórico se desenvolvió. Lo que sí que existía era una indudable alegría y una gran esperanza en el cambio que se avecinaba.

La política de bloques era terrorífica. En el sentido más estricto de la palabra, ya que estaba basada en un equilibrio de fuerzas -entre las grandes potencias hegemónicas- conseguido única y exclusivamente a raíz del miedo nuclear. El terror inspirado por el acontecimiento más pavoroso al que el mundo se había enfrentado nunca constituía la forma más eficaz que, hasta la fecha, habían inventado las sociedades humanas del Este y del Oeste para el mantenimiento de la paz. El miedo había guardado la viña hasta la fecha, y ese sencillísimo mecanismo de paz se vino abajo -por sí mismo y sin que nadie lo declarara oficialmente fallecido- en el momento en que el Bloque Soviético se desplomó.

Sonó la hora del Capitalismo triunfante. Había ganado la batalla ideológica y económica y se alzaba -sólo y sin adversarios- sobre el panorama mundial. El Nuevo Orden Mundial. El libre mercado como principio rector de la Comunidad Internacional. Todos más libres y más prósperos, y una elevación del nivel de vida en todas las Naciones. Sin embargo, ello no ha sido así. La Historia ha ido muy rápido -mucho más rápido- desde entonces. Y no ha ido a mejor, precisamente. Pronto nos dimos cuenta de lo que suponía la desaparición del equilibrio del miedo y lo que nos traía el triunfo de un capitalismo ilimitado... guerra y toda clase de inestabilidad planetaria. Los Balcanes, Líbano, Palestina, Iraq, los interminables conflictos africanos, la guerra en las antiguas Repúblicas Soviéticas... un mundo convulsionado por una violencia feroz en lugares de nombre impronunciable, y apenas escuchados hasta entonces. La existencia de una visión unilateral de la vida política no garantiza -en absoluto- el mantenimiento de la paz mundial. Por el contrario, agudiza y multiplica -de manera constante- las situaciones de conflicto bélico.

Y es que se ha producido una sustitución de la confrontación Este-Oeste por una terrible pugna entre el Norte y el Sur. Aquí ha residido el quid de la cuestión... unos pobres que cada vez son más pobres y unos ricos que cada vez son más ricos. Un estado de cosas que indica -cada vez con más fuerza- que esto no marcha como tiene que marchar. Que el llamado Nuevo Orden Mundial es un camelo. Una gran mentira sanguinaria. Porque se nos vende que el Capitalismo es el único sistema económico viable en el mundo que nos ha tocado vivir. Ello no es así, por supuesto. Diariamente, podemos ver esta viabilidad en los ojos de un niño africano... o en la peripecia dramática de un inmigrante ilegal en Europa o América del Norte. Desde un punto de vista moral, debemos decir que NO a esa alegada viabilidad que no nos gusta. Porque, precisamente, no es viable. Debemos decir que este sistema no cumple la misión moral a la que debe tender toda sociedad política organizada. Que no ha triunfado y que, sin más, merece ser subvertido y transformado. Así nos lo exigen millones y millones de pobres. Así nos lo reclama este estado -inmoral e increíble- de necesidad acuciante de tantas y tantas personas.

El Capitalismo también ha visto caer su propio Muro. Se ha derrumbrado estrepitosamente en los años 2.008 y 2.009. Ahora anda en la pasmosa tarea de reinventarse, apuntalando los oscuros resortes de la tiranía mediante un conjunto de medidas en las que nadie cree. La supremacía capitalista nos ha hecho -a todos- más pobres y más vulnerables. Desempleo y entidades bancarias todopoderosas. Un gobierno de poca gente sobre una mayoría acuciada por -cada vez- más y más problemas financieros. Después del Muro de Berlín existen otros tantos Muros que todavía no han caído, y también se han levantado otros tantos de nueva creación desde entonces. Tanto físicos -como el de Gaza, por ejemplo- como morales. Estos últimos son los más difíciles de tirar: los muros del miedo, de la desigualdad, del hambre, de la injusticia o de los desequilibrios regionales. Ese debería ser el reto de este Siglo.... la caída de los otros Muros de Berlín.

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