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PEDRO SÁNCHEZ. CUANDO LO HORTERA TE HACE ÚNICO.

 TAGS:undefinedNo puedo con Pedro Sánchez. Hacía mucho que no veíamos a alguien tan curioso como lo es el ciudadano Sánchez. Y nosotros que pensábamos que, con Zapatero y con el Zapaterismo, el listón socialista había quedado insuperablemente alto. Sin embargo, ha llegado Pedro Sánchez: el político socialista que, sencillamente, se muestra incapaz de decir nada. Y es que, ni tan siquiera y a diferencia de otros grandes hombres celtibéricos, fomenta la apariencia de estar manejando profundos conceptos morales y políticos. La famosa farfolla de la que hacen gala nuestros próceres desde el tiempo inmemorial de la Restauración: parecer que uno tiene un discurso estructurado y sólido pero que, en realidad, está más vacío de ideas que la mente de Quichi. La comunicación política en España es la ciencia de dotar de un envoltorio elegante a una serie de conceptos vacíos y de postulados insustanciales. Hacer que se dice y decir que se hace.

Pues bien... Pedro Sánchez no sabe hacer ni eso. En ello radica su asombrosa singularidad: en que no sólo es que no diga nada es que -de manera inaudita- tampoco parece que lo diga. Pedro Sánchez -aunque sus asesores nos lo venden como una una mezcla gloriosa de los Gracos y del Churchill de 1.940- ofrece al sufrido votante un soporífero discurso plano y nada original. Pedro Sánchez es un maniquí peinadito y guapo, atildado y horterita que siempre -siempre y pase lo que pase- tiene una frase políticamente correcta en la boca. Y no dice nada más que esa clase de frases aprendidas. Es un caso insólito que nos hace pasar muy buenos ratos. Fijaos bien...  si le preguntas sobre la sanidad, por ejemplo, te contestará que los ciudadanos y las ciudadanas de este país se merecen una sanidad pública de calidad. Si le preguntas, también por ejemplo, acerca de la política educativa, te dirá que los niños y niñas de este país tienen derecho a una educación pública de calidad. Y así sucesivamente y para cualquier cosa. Los asesores de imagen de Pedro Sánchez le han enseñado un conjunto de frases que se pueden aplicar casi para todo, y él las usa indistintamente en un caso y en otro: en un debate de Investidura o cenando en casa de Bertín. No puedo con Pedro Sánchez. 

Porque puede estar hablando minutos y minutos sin decir nada. Nada salvo este conjunto de intercambiables palabras fetiche que, por sí solas, tampoco significan gran cosa: gobierno de progreso, opción de cambio, Mariano Rajoy, un no es un no, mayoría absoluta pero no absolutista, solidaridad y solidario, propuestas de cambio, todos y todas... y así se puede pasar fácilmente una entrevista completa de media hora con Pedro Piqueras o con Ana Rosa Quintana. Haced la prueba, por favor, y decidme qué es lo que piensa Pedro Sánchez sobre alguna materia de gobierno. Me troncho. Tal vez sea la edad, porque cada día estoy más mayor, pero yo no tengo ni idea de las opiniones o creencias de Pedro Sánchez acerca de nada salvo, claro está, lo de aquello de que la política es una tarea de equipo igual que el baloncesto.  Representa Pedro Sánchez, a la perfección, aquello que parecen habernos traído estos tiempos nuevos de cambio -como él mismo diría- del final del bipartidismo y de los recién estrenados repartos de poder. Líderes sin ningún calado político y sin ninguna profundidad en su formación. Pero muy guapos. Líderes que respiran por y para las encuestas y por y para conseguir un buen perfil mediático, pero que carecen absolutamente de proyecto para esta pobre España nuestra. Nunca ha sido tan acertada una palabra de moda como lo es esta para definir los tiempos que corren: postureo. La política del postureo.Da pena pensar que son estos madelmanes el único recambio posible al Partido Popular y al Gobierno de Mariano Rajoy.   

El PSOE está descoyuntado y disperso. Ya no se presenta ante la opinión pública como aquella opción monolítica de firmes liderazgos y de propuestas programáticas bien definidas. El PSOE está resistiendo muy mal los embates de la izquierda populista y chillona de Pablo Iglesias. Frente al empuje imparable de esta extrema izquierda pujante, el PSOE ha optado por el liderazgo de broma de Pedro Sánchez. Me recuerda aquello que hemos leído tantas veces de la Operación Barbarroja en el Verano de 1.941, cuando los artilleros antitanque alemanes quisieron detener a los entonces desconocidos T-34 con sus cañones de 37 milímetros. Cuando les disparaban a menos de diez metros y la granada rebotaba en el anguloso acero siberiano de ese monstruo imparable. Así está intentando frenar el PSOE a los T-34 de Podemos: con un Pedro Sánchez de 37 milímetros. Sabemos que cuando el comunismo avanza, avanza de verdad aunque -y tal vez para compensar- también cuando se estanca se estanca de verdad. Ahora toca avanzar en España, aunque sea en la versión cursi, light y adulterada de Unidos Podemos. Están avanzando y una de las primeras víctimas -entre todos y todas las posibles- va a ser el inefable Pedro Sánchez

Pedro Sánchez podría tener vocación de ser Kerensky. Pero para eso tendría que saber quién fue Kerensky. Y no le da tiempo a estudiar mientras va -sonriendo y apretando manos- de plató en plató y de mitin en mitin.

Sólo una cosa podría evitar la defenestración de Pedro Sánchez. Ni más ni menos que lo hagan, entre unos y otros y unas y otras, Presidente del Gobierno. Y es que el colega tiene de ambición de poder todo aquello que le falta de cultura y de preparación política. Vaya una cosa por la otra. Nos ha estado  mareando durante meses en una frenética carrera en círculo -como un descabezado pollo- buscando alianzas y tejiendo pactos imposibles. Repitiendo mil veces delante de las cámaras eso de pretender encabezar un gobierno de progreso. Menudo fraude. Cuando se ofreció al Rey para formar ese gobierno de cambio tenía las mismas posibilidades de ser Presidente que yo. No había suficientes Diputados para ello y, sin embargo, estuvo correteando de arriba abajo y de izquierda a derecha buscando el consenso del lucero del alba para formar Gobierno. Y no se podía. Para que luego digan que los socialistas españoles no creen en la Divina Providencia. Cuando Pedro Sánchez le pidió al Rey la encomienda de formar un gobierno de cambio para todos y todas los españoles y españolas no podía sino confíar en la intervención divina para hacerlo porque -como era de todos conocido e incluso, naturalmente, también por él mismo- con las simples matemáticas no bastaba. Era algo así como el Milagro de Empel pero en cursi y en cutre: tan cursi y tan cutre como sólo Pedro Sánchez sabe serlo. Ello le ha servido para jugar un poco a ser un hombre de Estado además de, como se ha visto claramente, para afianzar su posición dentro de la organización socialista. Le ha valido para todo menos para ser Presidente.

Pedro Sánchez es un hortera único. Su ambición y su indigencia intelectual le hacen único en su horterismo. Y asombraos... podría llegar a ser Presidente del Gobierno de España. El primer español que llegue a ser Presidente del Gobierno precisamente por eso: por hortera. El último que apague la luz. 

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