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PÉREZ-REVERTE Y EL ORGULLO (FEBRERO 2.007).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 60 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Y es que, sin Pérez-Reverte, lo pasábamos muy mal los falangistas. Entontecidos por años y años de una cierta pereza histórica dentro del mercado editorial, debíamos contentarnos con las constantes reelecturas de las obras de Rafael García Serrano (que tampoco es tan mala compañía, hermanos, como diría él mismo) o con las permanentes revisiones del bronco Luys Santamarina (y ese fresco glorioso, y legionario, Tras el Aguila del César).

Eso cuando no recurríamos a la artilleria pesada, y llamábamos en nuestro auxilio al mismo Hernán Cortés y a sus Cartas o, por qué no, al mejor escritor que ha dado nuestra Infantería, con permiso de Don Miguel El Manco (aunque, para los puristas, este último provenga de la Armada y, por tanto, no cuente): Bernal Díaz del Castillo, picaseca de Medina del Campo. De la Medina castellana y comunera, nada más y nada menos. Aunque muchos dicen de él -por pura purita envidia del bueno de Bernal- que su mérito es menor porque no tuvo que inventarse una historia: se la dieron hecha y masticada los trescientos españoles que le acompañaron en la Conquista del Imperio Azteca, afortunadamente mucho antes que se inventara la alianza de civilizaciones zetapera. Y digo afortunadamente porque ahora hubiera resultado muy difícil la Conquista (metiendo a los valientes txaltecas en colas de regularización e induciéndoles a solicitar subsidios de integración en los Ayuntamientos).

Incluso, muy a menudo, repasábamos con entusiasmo los Episodios de Benito El Garbancero, con la única finalidad de tener el placer de enfrentarnos al gabacho enemigo montados en la grupa del caballo del Cura Merino. Y eso sin hablar del genial Valle y de su doble perspectiva patriótica: carlista y decadente en sus epoyeyas rurales y gallegas,; o tragicómica y deforme bajo el prisma del Callejón del Gato...

Decíamos que lo pasábamos mal los falangistas aunque, como véis, estábamos muy bien acompañados de estas y otras lecturas piadosas que fortalecían nuestro orgullo nacional. Ya es mérito, además, en esta España de los Planes de Estudio inenarrables. José Antonio decía -entre tantas y tantas cosas- que ser español era “una de las pocas cosas serias que se podía ser en el mundo”. Eso era en 1.934, cuando pronunció esta famosa y reiteradamente citada frase. Ahora, en esta Nación de Naciones -cutre, malhumorada y desabrida- habría que añadir que ser español es, también, una de las cosas más difíciles que se puede ser en el mundo. Y es que existen demasiadas fuerzas -extrínsecas e intrínsecas, como dirían los analistas cursis del Grupo Prisa- interesadas en el hecho de que no seamos españoles, de que seamos otra cosa en beneficio de una peculiar idea de España tendente a diluir, en definitiva, el azucarillo de la idea nacional dentro de la sopa aguada de la multiculturalidad, del hecho diferencial, de las nacionalidades periféricas, del histerismo neonazi de Carod o Ibarreche, de la Unión de Actores y de los fondos estructurales europeos. Es decir, una inmensa y nauseabunda bosta.

Sin embargo, llegó el Capitán. Vislumbrado ya en alguna novela magistral (El Maestro de Esgrima), llegó el Capitán Alatriste y su genial panorámica de una época gloriosa y divina. Nuestro Siglo de Oro. Alejado de sociatas y rajoys. El Siglo Español. Asombrados, devorábamos página tras página, encantados de encontrarnos a un héroe español dotado de todos y cada uno de los arquetipos personales -benditos arquetipos que forman un sentir nacional- que forjan nuestras más excelsas virtudes y nuestros más miserables defectos. Virtudes y defectos que han formado, ni más ni menos y a lo largo de una compleja Historia, un modo español de ver el mundo... un permanente Sol de Breda que nos hace distintos y únicos.

Arturo Pérez-Reverte -en todos y cada uno de los Libros de la Serie- nos expone -sin vergüenza alguna- el seco orgullo de venir de donde venimos, de respirar como respiramos...de ser españoles. Y esto nos gusta tanto a nosotros, los falangistas porque, lejos de constituir un patriotismo casposo y zarzuelero (otra vez el bendito José Antonio y su aversión a los chafarrinones de la reacción), se nos muestra agreste y montaraz, tremendamente crítico con nosotros mismos, fatalista en cuanto a la aceptación de nuestros innumerables defectos. Ese amamos a España porque no nos gusta que nos ha marcado en el modo de ver, y de sentir, nuestra realidad nacional. Patriotismo crítico y pasión por nuestros Héroes, Mártires y Pardillos. Que de todo hubo en esta inmesa Viña del Señor llamada España.

Acabo de ver la entrega de los Premios Goya. La Españeta oficialista de actor subvencionado y cobardica ha dado la espalda -como no podía ser menos- a la España de Alatriste. Esa reacción nos la esperábamos todos, porque es imposible una comunidad de sentimientos entre esa patulea gallinácea y la España Alatristiana. Ese abandono me ha llevado a escribir esta crónica, en el hermoso convencimiento de que, a Arturo Pérez-Reverte, los Goya le suenan muy lejanos. Tan lejanos no como los tacones de Almodovar, sino como las andanadas que, allá a lo lejos y a estribor, nos trae el viento desde lejanos abordajes de galeras corsarias.

Y es que, además, Arturo es admirador de Patrick O´Brian, pero esa es otra historia. Un punto más para el caballero...

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