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EL QUE QUIERA... ¡¡¡PUEDE!!! ¿QUÉ TAL SI DEJAMOS DE ABURRIR? (MAYO 2.012).

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 TAGS:undefinedEl falangismo no es una ciencia hermética. Nuestros principios ideológicos no son arcanos reservados al conocimiento de un pequeño grupo de iniciados. El falangismo no es algo de difícil comprensión, ni se ajusta a planes divinos que sólo puedan ser interpretados por santones o sabios. Nada de eso. Por fortuna, los principios básicos del nacionalsindicalismo están al alcance de cualquier persona que -dotada de una inteligencia media- pretenda aproximarse a su conocimiento y estudio.

La sencillez de nuestros puntos políticos es una obviedad para muchos de nosotros. Al menos para casi todos. Los falangistas sabemos lo que somos y estamos orgullosos de serlo. Ese bendito orgullo que nos sigue manteniendo vivos a pesar –incluso- de nosotros mismos. Por regla general, los falangistas sabemos definir nuestros postulados ideológicos y conocemos las razones de nuestra lucha. Faltaría más. Sin embargo, existe un pequeño grupo de profundos pensadores empeñados –día sí y día también- en convencernos de todo lo contrario. La vieja idea de que los falangistas somos y seremos –siempre y en toda circunstancia- menores de edad, y por tanto incapaces de dar un solo paso sin la ayuda –y sabia dirección- de una minoría elegida y selecta. Un pequeño grupo de directores espirituales que, capaces de adentrarse en las tinieblas de nuestra ignorancia, pueden señalarnos la ruta recta hacia la victoria. Algo así como un hermano mayor que ha conseguido adentrarse en los secretos misteriosos del falangismo y que intenta, aunque no sea sencillo, explicárnoslos.

En realidad, todas estas paridas vienen siempre de un sector falangista muy concreto: nuestra muy peculiar derechona. Un sector siempre interesado en hacer de nuestros clarísimos principios ideológicos algo oscuro y difícil. Ellos convierten nuestras sencillas creencias en una materia enrevesada. Ellos dicen que sólo con una profundísima preparación puede encararse de forma acertada la comprensión de lo falangista. Lógicamente, esto es mentira: porque lo fácil es siempre fácil, por mucho que se envuelva en una cada vez más complicada hojarasca de conceptos e ideas.

Este pequeño sector iluminado reabre periódicamente debates doctrinales no sólo provistos de una profunda carga ideológica, sino de un número casi ilimitado de folios escritos. El objetivo confesado de estos densísimos estudios políticos –además del de demostrar la gran valía del que los desarrolla- no es otro que el de la necesidad de deslindar el verdadero falangismo del que no lo es: alejarnos del desviacionismo doctrinal y proclamar la Verdad –con mayúscula- del nacionalsindicalismo. De esta forma, podemos comprobar como, desde siempre, estamos dando vueltas a las mismas cosas y obteniendo las mismas conclusiones. Algo así como el Día de la Marmota pero con mucha más tabarra. Desempolvando textos y glosándolos y haciendo girar -sobre sí mismas- estas viejas cuestiones con peor o mejor estilo literario. El caso es adoctrinar y, de paso, lanzarnos a la cara estos completos -y complejos- estudios teóricos. Un verdadero coñazo. Aunque -justo es decirlo- a veces tengamos que descubrirnos ante tanta erudición, rescate y glosa de nuestros viejos textos, comentarios sobre encíclicas papales, anotaciones sobre textos bíblicos y religiosos... un trabajo increíble de arqueología política y de esfuerzo intelectual para que ideas muy antiguas parezcan nuevas.

Cualquier observador avezado de estos debates podría dar –sin duda- un paso más en la búsqueda de su verdadera finalidad. Se trata simplemente de excluir al falangista que no sea de nuestra cuerda. En efecto... porque si nos erigimos en verdaderos y únicos intérpretes de nuestros referentes ideológicos nos estamos erigiendo –también y al mismo tiempo- en magistrados de un tribunal imaginario: el que decide quién es un buen falangista y quién no lo es. Más exactamente, el que decide quién es falangista y quién no lo es. Simple... ¿verdad? Pues en eso estamos todavía. En la exclusión del diferente y en la pontificación doctrinal sobre materias que, desde la década de los cuarenta del pasado siglo y hasta casi el día de hoy, han sido analizadas hasta la saciedad. Y la mayoría de las veces por mentes más lúcidas que las de nuestros peculiarísimos sabios contemporáneos. Yo he tenido el honor de ser anatemizado por esta curiosa banda de apostólicos chekistas. Eso que me llevo.

No obstante, tenemos que reconocer que les debemos mucho. Porque cómo si no –superando hoy la prima de riesgo los quinientos puntos, redefiniéndose el modelo bancario capitalista, llegando ya a la cifra de seis millones el número de desempleados y estando nuestra economía en una situación de inevitable caída libre- íbamos a poder ofrecer nuestra postura política a la opinión pública española. Gracias a estos infatigables filósofos azules, hoy el pueblo español sabe que Falange o es confesionalmente católica o no es nada, que no somos fascistas, que el falangismo es joseantoniano o no es falangismo y que, por descontado, la figura de Ramiro Ledesma Ramos no debe de ser tenida en cuenta a la hora de estructurar nuestros principios doctrinales. Gracias a ellos, el pueblo español puede tener todavía la esperanza en las soluciones que, desde el nacionalsindicalismo, somos capaces de ofrecerle.

Bromas aparte, muchos de nosotros creemos que esto no es tan difícil. Nuestros particulares integristas dicen que no es falangista todo el que quiere, sino el que puede. Yo creo que toda persona que quiera puede serlo. Afirmar lo contrario no sólo es una pedantería infumable, sino también una auténtica chorrada fruto de una vanidad sin límite y de una total falta de sentido del ridículo. Todos somos importantes y todos somos -a la vez- imprescindibles. Nuestros comentaristas, glosadores, pensadores y filósofos tienen su lugar inexcusable dentro de la Revolución. Eso es evidente. Se necesitan desarrollos doctrinales sólidos y fácilmente comprensibles. Lo que no puede ser admitido -bajo ninguna excusa- es la utilización de estos trabajos doctrinales como elemento de exclusión. Como instrumento de confrontación de unos falangistas frente a otros. Quién asume y defiende nuestras ideas es falangista, y no necesita de homologación alguna por parte de un más que dudoso Comité de Sabios. Esa postura es terriblemente opuesta a ese mismo nacionalsindicalismo que dice -precisamente- defender.

Porque este maravilloso invento tiene unas bases sólidas y muy claras. Clarísimas a pesar de los empeños de estos evangelistas azules. Estas son las sencillas bases de nuestra Revolución.

Creemos que la persona es la base esencial de toda estructura política, y sobre ella debe girar nuestra propuesta. Persona concebida como ente material y como ser espiritual. El Hombre como portador de valores eternos, que son su libertad, su integridad y su dignidad. Esta consideración del ser humano da sentido a todos nuestros postulados e informa todo nuestra acción política.

Creemos en una participación política integral y plena. Formas de representación directa y representativa. El Sindicato y el Municipio como marcos de participación política. Cultura de la implicación ciudadana en los asuntos públicos. Constante participación democrática en la vida política, en contraposición al modelo partitocrático. No se trata de acercar el poder al pueblo. Se trata de repartirlo en sus diversos escalones.

Creemos en la unidad de España, entendida no como mera entidad territorial o administrativa, sino como proyecto futuro de convivencia. España concebida no sólo como una sucesión de hechos históricos pasados, sino como misión futura y unitaria. Municipios fuertes y soberanos y forma republicana de Estado. La unidad de España carece de sentido sino está acompañada de una acción revolucionaria que implante una efectiva Justicia Social. Unidad de España y Justicia Social son conceptos, de esta forma, inseparables.

Creemos en una sindicalización de la economía. Los trabajadores serán titulares de los medios de producción y se agruparán, en un primer escalón, en sindicatos de empresa, desde donde la gobiernan en régimen de autogestión. Los sindicatos de empresa correspondientes a una determinada rama de la producción se van agrupando dentro del sindicato de ese sector económico concreto. Creación de una Banca Sindical con entidades en cada rama de la producción que gestiona los fondos de los trabajadores sindicados y los reinvierte en mejoras sociales que afectan directamente a los mismos. Nacionalización de la energía y de las industrias esenciales. Programa revolucionario en el campo español. La Tierra y la Empresa para quien las trabaja.

Creemos que esta lucha nacional determina en el falangista una forma de ser. Nuestra Revolución debe traer un rearme moral y una prevalencia del espíritu frente a la materia. Somos herederos de una historia repleta de luces y de sombras. Siempre contradictorios, pero también –tal vez por ello- siempre grandes. Ejemplos de lucha y de martirio, pero también de desvergüenza, inoperancia y medro fácil. Proclamaciones de Hermandad al tiempo de disputas cainitas y de enfrentamientos internos sin piedad. Hemos apoyado una Dictadura, pero también nos hemos opuesto a ella. Los valores morales del nacionalsindicalismo constantemente oscurecidos por conductas y actuaciones personales de difícil catalogación dentro de unas relaciones sociales normales y ordenadas. Esa tensión constante entre lo que somos de verdad y entre lo que queremos ser nos hace únicos. Singularidad que, en sí misma, nos aleja de cualquier idea de interpretación única y unilateral.

El que crea en todo esto es falangista. Así de fácil.

No creáis en aquellos que os ponen el marchamo desde fuera. Son unos coñazos que no sólo nos aburren, sino que también nos dividen. Nadie tiene que daros credenciales para algo que, en definitiva, está sólo dentro de todos y cada uno de nosotros. Creer en nuestros principios políticos nos abre la puerta de esta casa. Porque lo difícil no es ser falangista, sino serlo cada vez mejor. Cumplir con el nivel de autoexigencia que implica serlo. Emprender –pese a todo- este camino de superación personal y de humildad que es muy difícil culminar. Esa forma de ser que debería empujarnos a ser un poquito mejores cada día: evitando conductas excluyentes y abriendo puertas en vez de cerrándolas. Por eso... ni caso y adelante Camaradas.

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