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LAS RAZONES DE NUESTRO "SÍ A LA VIDA". "EL ATRIL" DE DIARIO DE LA SIERRA (25/X/09).

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 TAGS:undefinedEn pocas materias como la del aborto se ha manifestado tan nítidamente la polarización en la que se encuentra sumida la sociedad española. Pocas veces -también- tiene lugar una toma de postura pública tan directamente vinculada a una convicción íntima y moral. Ni más ni menos que ligada a la convicción que tenga cada uno respecto a la protección que quiera darse al embrión. Al convencimiento que tengamos respecto al momento efectivo del nacimiento de la vida humana, y a la solución que queramos dar al eventual conflicto existente entre los derechos de la madre y los derechos del todavía no nacido. Una posición evidentemente moral que tiene una plasmación práctica en la vida pública. Pero esta mera convicción moral -muchas veces de contenido religioso- tan sólo podrá ser válida a título individual o meramente personal.

La última gran Manifestación del 17-O ha reabierto el debate en torno a este trascendental asunto, y ha puesto de manifiesto las carencias, contradicciones y defectos de las distintas argumentaciones morales y políticas existentes en esta materia.

Muchas veces la simple afirmación de derecho a la vida apenas es capaz de encubrir una postura profundísimamente egoísta y reaccionaria, en la más triste tradición de la derecha española. La Derecha española no sólo es una de las derechas más egoístas y reaccionarias del mundo sino que -por si esto fuera poco- en este concreto tema está mintiendo a su propia gente. Los dirigentes políticos de este sector no dudan en proclamarse antiabortistas cada vez que la ocasión lo requiere. No dudan en hacerse una foto detrás de la pancarta y de proclamar a los cuatro vientos los derechos indiscutibles de los que todavía no han nacido. Sin embargo, no prohíben el el aborto cuando gobiernan -cuando tienen la oportunidad de seguir los dictados prefijados por su propio electorado- siendo las cifras de abortos -en la Comunidades Autónomas donde la Derecha gobierna- las más altas dentro del conjunto español. Es de suponer que esta circunstancia abrirá una grieta cada vez mayor entre los votantes del Partido Popular y sus cúpulas directivas. Grieta que -por otra parte- ya ha comenzado a tener cierta forma pública a raíz de la última gran concentración antiabortista del 17-O.

Sus primos de la izquierda no se quedan cortos en lo que a la instrumentalización del asunto se refiere. La afirmación a ultranza del derecho al aborto incurre en los mismos vicios en los que suelen caer casi todas las grandes materias que son objeto de reglamentación socialista. No podemos dejar de pensar que todos estos grandes temas del socialismo en el poder no son más que guiños electoralistas dirigidos a la gran masa de votantes de izquierda. Un motivo más de galvanizar un voto muchas veces disperso. Y para ello, fomento sistemático del acostumbrado sectarismo unidireccional de nuestras distintas izquierdas, las cuales ni se plantean -como nunca se han planteado a lo largo de nuestra dura Historia- comprender someramente -aproximación para el diálogo- a la postura contraria. Desde estas posiciones, se dice defender un derecho incuestionable de la Mujer pero -a la vista de los pobres resultados obtenidos por estas políticas- resulta evidente que la defensa de ese derecho se hace -muchas veces- no sólo por encima de la propia Mujer, sino también de nuestros más arraigados derechos de contenido general.

Derechas e izquierdas -como siempre- coinciden en su visión unilateral y particularista del problema. Unidas siempre sobre la base inamovible de la incomprensión recíproca y de la imposibilidad de colaboración mútua. Enlazadas siempre por su exclusivismo unilateral a la hora de determinar los principios rectores de los grandes asuntos nacionales. Lo malo es que aquí -en esta materia concreta- se están dañando demasiado valores defendibles. Básicamente tres: el de la persona todavía no nacida -en el caso de que le creamos digno de protección- el de la mujer que aborta y el de la sociedad española en su conjunto.

Los falangistas creemos que la simple negativa a la posibilidad de abortar ni resuelve el problema ni -tan siquiera- es mínimamente aceptable desde una perspectiva moral. Del mismo modo, tal consideración nos merece la simple afirmación de un derecho incuestionable e incondicional a la vida, siempre que ello no vaya acompañado de un contenido práctico que posibilite la plasmación tanto de este derecho como de otros -relacionados con él- en la vida cotidiana. Una vez más -y desde nuestra óptica- se trata de un problema de solidaridad. Nosotros afirmamos una incuestionable defensa del derecho a la vida, si bien acompañando esta postura con la adopción de una conjunto de medidas no sólo complementarias a esta postura, sino recíprocamente esenciales a la misma.

La clave de estas posiciones solidarias se encuentra en el ofrecimiento -a la mujer que quisiera abortar- de un conjunto de medidas alternativas que garanticen la protección de los distintos intereses en juego. Que protejan la vida de la persona que va a nacer y, al mismo tiempo, que protejan a la madre que se encuentra en esa difícil tesitura. Del mismo modo, y como corolario, estas propuestas tienden a proteger el interés general de la sociedad española, y ello en una doble vertiente moral y práctica. Dentro de nuestras escasas posibilidades políticas -que nos impiden hacer planes programáticos de realización inmediata- los falangistas propugnamos la potenciación de estas medidas paralelas que coexistirían con la legislación abortista, siempre y cuando no exista un partido político en el gobierno que tome la decisión de anular -definitiva y taxativamente- la actual normativa al respecto. Por esta razón -y a la espera de que algún Gobierno haga gala de esta actuación de valor cívico- lo único que podemos hacer es solicitar vías alternativas que minoren -en la medida de lo posible- los daños producidos. Estas medidas se aplicarían de forma exclusiva si aquello -lo conocido como abolición- ocurriera.

La clave puede estar -en primerísimo lugar- en la potenciación de la vía de la ADOPCIÓN como alternativa al aborto. Para ello debemos partir de una premisa básica: en aquellos países europeos en los que esta medida se ha desarrollado -Holanda- ha decrecido notablemente la tasa anual de abortos. Una mujer que acuda al sistema sanitario público o privado al objeto de solicitar la interrupción de su embarazo, debería ser convenientemente informada de esta posibilidad como primer paso de un mecanismo legislativo amplio. Campañas de información que desemboquen en la incuestionable supervivencia del no nacido y en su futura ubicación social dentro de un hogar familiar integrado. Así de fácil. Porque la difícil situación de la madre es canalizada institucionalmente hacia la solución de otra difícil situación familiar.

Otro de los factores que repercuten de manera directa en la disminución del índice de abortos es el aumento de la ayuda social a la familia y, en especial y en concreto, a la mujer embarazada aunque no forme parte de ningún grupo familiar. Estas ayudas deben estar orientadas a complementar los ingresos corrientes de una economía doméstica, al objeto de paliar los gastos que supone el nacimiento de un niño en el ámbito económico de los gastos familiares. Lo que pasa es que el Estado Español es tremendamente cicatero a la hora de conceder estos beneficios económicos, de inestimable ayuda a la hora de apuntalar una sencilla economía familiar. Datos estadísticos nos indicaban -en un pasado muy reciente- que los ingresos destinados a ayudas familiares no alcanzaban en España el 1% del PIB. Este dato es escandaloso y denota -por sí mismo y a pesar de todo el chau-chau oficial- la ausencia de una auténtica política de protección a la familia en las distintas instituciones españolas. Podemos hacer otras cosas con los mismos ingresos. Es una simple cuestión de orden y de fijación de prioridades. Nuestras finanzas públicas deben ser reorganizadas, y reorientadas adecuadamente a gastar más en esta clase de ayudas familiares; a extender la cobertura a mujeres de toda condición, incluídas las no trabajadoras; a eliminar las cortapisas establecidas por índices de renta varíables o por edad (por ejemplo, posibilitando que una madre menor pueda cobrarla hasta que termine sus estudios superiores en el caso de querer cursarlos), y a aumentar verdaderamente las ayudas a la familia numerosa.

Pero es que, además, nuestra reafirmación del derecho a la vida repercutiría -de manera directa- en las condiciones generales de trabajo. Conciliación de la vida laboral o familiar, teletrabajo, continuación de la lucha por una igualación de los salarios y por la supresión de datos discriminatorios de naturaleza sexista en la búsqueda de empleo, establecimiento de un número mayor de guarderías, establecimiento de casas integeneracionales -maravillosa idea alemana que sustituye a la guardería, en el sentido de posibilitar la convivencia cotidania entre los más pequeños y sus abuelos bajo asistencia técnica adecuada- y demás ventajas laborales y profesionales que, de forma barata e imaginativa, sean capaces de generar no sólo fuertes beneficios sociales y económicos en el terreno productivo, sino de producir tremendos beneficios en lo tocante al desarrollo meramente humano o personal. Una sociedad más humana debe ser siempre una sociedad más justa, y viceversa.

Debemos entender que el factor verdaderamente progresista de una política general de gobierno en España pasa, inevitablemente, por el fomento de la natalidad. Entender que una acción gubernativa en ese sentido es capaz de producir, además de una evidente prosperidad económica, un mayor grado de cohesión social. De solidaridad, en definitiva... en esta Europa de cambios demográficos, envejecimiento de la población y recesión capitalista podríamos intentar -por qué no- una decidida acción institucional de fomento de la natalidad.

Estas son nuestras razones para un explicadas de manera esquemática. Yo creo que una simple afirmación no basta, siempre y cuando no sepamos dar a nuestro "sí a la vida" un complejo contenido de nuevas relaciones sociales y económicas. Una lucha por la consecución de nuevos derechos y por la profundización de los derechos ya existentes. La lucha contra el aborto se convierte así, y de conformidad a lo que os he contado, en un factor evidente de transformación social. En una baza más de nuestra acción revolucionaria.

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