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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL CASO BLANQUERNA

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 TAGS:undefinedAgotadas todas las vías procesales ordinarias, se ha decretado por parte del Tribunal Constitucional una suspensión de las penas de prisión impuestas en la llamada Sentencia de Blanquerna, en tanto en cuanto no queden sustanciados los Recursos de Amparo interpuestos frente a la misma. In extremis, se ha evitado la entrada en prisión de todos los condenados por estos hechos.

Me cuentan que alguna voz cabrona y malintencionada -pero cuánto y cuanto hijo de puta está todavía correteando por este viejo Reino de España- anda propagando por ahí la especie de que nosotros -los del Movimiento Falangista de España y adyacentes- nos hemos alegrado muchísimo con la noticia de la entrada en prisión de Manolo Andrino y del resto de los condenados por el asalto a Blanquerna. Esa afirmación insidiosa es una barbaridad... ¿quién se puede alegrar de una cosa así?

Personas que van a ver su vida forzosamente rota y a sufrir la pérdida irremediable de su libertad. Un desastre personal de primer orden. Yo creo que una pena de prisión no puede desearse a nadie, así como a nadie puede alegrar. Sería algo monstruoso sentirse bien con algo tan triste como eso. Los condenados de Blanquerna nos provocan el hondo respeto y la sincera conmiseración que merece toda persona privada de su libertad. Y más cuando uno cree sinceramente, como es mi caso, que la dignidad del penado es uno más de los fundamentos inexcusables de nuestro Estado de Derecho.

Al final, una de esas curiosas paradojas españolas se ha producido en este caso. Porque no deja de resultar irónico que la libertad de unos enemigos declarados de nuestro orden constitucional esté precisamente en manos del mismo Tribunal encargado de defenderlo. Una papeleta más para esta tómbola procesal en la que se ha convertido la política española: lo mismo hoy toca meter al Govern en Estremera y a los Jordis en Soto que mañana excarcelar a Granados o a Forcadell y pasado anular el proceso Blanquerna. Tengo la sensación de que se han cometido muchos excesos bajo la excusa del procès por parte de los unos y de los otros, y que estos excesos han comenzado a pasar factura en cuanto se han puesto en marcha los pertinentes mecanismos judiciales. Algo así como si se hubiera terminado la barra libre en mitad de la fiesta. En este sentido, Blanquerna no sería más que un episodio menor derivado de la situación de Cataluña.

Decía el otro día Ricardo Saénz de Ynestrillas en Radio YA que su sentimiento al respecto era agridulce. Agridulce porque, a pesar de no estar en absoluto de acuerdo con lo que había pasado en Blanquerna, se trataba de personas a las que, durante un período más o menos largo de su vida, había acompañado en militancia y en afanes políticos. Lo mismo me ha ocurrido a mí. Durante unos años intensos, compartí las alegrías y las penas de esa Casa y conozco bastante bien a algunos de los interesados, al igual que conozco bien los resortes internos de la organización. No niego incluso la buena intención de alguna de estas personas, en lo tocante a pensar que su línea política es la adecuada para esta desgastada España de 2.017.

Sin embargo, ello no es óbice para mostrar un profundo desacuerdo tanto con lo que allí ocurrió como con su significado profundo. Sobre todo cuando, desde estos sectores y construyendo un curioso martirologio a la sombra de las penas impuestas, se pretende ofrecer una versión única de lo que es y de lo que debe ser la Falange. 

Blanquerna es el máximo exponente de antiguos usos hoy en día absolutamente desfasados: una acción ejecutada al solo fin de calentar el ambiente de un muy determinado entorno político con miras a una próxima manifestación -los más viejos del lugar hemos encontrado un paralelismo evidente entre Blanquerna y el episodio de Crisol y Santiago Carrillo, si bien calculando mucho peor las consecuencias- y de una vieja concepción de partido basada en la total irresponsabilidad política de sus dirigentes. Porque resulta admirable el apego a las viejas formas milicianas de obediencia incontestable, en lo que tiene de fidelidad a esquemas obsoletos, si bien resulta sorprendente que no haya existido una exigencia interna de responsabilidades que afecte a todas aquellas personas que hayan ordenado e ideado una acción de tan desastrosas consecuencias. Sobre estas premisas, resulta absurdo encabezar ninguna idea de regeneración de nuestra opción política.

Lo que ocurre es que muchos de nosotros no nos vemos representados en esas actuaciones violentas de gestos hoscos y de ademanes desabridos: de senyera tirada al suelo, de indisimulada extrema derecha, de empujones a personas mayores y de rostros crispados por el odio. Muchos de nosotros creemos que el falangismo es mucho más rico y profundo que todo aquello, y que nuestro proyecto de unidad nacional excede ampliamente de esta algarada estéril y de este iracundo vocerío, y que estas cosas hacen un daño irreparable a las posibilidades de recuperación de una alternativa nacionalsindicalista seria y moderna. Muchos de nosotros pensamos que estas posiciones de defensa a ultranza del modelo de unidad nacional consagrado por el Régimen de 1.978 no sólo son plenamente coincidentes con las posiciones defendidas por nuestra derecha política, sino también por las propias instituciones del Estado. Muchos de nosotros creemos que lo que ha ocurrido en Blanquerna no tiene absolutamente nada que ver con nuestra visión del falangismo. Muchos de nosotros pensamos así aunque, claro está, también muchos de nosotros no nos atrevamos a manifestarlo en voz alta.

Muchos de nosotros les deseamos la mejor de las suertes en sus iniciativas procesales ante el Tribunal Constitucional. Lo que no podemos es defender lo indefendible.

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