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LA REPÚBLICA BARATARIA O LAS IMPOSICIONES SECTARIAS.

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No es sólo que la independencia de Cataluña no pueda ser es que, además, es imposible. El mito de la independencia catalana es uno de los timos políticos más grandes de la España moderna... ¿en qué cabeza cabe que, desde el día 2 de Octubre, pueda separarse de España todo un territorio y todo un pueblo al que estamos unidos por infinitas, estrechísimas y ancestrales vinculaciones personales, familiares, profesionales, tecnológicas, administrativas, jurídicas y económicas? ¿Quién puede creer seriamente que, de golpe y porrazo, todos esos innumerables vínculos pueden desaparecer y quedar relegados por una línea fronteriza? ¿Alguien puede creerse que por decreto una parte esencial de España se queda fuera de la propia España, del Euro, de la Unión Europea y de todo a partir del mes que viene? ¿Alguien se imagina a toda la sobredimensionada estructura de nuestro Estado retirándose de una parte de España y cediendo su control a una República Barataria?

No va a haber independencia catalana porque siglos de convivencia nos han unido: nos unen los lazos recíprocos propios de un Estado del Siglo XXI y de un mundo occidental globalizado. No va a haber República Catalana aunque la proclamen desde el balcón ante el gentío. Porque sólo por medio de una actuación a nivel estatal –de una actuación desarrollada por todos los españoles en su conjunto- podría desconectarse Cataluña. Y esta actuación del conjunto de todos nosotros tan sólo podría venir dada por una reorganización constitucional de nuestro modelo territorial. Cataluña es cosa de todos, y no sólo de la extraña tropilla que, coaligada para tal ocasión, se ha arrogado la exclusiva representación del pueblo catalán. Otra cosa es que ellos la pidan, la exijan y la proclamen como cosa hecha e inevitable: sueños de una oligarquía política -estos piezas eran muy españoles antes de este aquelarre, y a la hora de trincar la guita mientras hablaban de una nación española unida en el respeto a los hechos diferenciales-  que está buscando impunidad al calor de este timo.

Al referirse a eso que llaman el procés –que, al parecer, no es otra cosa que la sucesión de los hitos políticos y jurídicos que deben desembocar en el nacimiento de la República Catalana- ha dicho el Presidente Puigdemont que el independentismo va a triunfar porque la democracia es imparable. Este señor es un cachondo. Algo así decía también el General Budienny de su Primer Ejército de Caballería del Ejército Rojo durante la Guerra Civil Rusa: que la democracia galopaba junto a los cascos de sus caballos y sobre sus sillas de montar. Esta referencia me lleva a Isaak Bábel y a su maravilloso libro Caballería Roja: una obra especial que releí en un momento también muy especial de mi vida bajo los árboles centenarios de Avila.

Extraña asociación de ideas que ilustra -de manera perfecta- lo que ha venido ocurriendo estos últimos días en el Parlamento de Cataluña: una carga de caballería que ha arrasado con todo lo que se le ha puesto por delante en nombre de la democracia. Supongo que, en esto como en tantas y tantas cosas, todo depende de la perspectiva que uno tenga a la hora de encarar la democracia, tanto en sus formas como en su contenido. Sabemos que nuestra democracia es imperfecta, y que necesita ser exhaustivamente profundizada y completada a través de una acción política que incremente el poder de decisión de las personas en todos sus ámbitos. Creemos que es necesaria una mayor implicación del ciudadano en los asuntos públicos y que hay que eliminar toda influencia de lejanos y opacos poderes financieros sobre la vida pública. Todo eso y mucho más soñamos en aras de una democracia más perfecta y feliz.

Pero ahora tenemos esta. Y unas leyes legítimas que –anticuadas o no y transformables o no- tenemos todos que cumplir.

Por eso, no creo que lo del Muy Honorable Presidente Puigdemont tenga algo que ver con lo que entendemos por democracia. Esta gente nos ha tomado por tontos. Porque bajo la cobertura de los lemas mil veces repetidos de respeto a las decisiones del parlamento catalán o de la suprema voluntad de los ciudadanos catalanes o del derecho a decidir por encima de cualquier otra cuestión no existe otra cosa que una subversión –por lo demás bastante pacata y morcillona- de la legislación vigente. Pero como esta gente no se atreve a manifestar rotundamente su plena ruptura con la Constitución y con las instituciones del Estado –miedo a las consecuencias judiciales de carácter económico o penitenciario- se pasan el día escudándose detrás de una apariencia de legalidad en la que, obviamente, ni ellos mismos pueden creer. Por supuesto que toda transformación revolucionaria debe hacerse en contravención radical de la legislación vigente –faltaría más- pero sorprende esta cautela y este amparo en los conceptos huecos de un legalismo cada vez más barato. Revoluncioncita de cartón piedra y tanto miedo como tan poca vergüenza a la hora de plantear sus fantasmales reivindicaciones. Pobres catalanes.. ¿qué han hecho para merecer esto? ¿alguna maldición antigua y pavorosa de la Corona de Aragón les ha llevado irremisiblemente a los Pujol, a Puigdemont, y al procés?

No somos pocos los falangistas que –a pesar del griterío hueco que ha predominado en la cuestión dentro de nuestro entorno político- hemos creído que la crisis catalana no era más que otra manifestación del estado de disolución generalizada que, a causa de la recesión capitalista, ha sufrido el Estado nacido al amparo de la Constitución de 1.978. Se han ido al garete las normas y principios que, hasta este momento, habían configurado el equilibrio de nuestro modelo político. El País de las Maravillas de Felipe VI, de la corrupción, del desempleo y del parlamentarismo caótico que nos ha tocado vivir –el fraude de los llamados emergentes- sin que nos extrañe lo más mínimo que haya gente que se quiera marchar: bajarse en marcha de este tren que no nos lleva a ningún destino deseable o atractivo. Nos falta un proyecto nacional válido y capaz de ilusionarnos y, por ende, que nos sirva para mantener unida esta jaula de grillos ruidosos.

Cataluña no se va a separar. A pesar de Puigdemont -Presidente sectario de sólo una parte de los catalanes e inestimable testaferro de fuerzas más oscuras y discretas- y compañía. Por muchos que sean -que no son tantos- no venden más que humo. No cedamos ante la coacción y abramos –a nivel político y con participación de todos- un debate creativo sobre una nueva organización territorial de España. Transformemos entre todos –dialogando y no mediante imposiciones de taberna- el modelo agotado de 1.978. Mantengamos la calma y la cabeza fría y dejemos actuar, sin más, a la Justicia en todas sus posibilidades. Procedimientos constitucionales y querellas criminales a gogó. Pero sin dejar de reclamar lo que queremos en la tarea de la construcción de una Patria nueva y más justa.

Sin tanques ni fusilamientos ni derramando hasta la última gota de vuestra sangre. Sin memes pesadísimos y reiterativos sobre la unidad borbónica y administrativa de España, sobre la necesaria –válgame Dios- intervención del Ejército o sobre la cabra de la Legión. Sin -ni tan siquiera- aplicando ese inconcreto artículo 155 de la Constitución que –cosas de la vida- tanto y tanto nos han invocado últimamente incluso aquellos que siempre han abominado de esta misma Constitución -ahora parece que ya no lo es tanto- atea, antiespañola y masónica. Sin violencia, ni facherío, ni aspavientos ni gritos. 

Dejemos que los Jueces condenen, embarguen y sancionen -si es que tienen que condenar, embargar o sancionar- y que toda persona que se salte la Ley pague por ello. Esa Ley con mayúscula que, mientras no consigamos cambiar las reglas del juego, es lo único que nos defiende de unas conductas tan ilícitas y salvajes como estas: lo único que puede detener a la sinrazón coactiva de la caballería de Budienny.

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