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REQUIEM POR UN SUEÑO ENTERRADO. SE NOS HA MUERTO LA FALANGE.

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 TAGS:undefinedLa Falange ha muerto. La Falange, entendida como organización humana capaz de funcionar eficazmente dentro del normal juego de los partidos políticos españoles, no existe. La Falange no tiene influencia política en ningún ámbito social: ni en los barrios, ni en las fábricas ni en las escuelas ni en las universidades. La Falange se muestra inútil a la hora de articular un mensaje doctrinal moderno, ni tampoco merece la atención de los espacios informativos de amplia audiencia. La Falange no tiene recursos humanos ni materiales de clase alguna: no tiene dinero ni tiene afiliados. La Falange no tiene buena fama: no ha conseguido despegarse del lastre franquista ni ha sabido presentar su mejor aspecto ante los ciudadanos españoles. La Falange no cuenta con ninguna simpatía en la sociedad española: es mal entendida, desconocida y vilipendiada por la abrumadora mayoría de los españoles. Nos somos nada. No somos nadie. Tan sólo unas pocas y desabridas líneas en los libros de Historia de España del Siglo XX. Ni estamos ni se nos espera. Hay que tener el valor -sacar el valor de lo más hondo de nuestras entrañas doloridas- de asumirlo y de decirlo en alta voz.

Estoy convencido de que hace algunos años, todavía hace relativamente pocos años, hubiéramos podido hacer algo al respecto. Reorganizar nuestras pobres fuerzas y transformar nuestra oferta política en un conjunto de principios modernos y viables. Sin embargo, hemos sido muy pocos los falangistas que, desde un lado o de otro de nuestro particular trincherón, hemos intentado organizar alguna clase de respuesta.

Porque la gran mayoría de las personas que, por su trayectoria política o por su amplio y positivo bagaje profesional o humano, hubieran podido ser elementos indispensables de nuestro resurgimiento no han movido un dedo de manera eficaz y práctica. Y no me extraña. No me extraña que no hayan dado ese paso al frente porque nuestro ambiente político es un avispero infumable. Una pequeña madriguera llena de odios, inquinas, envidias, malquerencias y enconos. Somos muy pocos los que, por carácter o por afición, hemos podido acostumbrarnos a tan peculiar contexto humano. Y por si esto fuera poco, resulta en extremo frustrante no obtener resultados -visibles o invisibles- de ninguna de nuestras campañas ni de ninguna de nuestras actividades. No conseguimos nada ni logramos objetivo alguno. Tan sólo ir sobreviviendo malamente año tras año.

Somos muy pocos -minoría dentro de la minoría- los que encontramos en el falangismo un conjunto de principios del más puro y cabal sindicalismo revolucionario: un modelo político federal y autogestionario, caracterizado por una profundización de nuestras libertades y por una extensión de nuestros derechos. La Falange entendida como una forma profundamente democrática de organizar la sociedad. Lejos de ello, la mayoría del falangismo se muestra proclive a posiciones públicas autoritarias, machistas, fascistas, supremacistas, teocráticas y homófobas. La gran mayoría de los falangistas no están presentes en aquellos movimientos sociales que han combatido y que combaten, durante los años más duros de la recesión y hasta este mismo preciso momento, por los derechos vulnerados y recortados de nuestros ciudadanos más necesitados de ayuda.

Por eso, aún teniendo una moral de acero, somos muchos los que hemos empezado a preguntarnos si el falangismo no será, de verdad, aquello que profesa nuestra corriente mayoritaria: un conglomerado confuso de nacionalismo rancio, conservadurismo social e inmovilismo económico. Los que nos cuestionamos si, al final de este invento y después de todo lo que hemos escrito y opinado, no será el falangismo democrático y autogestionario -que unos pocos profesamos- tan sólo un espejismo: una entelequia alejada de las verdaderas fuentes de nuestra ideología. A mí me gustaría creer que no es así, pero cada día me lo ponen más difícil.

La gran mayoría de los falangistas no está en ningún sitio: salvo en la cada vez más pequeña parcela de su organización. Y eso cuando no directamente en su propia casa.
Estamos políticamente muertos. Y resulta vano e inútil seguir luchando por la posibilidad de nuestra recuperación: ello es imposible en las circunstancias y con los medios actuales. No hay otra solución -para todos aquellos que nos resistimos a una rendición sin condiciones- que desarrollar nuestra doctrina en pequeños cenáculos: dejar escritas nuestras conclusiones para que alguien, en un futuro remoto e improbable, recoja la antorcha con otras ideas y con bríos renovados. Pequeños actos sin pretensión alguna y grupos de un corto número de personas reunidas alrededor de un buen café para barajar ideas y charlar tranquilamente sobre la actualidad española.

No queda nada más. Nada sino el siempre honorable recuerdo de los que han dado la vida por el hermoso sueño de la Revolución. Nosotros -los que quedamos- ya hemos muerto y no contamos en absoluto para nada. Muertos sin, ni tan siquiera, haber dado una última y terrible batalla frente al enemigo: tal vez, porque nuestro más tenaz enemigo somos nosotros mismos. Muertos sin honor después de pasar nuestra vida en escaramuzas que, a la larga, han resultado tan inútiles como nuestros nulos resultados. La Falange, damas y caballeros, está irremisiblemente muerta.

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