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EL SILENCIO DEL DESCANSO (ABRIL 2.006).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 17/18 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Llega la Semana Santa y, aunque siempre quedan tontos peligrosos con ganas de jarana, yo procedo a enterrar el hacha de guerra mientras dure el descanso: el maravilloso silencio del descanso. Y es que ha sido un intenso inicio de año, en su primer tramo que ahora termina. Nuestro pueblo inicia una de las Semanas Santas más hermosas del Mundo, y qué menos que disfrutarla en paz y concordia.

Y mientras escuchamos cualquiera de las Pasiones de J.S. Bach -muy adecuadas en esta época del año- nos vamos adentrando en ese descanso merecido. Nada de enfrentamientos. Nada de política. Nada de Elecciones Municipales del 2.007.

Me dispongo a releer a Patrick O´Brian, y a disfrutar de la serie de aventuras en el mar mejor escrita nunca. Si bien me imagino que, sobre ello, tendrán mucho que decir los irredentos lectores y admiradores de Emilio Salgari. Sin embargo, y como os decía, yo prefiero a Patrick O´Brian.

Le prefiero porque crea un universo propio, dotado de unas claves y códigos específicos. Los azares de un grupo de hombres encerrados en un pequeño mundo de madera, alejados casi constantemente de su hogar en tierra firme, y cultivando valores permanentes y universales: el honor, la amistad, el valor personal, la coherencia interior y el gusto por la música. Y siempre en tierras y mares lejanos. Libros sólidos, bien escritos, de estructura impecable y trama inteligente.

Si esto sigue así, nadie leerá en los años venideros. Ni O´Brian ni nada. Y digo esto porque hoy se han hecho públicos los resultados de una encuesta acerca de cómo son nuestros jóvenes.

Al parecer, nuestros jóvenes tienen una autoestima baja, son de centro progresista, poco patriotas, y utilizan su ocio en salir por las noches con los amigos. Por si esto fuera poco -o, tal vez, como consecuencia de lo anterior- los jóvenes españoles no leen. Qué le vamos a hacer, no les gusta...

Lo bueno de las encuestas es que, si te detienes a pensar en lo que dicen, rara vez coinciden con la realidad social que conoces más íntimamente.

Los jóvenes que yo conozco tienen la autoestima bastante alta, salen lo justo, estudian y trabajan mucho, son solidarios y, cosa curiosa, son muchísimo más progresistas que los autotitulados oficialmente como “progresistas”. Además, leen con asiduidad. Devoran libros. Lo malo de ellos es que son falangistas, y esos no salen en las encuestas. ¿Verdad Carlos, Daniel, Jorge, Ana, Marta y demás? ¿Os identificáis vosotros con los resultados de esta encuesta?

Lo que sí parece ser cierto es que la juventud está perdiendo -de forma paulatina- el hábito de la lectura. Por lo que, me imagino, las aventuras marítimas de O´Brian quedarán arrinconadas en una estantería alejada del suelo, para exclusivo disfrute de algunos incondicionales ancianos. En este caso, y por fortuna, existe una excepcional adaptación de Peter Weir (Master and Commander) y, por lo menos, este universo de madera y valor podrá ser disfrutado por medio de un CD por algún coleccionista despistado.

En España, a pesar de ser un país marítimo por excelencia, existe poca tradición de novela naval. La excepcional Cabo Trafalgar de Pérez Reverte es lo último que he tenido la suerte de leer sobre este tema. Me imagino que la habéis leído: habla de la virtud tan española de enfrentarse a la improvisación y al mal gobierno con tan solo una enorme dosis de valor personal. De dignidad. La hispanamente conocida como vergüenza torera. En medio del desastre espantoso, en el fondo de nuestra miseria moral, surge un rayo de luz para la Historia, nacido de algún ejemplo espiritual que, de una forma u otra, viene a redimir la incompetencia de nuestros dirigentes políticos.

Siempre que hemos perdido una Flota (España ha perdido dos -se dice pronto- por culpa de un endémico mal gobierno) han existido ejemplos de valor personal que han servido -cara a la Historia con mayúscula- para salvar la cara, para servir de referente espiritual que justifique, de alguna manera, el desastre. Esperanza en medio de la oscuridad. Promesa de mejora nacional siempre que se corrijan factores negativos.

Sin embargo... ¿qué quedará del ejemplo de Churruca o de Gravina? ¿qué quedará del combate del San Juan Nepomuceno? Me temo que nada, siempre y cuando no varíen los planes de estudio de una forma profunda y eficaz y, al mismo tiempo, no se modifiquen los hábitos de lectura (yo diría mejor de “no lectura”) de los jovenes españoles.

Porque, y esto es lo grave, la falta de cultura en la sociedad española no sólo repercutirá en nuestros jóvenes: en la formación espiritual e íntima de cada uno de ellos. Lo grave es que, irremisiblemente, la falta de cultura irá influyendo, cada vez más, a la moral nacional, a nuestro modo de entender e interpretar los acontecimientos que nos han afectado y nos afectan. Y sin moral nacional no tendremos conciencia nacional. Ni proyecto nacional. Ni idea nacional.

Quiero ser positivo en esta cuestión tan triste y pesimista. Y lo soy porque conozco a nuestra otra juventud. Una juventud que lee y que conoce a nuestros referentes históricos. No os preocupéis: os aseguro que existe y que se está extendiendo.

Por eso, me dispongo a olvidarme de pleitos y plazos procesales, para centrarme en los avatares de otro mundo. Un mundo limpio, con olor a madera y a agua salada, a pólvora y a lonas hinchadas por el viento en el que, al caer la tarde, dos amigos siempre se reúnen para interpretar música barroca de cuerda.

Silencio en el descanso. Vacaciones.

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