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EL SÍNDROME DE VIDELA (JULIO 2.010).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 232 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Vivimos todavía en el sueño. El sueño de una Copa del Mundo ganada con deportividad, con brillantez y con un excepcional juego de equipo. Campeones. A por ellos y yo soy español-español-español. Ejemplo para un pueblo que, ahora más que nunca, necesita mitos y alegrías. Mitos de mejora y alegrías de victoria. Durante unos días, la Selección Nacional nos ha hecho olvidar la cuota mensual de la hipoteca, la cuantía de la prestación de desempleo, el cierre de tal o cual empresa o la inutilidad de los partidos políticos para encauzar, de manera adecuada, posibles vías de salida a esta durísima situación de recesión. Es lo que tiene el fútbol: hacernos soñar con otros mundos posibles, y hacernos olvidar -bendita amnesia de color rojo y amarillo- las aristas cortantes de un presente insufrible e inhóspito. Y tal vez pueda hablaros de esto con la debida objetividad. Con la falta de apasionamiento que tiene todo aquel al que no le gusta el fútbol y que, por tanto, no entiende absolutamente nada sobre este deporte. Ese es mi caso. Alegría instintiva por encima de cualquier consideración técnica.

Esto del fútbol es un juego de luces y sombras. Los distintos prismas con los que, de manera muchas veces contradictoria, puede analizarse este increíble deporte. Por ejemplo, en pocos deportes como este tiene más importancia el juego de un equipo bien conjuntado. Metáfora fácil del poder de la integración de individualidades distintas en aras de un fin superior común. La fuerza de lo colectivo y su prevalencia sobre lo individual. Sin embargo, y al mismo tiempo, pocos deportes simbolizan como este el triunfo imbatible de un capitalismo inhumano y feroz. La imparable sugestión de lo individual -figuras estelares de sueldos inabarcables para una imaginación media- frente a lo colectivo. El culto al individuo que orilla, de forma contundente, las posibilidades colectivas del equipo. Estrellas como Cristiano Ronaldo o David Beckam frente al común vulgar ciudadano.

Luces y sombras. Altos y bajos instintos. Astros rutilantes del fútbol e hipnosis colectiva. Y si ello no deja de ser una afición -muchas veces apasionada- en épocas de bonanza y prosperidad, el asunto no deja de ser peligroso en épocas de pobreza y de recesión. Peligroso en lo que tiene de ceremonia popular de catarsis colectiva. Peligroso en lo que tiene de moderno y actualizado opio del pueblo e instrumento de diversión sobre los problemas reales de la misma sociedad en el que se desarrolla. Un hecho suficientemente estudiado por historiadores, sociólogos y políticos modernos. En concreto, y en España, este espinoso asunto había sido estudiado -profusa y profundamente- por miembros de la intelectualidad izquierdista respecto al Régimen de Franco. Se decía -entonces- que la Dictadura utilizaba el fútbol poniéndolo al servicio de sus fines publicitarios propios, y que mientras el ciudadano medio se apasionara por los avatares de su equipo dejaría -casi automáticamente- de preocuparse por todo lo demás. De esta suerte, el fútbol se había convertido en el Régimen en un mecanismo de dominación del poder sobre el ciudadano, amaestrando y encarrilando cualquier inquietud política o social que pudieran tener muy amplios segmentos populares. En la España presuntamente socialista de Zapatero existiría -lo que son las cosas- la tentación de recurrir otra vez al balón como instrumento anestesiante. Nada nuevo bajo el Sol de España.

Paradigmático en esta cuestión fue el Mundial organizado por Argentina en 1.978. Los argentinos ganaron la Copa. Ofrecieron al mundo una imagen dinámica y pacífica pero, al mismo tiempo, este Campeonato venía a legitimar -en mayor o menor medida- la Dictadura Militar que gobernaba la nación austral en aquellos años de sinrazón y muerte. Goles y desaparecidos, en una mezcla de sordidez, alegría, política y deporte de muy difícil digestión. El Síndrome de Videla, en directa alusión al máximo responsable de la Dictadura Argentina en 1.978. Esa, y no otra, es la cara oscura del fútbol. El deporte concebido como gigantesca alfombra bajo la que esconder nuestra basura vergonzante. Ese es el riesgo de todo éxito deportivo de masas en época de tristeza económica y social. Y esto es lo que debemos evitar, con fuerza, en la lectura de este alegre evento deportivo que estamos, todavía, celebrando.

El rotundo triunfo de la Selección Nacional -venciendo el último partido con la camiseta de color azul mahón neto y proletario- debe de servir como ejemplo edificante de superación y de victoria en equipo. Remar juntos para solventar nuestras dificultades. En este sentido, esta Copa es la Copa de todos los españoles. Y así quedará reflejada en la Historia pequeña y grande de todos nosotros. Precisamente, una España dinámica y moderna contraponiéndose a una España cañí. Sin embargo, estos ejemplos enfervorizados de fácil patriotismo -marea roja y amarilla de, muchas veces, españolismo rancio- no deben servir para ocultar la difícil situación por la que atravesamos. Biombos extendidos sobre la pobreza y desesperación de muchos de nuestros compatriotas. Una victoria que, de forma torticera, serviría de cortina de humo a la necesidad, sincera y esencial, de llevar a efecto una profunda transformación social mediante un conjunto de medidas revolucionarias de naturaleza justa y solidaria. La Copa nos debe servir para hablar de la recesión, y no para olvidarla. El ejemplo maravilloso de nuestra Selección Nacional debe colaborar a construir el cauce a estos anhelos revolucionarios, pero no como un carril forzoso de vacíos instintos populares o de pasiones ciudadanas sin sentido.

Evitar el Síndrome de Videla y seguir luchando por un nuevo mundo que, a lo lejos y sobre la marea roja y gualda de estos días, se adivina en la línea de un lejano horizonte. A pesar de que quieran distraernos con otras -aunque muy agradables- circunstancias sobrevenidas.

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