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THE FINEST HOUR. SOBRE EL LIBRO "LA GUERRA DE CHURCHILL" DE MAX HASTINGS (11/II/11).

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 TAGS:undefined"Preparémonos para nuestros deberes y no dudemos de que si el Imperio Británico dura unos mil años, los hombres del futuro dirán: aquella fue su mejor hora" (Winston Churchill 18 de Junio de 1.940).

La adversidad da la medida de todo hombre. Es la postura que la persona adopta en los momentos difíciles de la derrota –en la desesperanza cruel de los tiempos oscuros- la que viene a determinar su nivel de grandeza moral y su altura de espíritu. Solemos fracasar cuando –sumidos en el caos del dolor y en mitad del desastre- se nos exige una postura digna y una ejemplar conducta. Nosotros –los hombres comunes- no damos la talla ni mantenemos la cabeza erguida sobre el recio oleaje del fracaso. Naufragamos sin gloria ni honor, envueltos entre el desconcierto y las ruinas. Pero también es la derrota la que hace surgir –enorme diferencia respecto a la gran mayoría- la actitud gallarda de los espíritus egregios. De ese excepcional grupo de personas que sabe mantener la dignidad en el naufragio y que constituye un ejemplo de virtudes humanas.

Estas posturas individuales pueden trasladarse fácilmente a la vida de los pueblos. Y así, las naciones rotundamente derrotadas ven como se desploman sus instrumentos usuales de convivencia y de gobierno. Todo se derrumba y el pánico se apodera de todos, transmitiéndose de un sector social a otro tan rápido como una mecha. Carreteras polvorientas, huídas hacia ninguna parte y escasos ejemplos de heroísmo que –invaríablemente- quedan sepultados por la sensación general de miedo y abandono. Un mundo que se lleva el viento, tremendo caos y un generalizado sentimiento de rendición. Esta rendición no sólo es material o física... puramente militar: alcanza a todas y cada una de las facetas -desde la más pequeña a la más alta- de la vida de un pueblo.

Es el momento de los cobardes, magistralmente retratado en la primera parte de la novela Suite Francesa de Irene Nemirosvky. Y es la Francia del verano de 1.940 la que contrasta –como perfecta antítesis- con la Gran Bretaña de ese mismo momento. Porque la epoyeya –tanto individual como colectiva- de Winston Churchill comienza en aquel ya lejano Verano de 1.940, cuando la Francia derrotada se rinde ante el poder alemán –miedo, derrotismo y disolución política y social- y el Imperio Británico se queda sólo frente a los ejércitos invencibles del Eje. Unos se rinden y otros deciden continuar la lucha.

Una amenísima –y muy documentada- novedad editorial nos ha vuelto a acercar a la figura de Winston Spencer Churchill. Se trata de La Guerra de Churchill escrita por el historiador británico Max Hastings y editada por Crítica. Una voluminosa y completa obra que analiza -y comenta- los aciertos y errores del Primer Ministro Británico durante ese concreto período histórico. Porque lo primero que llama la atención de esta obra es la numerosísima cantidad de errores políticos y militares cometidos por Churchill durante la Guerra. Muchísimos. Churchill no es un mito situado por encima del bien y del mal, sino un gobernante sometido a los controles democráticos usuales. Sus acciones no sólo son juzgadas ahora en la seguridad del pasado, sino que fueron rigurosamente controladas y criticadas por sus contemporáneos. Desde la elección errónea de colaboradores y responsables militares o políticos hasta la decisión de diversas iniciativas militares que fueron no sólo inútiles, sino terriblemente peligrosas para la causa aliada. La intervención en Grecia, la Campaña del Mar Egeo, el envío de una flota a las Colonias de Extremo Oriente, el Desembarco en Dieppe... diversos desastres que pueden serle directamente achacados a su directa decisión o a su responsabilidad última.

Sin embargo, y a pesar de ello, la figura de Winston Churchill emerge –con talla de gigante- desde las brumas de una época oscura y dramática. Porque fue Winston Churchill quien supo, en un momento verdaderamente único y trascendental de la Historia, enfrentarse a la derrota previsible –el Ejército Británico agolpado en las playas de Dunkerque para escapar de Francia sin armas ni bagajes- analizar la situación de forma ecuánime y creer en una victoria futura. Y todavía más... transmitir esta voluntad de lucha a un país desmoralizado y a una sociedad noqueada. De esa forma, se sitúa en un plano histórico muy superior al del mero análisis de eventos militares. Esa es su grandeza.

Winston Churchill creyó en la victoria final, y contagió de esta confianza a todo el Imperio Británico. De abajo a arriba... desde el más humilde ciudadano de un Quebec, de un Londres o de un Melbourne hasta los más elevados cargos públicos de la Commonwealth. Churchill puso en marcha todos los resortes de resistencia de los que disponía el Imperio, y se dispuso a hacer la guerra al Eje con todas sus fuerzas y en todas las oportunidades que se dieran. La figura que –ejerciendo un liderazgo moral- sabe gestionar la derrota y decide seguir luchando. Si resistimos… venceremos.

La idea era simple, pero muy efectiva. Para Churchill, la entrada en la Guerra de los Estados Unidos era inevitable en un futuro más o menos próximo. La misión del Imperio era resistir activamente hasta que se produjera este hecho y la balanza se inclinara en contra de Alemania. Este sencillo análisis, que hoy todos aceptamos bajo la clara perspectiva del tiempo transcurrido, no resultaba tan evidente en Junio 1.940. Tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos existían muy fuertes sectores políticos tendentes a alcanzar un acuerdo de paz negociada con Alemania y con Italia. La primera tarea de Churchill consistió en procurar el aislamiento político de estos influyentes círculos pacifistas. Terminar de una vez con la herencia pactista de Chamberlain y llevar a Gran Bretaña a una política de confrontación sin concesiones. Y luego -claro está- había que resistir militarmente a la imparable máquina de guerra alemana.

Por cierto –y en la parte que nos toca- aparece en este apartado un viejo conocido. Nada más y nada menos que Sir Samuel Hoare, uno de los máximos exponentes de esta corriente pacifista. Churchill lo ajeja de los centros de decisión designándole Embajador en Madrid, desde donde se dedica sistemáticamente a impedir la entrada de España en la Guerra a través del soborno a Generales y Ministros del Régimen. Cuantiosas sumas del pérfido oro inglés -que no escapan al control parlamentario- vuelven a rodar sobre España –en la más arraigada tradición histórica europea- esta vez llenando los patrióticos bolsillos de los influyentes figurones del Régimen del 18 de Julio. La neutralidad española reforzada por los fondos que Samuel Hoare se ocupaba de ofrecer y distribuir.

Verano de 1.940. El enfrentamiento entre dos modelos políticos antagónicos invitaba –e invita también- a juegos propagandísticos de fácil factura y de sencilla esquematización. Así lo entendía la propaganda alemana, para quien Churchill no era más que un representante de la vieja política… una desvencijada y elitista marioneta del apolillado parlamentarismo británico. En Berlín, se le presentaba como un viejo pijo borracho incapaz de enfrentarse a la energía de una Alemania renacida y vigorosa. Vieja política frente al Orden Nuevo potenciado por una Alemania fuerte, joven y profundamente popular. La Nueva Europa contra la Vieja Europa. Sin embargo, este planteamiento resultó ser tremendamente falso.

Winston Churchill –impecable dicción de ese aristocrático inglés de clase alta y colegio privado, carrera militar victoriana y posterior trayectoria política de larguísima y curtida experiencia en los siempre complicados entresijos de la política británica- encarnó la voluntad de un país dinámico que se negaba a la rendición y que creía en sus posibilidades de triunfo. Churchill puso en pie –desde luego- a esa vieja Inglaterra capaz de luchar por un Imperio. El mito del fiero león británico que demostró –por encima de toda duda- tener unos conceptos políticos y estratégicos infinitamente más claros que los de sus oponentes nazis, ahogados en su propia retórica y siguiendo una muy mala dirección de su gigantesco esfuerzo bélico. Al final -y una vez más esta constante histórica- la buena educación frente a la mala, y las abrumadoras ventajas de la primera frente a la segunda.

En momentos de profunda crisis nacional y de absoluta desestabilización de valores y esquemas, alguien debe tener el valor de ejercitar el liderazgo moral y político de la Nación. Ese es, sin duda, el legado de Winston Churchill. Sobre todo en estos momentos tristes y turbulentos, cuando la recesión capitalista ha dejado clara la ausencia de un rotundo y arraigado liderazgo en los países del entorno occidental. Y es que sigue vigente el contenido de aquel discurso -verdaderamente único y excepcional- pronunciado ante el Parlamento por el recientemente nombrado Primer Ministro el 18 de Junio de 1.940. El mensaje de esta pieza oratoria no podía ser más claro y brillante. Es en las horas de dolor, derrota y esfuerzo de los pueblos cuando todos debemos dar lo mejor de nosotros mismos. De esta forma, las horas oscuras se vuelven únicas e históricamente trascendentes ya que –the finest hour- son contempladas por las generaciones venideras como el mejor momento de una Nación. Como un ejemplo eterno de abnegación y sacrificio que queda –ya para siempre- inscrito en la memoria nacional colectiva.

Igual que Zapatero y que Rajoy. Muy buen libro.

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