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TOROS, BOLLOS Y UN PAR DE CALADAS (AGOSTO 2.010).

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 TAGS:undefinedPublicado en el Núm. 234 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Jamás se ha prohibido en España tan a conciencia, tan bien y tan profundamente como en este primer tercio de siglo. Al final, esta forma de Democracia en recesión -que nos ha tocado en suerte- se ha metido en nuestras vidas con mucha más fuerza -con ese tesón progreta digno de elogio en lo que tiene de fervoroso, continuado y perseverante- que cualquiera de nuestros anteriores modelos políticos. Hoy, en España, no se cuestiona la pervivencia de los grandes conceptos pero -curioso- se cuestiona constantemente la validez de los pequeños. Uno puede -pongo por caso- fundar un partido político o hablar sobre una caja de madera en cualquier parque público. Sin embargo, no podría comerse un bollo industrial, fumarse un pitillo o ir a los Toros en Cataluña. Suponiendo, por supuesto, que consideremos pequeñas cosas tales como comerse un bollo o ir a los Toros en Gerona. Porque esto, sin duda, tiene truco. En Derecho, el que puede lo más, puede lo menos.  Y cuando ello no es posible, es que algo no cuadra. Algo no cuadra en España en este año de Nuestro Señor de 2.010.

No sé si existen estudios sobre lo que mata más y mejor. No sé si existen análisis comparativos entre lo que resulta más nocivo para nuestra salud. Por ejemplo, si son más letales los Bancos que, por ejemplo, el tabaco o el alcohol. O si, también por ejemplo, resulta más perjudicial el actual sistema de partidos políticos que la masa de los bollos industriales. Seguro que son peores para nuestra salud los Bancos o los partidos políticos, pero nuestras Administraciones no hacen nada para evitar sus terribles consecuencias. Paradojas del Siglo XXI.

Defectos de funcionamiento en nuestra Democracia imperfecta. El establecimiento de limitaciones -o de simples prohibiciones- a nuestro conjunto constitucional de derechos y libertades no denota tan sólo un mero mal funcionamiento del mismo. Porque, lo que de verdad demuestran, no es sino la triste verdad de no disfrutar plenamente de estos derechos y libertades. No se trata de simples recortes -tal y como subraya machaconamente la prensa alejada de las tesis gubernamentales zetaperiles- sino de una demostración palpable -otra más- de que estos derechos no existen. Al menos en la forma en que se nos ha dicho desde siempre que disfrutábamos de nuestras libertades. Cada vez queda menos clara la existencia de un sistema de plena libertad y de prevalencia de los derechos fundamentales en nuestro Ordenamiento. Sobre todo a la vista de estas medidas.

Sigue existiendo, cada vez con más fuerza y sin posible remisión, aquella vieja distinción marxista entre los derechos formales y los derechos efectivos. Democracia real versus democracia formal en un análisis contradictorio que, por cierto, fue asumido por el nacionalsindicalismo. De nada vale, por ejemplo, que se nos reconozca el derecho al trabajo o a la vivienda si no tenemos trabajo o vivienda. De nada vale, por ejemplo, afirmar la plena libertad del individuo si luego, por diversas circunstancias sociales y económicas concurrentes, ese mismo individuo no cuenta con medios suficientes de subsistencia digna. Existe una democracia formal, consistente en una enunciación -a veces detallada y minuciosa- de toda clase de derechos ciudadanos. Existe una democracia real que contempla -de manera descarnada- la forma y la manera en la que no se cumplen esos supremos principios fundamentales. De esta forma, nuestro sistema político estaría caracterizado por el hecho de estructurarse alrededor de un conjunto de derechos ciudadanos que, aunque suelen estar perfectamente expresados, no encuentran cumplimiento efectivo dentro de este mismo marco social. Se enuncian pero no se cumplen. En consonancia, somos muchos -cada vez más- los que creemos que las políticas verdaderamente revolucionarias no consistirían -básicamente- sino en una profundización en el contenido de los derechos enunciados, así como en una redefinición de algunos de los mismos.

En realidad, lo que os he expuesto anteriormente constituye el verdadero problema de esta Democracia. Por eso, la persecución del fumador, las limitaciones de velocidad en las autopistas, la criminalización de las chuches, hamburguesas o bollos industriales, la situación de la Fiesta en Cataluña, el idioma de la rotulación de los carteles de las tiendas... todas estas cosas no pasan de ser ligeros apectos del problema. Manifestaciones de una forma de gobernar basada en un intervencionismo facilón que se apoya en nuestra imposibilidad -de hecho- de hacer frente al mismo. Falta de libertad concreta apoyada en una falta general de libertad.                   

De nada sirve esa jocosa preocupación por nuestra salud o por el bienestar animal si no quedan garantizados, al tiempo, otros derechos esenciales. Nadie cree -al menos muy pocos- en la sinceridad de estas motivaciones. Parece de chiste -un muy mal chiste de humor negro- que los Toros queden prohibidos en una Comunidad Autónoma que pretende multar a los taxistas que pasearon los colores nacionales al triunfar nuestra Selección Nacional de Fútbol. O que la bollería industrial quede prohibida en aquellos Campamentos Veraniegos del País Vasco que no permitieron a los niños asistentes ver los partidos de la Selección Nacional, y a los que -asombrosa y surrealista recreación de Good Bye Lenin versión Sabino Arana-  contaron que había ganado Holanda el partido de la Final. 

El Estado debería ocuparse menos de estos derechos y afrontar la necesaria profundización de otros. De los serios. Que en vez de los toros o de los bollos, se ocupara del derecho al trabajo, a la vivienda digna, o a no ser explotados o exprimidos por unas entidades bancarias de las que nadie -de esas no- parece ocuparse. Porque, puestos a determinar lo que de verdad resulta más perjudicial para la salud, resulta evidente que un crédito hipotecario lo es mucho más que -por ejemplo- una palmera de chocolate.

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