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TRIFULCAS Y VICTORIAS (AGOSTO 2.006).

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 TAGS:undefinedPublicado en "Minuto Digital" en Agosto de 2.006 (Columna "De Penol a Penol").

He asistido en primera fila a la trifulca. Sin dudarlo un instante, he tomado partido, y estoy tomado parte activa en esta riña tumultuaria. A pesar de mis cuarenta y tres años -o tal vez, por causa de ellos- estoy interviniendo en un conflicto partidario. Los lectores más avisados -casi todos- ya habrán adivinado a la trifulca a la que me estoy refiriendo: se trata de la pugna que, al día de hoy, divide a La Falange.

En el mes de Diciembre de 2.005, estalló la crisis dentro de La Falange que -lejos de ser inesperada- sacudió profundamente los cimientos del Partido. De todos es sabido este dato. Con aburrida profusión, hemos asistido los últimos nueve meses a una auténtica sucesión de comunicados y contracomunicados, notas y artículos de prensa, actos públicos y fotografías de toda clase y condición. Esta auténtica avalancha de datos informativos -además de aburrir profundamente a nuestro público- han venido a confirmar el carácter irreversible de esta división dentro de la opción falangista.

Pero... ¿qué es lo que ha ocurrido? ¿estamos en presencia de otro de nuestros interminables pleitos de familia? ¿estamos condenados los falangistas a la inevitable tentación cainita, que nos hace luchar entre nosotros cada cierto período de tiempo?

Quiero ofreceros mi visión personal. Mi visión personal interesada, pero honesta, de esta espinosa confrontación. Sobre todo porque ya va siendo hora de ir fijando conceptos entre tanta confusión y mentira. Entre tanta desinformación pobremente hilvanada. ¿Comisión Gestora Provisional o Cantalapiedra?

Represento -por edad- a ese sector de falangistas que han regresado a la lucha azul después de años y años de retiro político. Me imagino que cada uno tendrá sus sólidos motivos para este regreso. Razones fundamentales que, en un momento dado, nos han impulsado a poner nuestra experiencia -nuestro bagaje- personal y profesional al servicio, una vez más, del Partido. Estos años de retiro político, si bien nos alejaron del día a día del falangismo, han tenido una ventaja evidente: nos han hecho reincorporarnos a la actuación política sin vicios del pasado: sin recuerdos ingratos de pasadas disputas. Al mismo tiempo, lo hacemos alejados de círculos azules herméticos, profundamente sumergidos en los ámbitos sociales en que se desenvuelve nuestra vida personal y profesional. Existe una nueva hornada de falangistas cuarentones y yo, sinceramente, espero que el futuro nos convierta en la espina dorsal del Partido. Gente con experiencia profesional, curtida en mil batallas cotidianas y, por lógica, provista de un manojo de ideas renovadoras que impulsen hacia adelante al Nacional Sindicalismo del Siglo XXI.

¿A qué suena bonito? Lo mejor de todo no es lo bien que suena. Lo mejor de todo es que es un hecho cierto y real. Este falangista cuarentón que os escribe y os da la brasa así lo cree. Además, justo en el momento de mi reingreso en La Falange, creía honestamente que se había producido un relevo generacional válido dentro del Partido, encarnado en la figura pública de José Fernando Cantalapiedra, Jefe Nacional por obra y gracia de un Congreso celebrado en el año 2.004.

Todos pensábamos que Cantalapiedra tenía carisma. Maldita sea la hora en que lo pensamos, porque somos nosotros quienes hemos creado al monstruo. Somos nosotros quienes, con nuestra creencia en el maldito relevo generacional, le dejamos abarcar grandes cuotas de poder sin potenciar -a la vez y como ocurre en cualquier opción política civilizada y occidental- los mecanismos de control del Partido. En otras palabras, los derechos de los militantes a supervisar la actuación política de sus Jefes: a ser regidos conforme a las leyes. ¿Resultado? Aprendices de Brujo asaltando -en toda regla- las estructuras del Partido. Juegos inmaduros frente a necesidades políticas serias.

Cuando escucho hablar a nuestros Camaradas de la Falange Auténtica de falangismo democrático, no puedo menos que sonreír ante esa expresión digna de peregrullo: el falangismo o es democrático o no es falangismo. Es decir, todos los falangistas aspiramos a formas democráticas de decisión política. Y esta firme creencia se traduce no sólo en la lucha por la implantación de estructuras democráticas de representación política, sino también en la búsqueda de mecanismos internos democráticos que regulen la vida del Partido...

¿Asamblearios? Decididamente, sí. A mí el término -visto lo visto- no me suena en absoluto peyorativo. Prefiero una Falange asamblearia a una Falange entregada -pongo por ejemplo- a la voluntad de un joven de veintipocos años que pretende -pongo por ejemplo- hacer de La Falange un instrumento de poder personal, al tiempo que una punta de lanza de la extrema derecha española.

Porque ese, y no otro, ha sido el origen de nuestra crisis. El intento, por parte de José Fernando Cantalapiedra, de asumir directamente el control del Partido pasando por alto los mecanismos tradicionales de control dentro del falangismo. Porque, en vez de rendir cuentas de su gestión ante los órganos de control del Partido, Cantalapiedra optó por la organización de un Congreso que no tuvo las más mínimas garantías democráticas en su preparación y funcionamiento. Un Congreso apresuradamente preparado con el único fin de conseguir una elección unánime no menos apresurada.

Esta crisis nunca habría tenido lugar si el carisma de Cantalapiedra hubiera sido real y efectivo. Si hubiera explicado su posición a cuadros y militantes. Si hubiera hecho, en definitiva, un ejercicio de liderazgo. Porque era eso, y no otra cosa, lo que se le pidió: dar explicaciones y poner un poco de orden. Ni una cosa ni otra. Y que conste que Cantalapiedra no es una mala persona. Tan sólo ocurre que es muy joven, y esta inexperiencia le ha hecho creerse una desacertada política de marketing político: la que le aupó a un liderazgo inexistente.

Olvidando -de manera increíble- que los militantes falangistas deben intervenir en la adopción de aquellas decisiones trascendentes que puedan afectarles; que tienen derecho a ser oídos en procedimientos disciplinarios legales y garantistas; que tienen derecho a ser informados de todos los extremos de la marcha interna del Partido, incluso a que se les rindan cuentas financieras; que tienen derecho a ser dirigidos de una forma madura y eficaz; que tienen derecho a ser representados por cargos elegidos democráticamente en Congresos democráticos; que tienen derecho a no ver a su Partido en peligro de ilegalización por actuaciones escandalosamente contrarias a Derecho.

Porque creo en todo eso, y porque creo en el hecho de que los falangistas estamos cerca de algo grande, de un definitivo despegue dentro de la vida política española, es por lo que yo -personalmente- tomé partido en esta crisis. Porque la opción falangista exige, en el grave momento actual de la realidad española, un reforzamiento del Partido apoyado en sus cuadros medios dirigentes: en definitiva, un reforzamiento en las estructuras de participación militante. Primar a todos y no primar a uno.

Tengo cuarenta y tres años y, sencillamente, quiero militar en un Partido democrático. Y si me expulsan, quiero que me lo den por escrito y de forma motivada. Y quiero elegir a los compromisarios que me van a representar en un Congreso. Y quiero discutir y debatir en ese Congreso sobre líneas políticas posibles, y no convertirlo en un Auto de Fe soviético frente a los disidentes. Y quiero que mi Partido esté regido por un conjunto de personas dotadas de madurez personal y política, elegidas por una militancia integrada y participativa... ¿es pedir demasiado?

Los falangistas, con independencia de las distintas organizaciones que nos integran, estamos destinados a hacer frente a un reto de primerísima magnitud, marcado por la actualidad política española. Este reto nos exige a todos un nivel de madurez, seriedad y experiencia que nos aleja, irremisiblemente, de estas increíbles posiciones presidencialistas e ilegales. Ahora sí, y esta vez sin equivocarnos, está llegando la hora de una verdadera renovación de nuestros esquemas políticos. La hora de los falangistas. Porque de esta trifulca ya ha surgido un triunfo inesperado hace unos meses, pero absolutamente necesario en estos tiempos: un golpe de timón para una nueva política en estos tiempos duros.

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