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VÍA MUERTA FRENTE A LA VÍA CATALANA (SEPTIEMBRE 2.013).

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 TAGS:undefinedTengo la sensación de que los falangistas somos demasiado proclives a tomar en serio cosas que –en realidad- no nos conciernen. Llevamos días hablando, en las redes sociales y fuera de ellas, del asalto de la extrema derecha a la Generalitat en la Librería Blanquerna de Madrid. Los falangistas hemos mostrado nuestro rechazo a esta acción. Y si bien es cierto que nunca está de más el hecho de desmarcarse de la barbarie -sobre todo cuando esta tangana viene amparada bajo los pliegues rojos y negros de nuestra bandera- yo creo que no debiéramos tomar tan en serio asuntos que no lo son en absoluto.

Poco tenemos que decir sobre esto. Lo normal –como lo está la abrumadora mayoría de los ciudadanos españoles- es estar en contra de esta clase de cosas. Porque si estuviéramos a favor de esta clase de cosas, seguiríamos militando en organizaciones de este estilo. Precisamente, nos fuimos marchando de ellas, cada uno en su momento, porque no nos gustaban. Porque sabemos –perfectamente- que estas barbaridades no son más que instrumentos de consumo interno: acciones dirigidas a afianzar liderazgos, a consolidar alianzas entre distintas formaciones ultras, y a levantar los ánimos de la muy desmoralizada parroquia extremoderechista. Y siempre coincidiendo con determinada campaña política –dentro de este entorno- o con las necesidades de promoción de tal o cual acto público. No hay nada más detrás de estas cosas.

Nada que ver, por tanto, con la Falange, con los falangistas o –mucho menos y aunque se manifieste ser esta la causa de la acción- con la cuestión de la unidad española. Aunque –eso sí- estas manifestaciones violentas habrían constituído la punta de lanza de aquel antiguo y agotado españolismo, por lo demás muy extendido en algunas capas de la sociedad española, caracterizado por la defensa ciega –y en todo momento- del orden territorial vigente. En este sentido, los extremistas de Blanquerna no estarían tan socialmente aislados, ya que habrían conectado con los sentimientos primarios de los sectores centralistas más duros e irreductibles.

Lo que sí que tiene que ver con la unidad española es la cadena humana que organizó Vía Catalana en la Diada. Cientos de miles de catalanes enlazaron sus manos clamando por la independencia. Una fiesta colectiva y el triunfo de una organización casi perfecta, en un ejemplo de movilización ciudadana que debemos estudiar -detenida y detalladamente- todos aquellos que pretendemos un cambio social: demostraciones pacíficas de fuerza profundamente enraízadas en amplios sectores sociales. Mucha gente y un ideal colectivo.

Lo primero que me llama la atención de esta demostración popular es que –al día de hoy y a estas alturas de la película- haya todavía quien se asombre con el hecho de que existan miles de personas que se quieran marchar de España: de este país que ya no nos ofrece nada. Todo el que puede se ha marchado ya –o se está marchando- de esta ratonera. Miles de jóvenes –y de no tan jóvenes- se han ido para, posiblemente, no volver. Miles de personas que buscan una solución particular y propia al desastre. Por eso –porque vivimos un muy peculiar sálvese quién pueda- no puede resultarnos extraño que muchos catalanes estén buscando una salida colectiva a este naufragio. Se están marchando a escala colectiva, tal y como se están marchando –en goteo incesante- todos aquellos ciudadanos que lo pueden hacer a título individual.

Esta cadena humana –antes de cualquier otra consideración o conclusión- lo que nos ha mostrado no sólo es que existe un conjunto muy amplio de ciudadanos que –de hecho- ya se están desenganchando de España sino también que están perfectamente dirigidos -y organizados- para conseguir este objetivo. En esta España de la desilusión desmoralizada, ellos han conseguido concitar ilusión en torno un proyecto alternativo de convivencia. Los independistas catalanes –entre todos los que nos consideramos descontentos- son la única fuerza social que ha conseguido organizarse eficazmente para romper el modelo político vigente. Están presionando al Sistema como nadie lo ha podido hacer hasta el momento.

Ante el hecho de la separación de Cataluña, no han faltado voces que exigen más dureza. Ante la anunciada independencia, exigen una aplicación rigurosa de todos los instrumentos legales, y a veces no tan legales, al objeto de evitar esta desmembración. Claman por una textual interpretación de los preceptos de la Constitución de 1.978, por una limitación procesal de los derechos de los nacionalistas o –por clamar que no quede- hasta por una descarada intervención militar en defensa de la unidad española. Ecos terribles y lejanos, invocaciones de inoportuno y dudoso gusto, de los cañonazos gubernamentales en la Barcelona sublevada de 1.934. Yo creo que antes de desplegar todo este abanico impresionante de medidas coactivas, dirigidas a hacer que los catalanes se queden en España, resultaría obligado preguntarnos en qué España es en la que queremos que se queden: qué España es la que se pretende conservar unida y en orden.

A mi juicio, este es el núcleo central de la cuestión.

Y yo vengo diciendo que –hoy por hoy- no tenemos España. No existe –ni lejanamente- una Patria que merezca la pena ser respetada o conservada. Hoy no tenemos una Patria. Lo que tenemos no es más que un conjunto administrativo –en fase de liquidación- de territorios, de leyes y de instituciones inservibles. La España de Juan Carlos I, de los millones de desempleados, de los bancos rescatados con dinero público, de las dieciesiete Comunidades Autónomas quebradas, de Bárcenas y de los ERES, de los Sindicatos amaestrados y de los partidos corruptos, de la deuda por generaciones, de Rajoy y de Cospedal, del corinato y de la miseria moral y material. Esa es la España que tenemos y esa es la España –no hay otra más que esta casa sucia y en ruinas- que se pretende defender ante la ofensiva del nacionalismo catalán.

Pero España es mucho más que eso. España es un proyecto nacional y una idea integradora, que no concebimos sin una gran tarea colectiva de desmontaje de la propiedad capitalista, de construcción de un nuevo modelo económico más justo y solidario, y de profundización en nuestras libertades democráticas. Una vez más, debemos repetir que no se concibe España sin Justicia, y que construir esa Patria pasa, inevitablemente, por hacer una Revolución y por traer una República. Y también pasa por un renacimiento cultural y político de los distintos pueblos de la Península. Sin esas nuevas formas estatales –que vengan a redefinir nuestra vertebración territorial- no creo que se merezca esfuerzo alguno mantener cohesionada esta nación... ¿a qué tipo de país queremos que sigan unidos los catalanes? ¿a qué modelo político y social queremos que sigan unidos los ciudadanos españoles? ¿qué fuerza moral podemos tener para pedir que continúen en esta ciénaga?

Refundemos España. Ilusionemos a nuestros hoy tristes ciudadanos con un nuevo proyecto nacional. Una nueva nación y una nueva sociedad que tenga algo que ofrecer, y que nos haga recuperar el deseo de remar juntos otra vez. Una España justa que construyamos entre todos.

Sin eso, estaremos en una vía muerta. Una vía muerta frente a la ya famosa Vía Catalana.

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