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VOLVER SOBRE NOSOTROS MISMOS.

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 TAGS:undefinedMuchos de mis amigos, dotados de una irreductible y envidiable confianza, me aseguran que somos un gran país y que -debajo de esta costra de insana miseria, pedante inoperancia, pobreza congénita y generalizada corrupción-  existe una gran nación que volverá a triunfar, heróica y refulgente, sobre sus enemigos. La verdad es que he buscado, febrilmente y durante mucho tiempo, esa gran nación: he intentado encontrar esos mecanismos ocultos que nos hacen tan grandes y que nos diferencian del resto de los pueblos de la tierra. Reconozco que no los he encontrado. No encuentro en el subsuelo de esta España de 2.020 ningún elemento imperial que me lleve, ni siquiera remotamente, a los felices días de Pavía, de Lepanto o de Cartagena de Indias. Abrazada a las tablas podridas de un naufragio, España flota sobre un inmenso océano de mala leche y de enfrentamientos enquistados, de hereditaria desigualdad y de infinita cobardía, de cursis actitudes y de constante postureo. Eternamente perdida entre lo que ha sido y lo que podría ser, el hoy no pude ser más triste y desesperanzador. Estado de Alarma y la emergencia sanitaria del COVID-19: la pandemia global y lo que -hace tan sólo unos días- no podíamos ni imaginar ya ha llegado.

Un vendaval sangriento que nos está pulverizando como sociedad organizada, y que ha terminado -de un golpe inicial y tremendo- con los ya de por sí frágiles pilares financieros de nuestra recuperación de la Gran Recesión del 2.008. Otra vez se ciernen sobre España, con la sombría contundencia de lo inevitable, las heladoras cifras de los desempleados y de las empresas cerradas, de la falta de oportunidades y de la total paralización de nuestro modelo económico. La solución de urgencia ya ha sido anunciada por el Banco Central Europeo: van a inyectarnos liquidez para que podamos hacer frente a los astronómicos gastos a los que obliga la crisis sanitaria. El Banco Central Europeo va a comprar deuda española. Una vez más, la pesadilla de una deuda pública adquirida sobre la deuda anteriormente asumida para salir de la Crisis de 2.008. España estaba ya endeudada para varias generaciones. La solución capitalista a todas sus crisis cíclicas parece ser la de prestar dinero. Todo lo demás, todas las medidas que el Gobierno explica como destinadas a tal o cual sector, no es más que la inútil hojarasca que enmascara una verdad única: la de un endeudamiento infinito y congénito.

Y lo peor es que este inesperado cataclismo vuelve a caer sobre los ciudadanos más carentes de protección: sobre una multitud de desempleados o de contratados precarios, sobre nuestros mayores y sobre nuestros enfermos, sobre los que no tienen un techo, sobre una España deudora de camareros y de repartidores y de limpiadoras de hotel, sobre la cultura mileurista. Ellos se van a llevar, como siempre, la peor parte. Sea lo que sea, ya estamos de nuevo repitiendo la misma historia triste. Hay que empezar de nuevo, y esta vez sobre un país empobrecido inmerso en el proceso de una más que discutible recuperación. Cuando terminen los aplausos de terraza y de balcón, comenzará una de las más grandes recesiones que ha visto la reciente Historia de Europa. De hecho, ya ha comenzado. 

Porque este sistema nos obliga, cada cierto tiempo, a replantearnos la manera con la que -con mejor o peor fortuna- nos ganamos la vida, y a estrecharnos el cinturón en una economía de guerra que sacude periódicamente las bases fundamentales de nuestra vida. Y eso en el mejor de los casos ya que -como todos sabemos- existen personas que, sencillamente, dejarán de contar: quedarán automáticamente excluídas de las listas de los individuos aptos para seguir produciendo. Siniestra criba a la que nos ha llevado el actual modelo económico. Estoy más que harto de un modelo condenado a fracasar sistemáticamente de manera periódica.

No creo en España ni creo en la existencia de elementos válidos que nos permitan vislumbrar esa Patria redentora y victoriosa de la que tanto hablan. Yo amo a España porque no me gusta, y porque estoy convencido, precisamente, del hecho de que España no existe: del hecho de que -en 2.020 y en este período apocalíptico- no tenemos Patria. Entiendo que hay que empezar todo otra vez y desde abajo. España debe construirse sobre un nuevo proyecto común: construir la Patria desde la solidaridad y desde el compromiso, y no desde la frase hueca o desde el gesto fácil. De eso nos sobra en esta tierra reseca, maltratada y ceñuda. Los españoles perdimos una oportunidad durante la recesión de 2.008: pudimos haber creado un mundo nuevo, pero no fuímos capaces de ello. Tal vez la Historia vuelve a poner sobre nuestros hombros una nueva ocasión.

Un ser microscópico nos está dando una lección de humildad y nos permite volver, como rara vez se nos ha permitido, sobre nosotros mismos. En soledad, reflexionemos sobre lo que somos y sobre las circunstancias que han hecho posible este desastre. Pensemos sobre nuestras verdaderas necesidades, tanto a un nivel personal como colectivo. A lo mejor, llegamos a la conclusión de que podemos vivir con tan sólo un tercio de las cosas que actualmente valoramos tanto. A lo mejor, alcanzamos la conclusión de que una Patria debe tener asegurado para todos sus ciudadanos un conjunto de derechos elementales: trabajo, vivienda, educación, sanidad y energía; y que lo demás -todo lo que nos trae este sistema injusto- nos sobra. Tal vez, en medio de este confinamiento obligado, se esté gestando ese mundo nuevo que tantas veces se nos ha negado y nos demos cuenta que la Democracia, al igual que la Patria, es un concepto más rico, extenso y luminoso que lo que hoy tenemos. 

Y mientras tanto, sobre los jirones de Patria corrompida, miles de ciudadanos están dándonos lo mejor de sí mismos: luchando y muriendo para que, al final, vuelva el mismo estado de cosas y retornen triunfantes las poltronas y los privilegios. Esa admirable gente en la que sí -esta vez sí- podemos basar nuestra esperanza en un futuro más hermoso y en un mañana renovado. Ese personal sanitario, ese policía, ese soldado y ese obrero -como tantos y tantos otros que lo están dando todo por nosotros en prímera línea de batalla- no debieran luchar y morir por otra cosa que no fuera esa nueva Patria renacida y solidaria. Pensemos en estos duros días de prueba y rindamos honor y memoria a nuestros Muertos.

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